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2011/04/30

LPG-Necesitamos una apuesta nacional por la excelencia

 El proceso nacional, sin embargo, ha llegado a un punto sin retorno, en el que la mediocridad democrática resulta cada vez más difícil de mantener sin exponernos a cargar con onerosas consecuencias.

Escrito por David Escobar Galindo.30 de Abril.Tomado de La Prensa Gráfica. 

 

Llevamos tres décadas de democratización. Nos acercamos a las dos décadas de posguerra. No es poco tiempo, pero parece que el aprendizaje real de lo que es vivir en un ambiente de competitividad política natural y abierta cuesta más de lo que imaginábamos. Hay que arribar, pues, a una convicción inevitable: la democracia es una escuela permanente, y en ella nunca se deja de aprender. Pero todos tenemos que hacernos una pregunta básica, sin la cual el proceso en su conjunto corre el riesgo de volverse una práctica mecánica, expuesta a los avatares de su propia progresión sin contar con las debidas defensas conscientes. Esa pregunta es: ¿Qué demanda la democratización de mí? Y tal pregunta va referida a los representantes que lideran las instituciones, a las instituciones mismas y a los ciudadanos de las más diversas condiciones.

Pertenecer a una sociedad —en este caso, la sociedad salvadoreña desplegada en el tiempo— no es un hecho casual. Dicha pertenencia, nos demos cuenta o no, queramos darnos cuenta o no, es una expresión de destino. Y en esa forma de destino está la clave más determinante de la vida de cada quién. A estas alturas del partido histórico, va quedando cada vez más en claro que no hay privilegio ni demérito en pertenecer a una sociedad determinada: en cualquiera, hasta en las que parecen más rústicas y menos desarrolladas o desarrollables, hay espacios para la autorrealización. Lo único básico y necesario en verdad es el sentimiento de pertenencia, y que éste se manifieste como factor de activación vital. Cuando eso se da, los individuos y la sociedad a la que pertenecen entran en fase transformadora.

La sociedad salvadoreña perdió, en el siglo XIX, la primera gran oportunidad para ordenar democráticamente su futuro. En vez de ello, se instaló en el ambiente un caudillismo autoritario que más que en personas encarnaba en estructuras férreamente dominantes. En el siglo XX, se perdió la segunda gran oportunidad, al configurarse durante la primera mitad de dicha centuria lo que podríamos llamar “la triple alianza” entre las cúpulas económicas, militares y eclesiásticas. Eso generó un estado de cosas que fue una creciente distorsión, progresivamente acumulativa de violencia, que terminó en lo que tenía que terminar: el conflicto bélico interno; es decir, la guerra fratricida. Como dice la sabiduría popular, no hay mal que por bien no venga; y así la guerra, sin proponérselo y más bien contra sus propósitos, le abrió las puertas a la democratización.

La democratización nacional dio sus primeros pasos al comienzo de la guerra, a la luz del colapso del modelo de autoritarismo militar implantado luego del traumático desenlace del año 32, y tomó verdadero cuerpo de permanencia a partir del Acuerdo de Paz de 1992. Pero la opción democrática, como todo lo que significa manejo de posibilidades, enfrenta una inevitable disyuntiva: mediocridad o excelencia. Y eso depende de cómo se articulen y actúen los factores puestos en juego. Factores como la cohesión nacional, el compromiso de pertenencia, la educación cívica y el proyecto de país. En nuestro caso, la cohesión es débil; el compromiso, insuficiente; la educación, superficial; y el proyecto, indefinido. No es de extrañar, entonces, que estemos mucho más expuestos a la mediocridad que preparados para la excelencia.

Es evidente que la excelencia es una apuesta costosa en todo sentido. Requiere audacia y responsabilidad debidamente entrelazadas. El proceso nacional, sin embargo, ha llegado a un punto sin retorno, en el que la mediocridad democrática resulta cada vez más difícil de mantener sin exponernos a cargar con onerosas consecuencias. Esa mediocridad es rutina institucional, apego ilegítimo a intereses establecidos, falta de creatividad ciudadana, imprevisibilidad de perspectivas históricas, entre otros. La excelencia democrática, por el contrario, es creatividad representativa y participativa, servicio inequívoco al bien común, activación ciudadana permanente y dibujo confiable y verificable del futuro. Pasar de la mediocridad a la excelencia requiere, pues, animarse a dar el salto colectivo hacia una vida verdaderamente más vivible.

Quizás el grueso de nuestra atormentada experiencia histórica nos ha hecho sentir que no somos capaces de la excelencia; pero fijémonos en los momentos estelares para calibrar de lo que somos capaces en el plano de lo ejemplar. Dos de ellos: la “huelga de brazos caídos”, de 1944, y el Acuerdo de Paz, de 1992. Lo que nos ha faltado es reconocer, como pueblo, la magnitud aleccionadora de nuestra grandeza. Que los frustrados de siempre sigan rumiando su amargura. Nosotros, los salvadoreños del común, tenemos vitales tareas por hacer.

Necesitamos una apuesta nacional por la excelencia

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