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2011/04/21

Co Latino-Nostalgia mayor | 20 de Abril de 2011 | DiarioCoLatino.com - Más de un Siglo de Credibilidad

 René Martínez Pineda.21 de Abril.Tomado de Diario Co Latino.
(Coordinador del M-PRO-UES) *

Yo no sé qué indecible embrujo tiene la Semana Santa que -con sus cruentas procesiones arreadas por el sol- me hace meter el tiempo en el carapacho de un cangrejo… y entonces vuelvo a casa. Sí, vuelvo a mi primera casa, al recuerdo proscrito, a mi lugar secreto, perfecto a pesar de sus paredes agrietadas y su techo que le sonríe al cielo como loco.

He vuelto -después de tanto camino andado- al patio inundado de barquitos por el sollozo del invierno; al olor hechizado que salía del infierno de las brasas, que le hacían el amor a las semillas de marañón y a los granos de maíz que, con la algarabía irreal del Domingo de Ramos, estallaban su risa en sabrosas nubes redentoras. Me fui, sin irme del todo, del limonero abarrotado de gestos ácidos y nidos; del corredor emperifollado con macetas de barro, pequeñas islas donde naufragó mi amor en las costas de un cuerpo sin meridianos ni mares abiertos; del pilar donde escribí mi amor por la niña que pasaba a mi lado olorosa a mango y me miraba de reojo. He vuelto para acariciar -con los dedos embarrados de distancia- las paredes coquetas de cal y anuarios viejos que ahuyentaban la pesadilla ósea que me perseguía.

He vuelto, penitente, para lavar los pies de la musa que cuida mis sueños desde el tejado en flor que me abriga. Me alejé del rincón oscuro desde donde vi la silueta desnuda que me hacía temblar, como la matraca que estremece al pecado; vi al sol correteando las sombras del muro de enfrente, santo sudario donde dibujé un corazón roto por el hambre; a las estrellas retratadas en el charco dejado por la lloradera de la madrugada, ese tintineo que me hacía dormir juntito a las que amaba cuando niño, porque olían a pan recién horneado.

He vuelto, para jugar a adivinar sombras con el candil de la abuela; para llorar a mis muertos pasados; para respirar mi amor presente; para suspirar por la vecindad sin futuro; para correr por los patios de mi escuela que olía a la travesura de la primera novia, esos patios en los que en octubre recitaba un poema que no tenía destinataria, porque era presentimiento; para saltar la peregrina; para enfiestar al aura que quedó como la Magdalena desde que colgué mi piscucha, guardé mi capirucho, enterré mi fusil y recogí la ropa tendida que me saludaba cada mañana. Volví, para jugar con el añil del lúgubre cuento nocturno; para recoger la hoja trémula de mis recuerdos taciturnos.

Me marché, sin izar la mirada, del lugar secreto que escondí en el campanario de la iglesia abandonada que, triste, dejó de repicar su lamento libertario frente al santo entierro de los niños desnutridos. Extravié el lápiz con que podía dibujar el Universo, estrella por estrella. Perdí en ese viaje tremendo el libro que arrulló al verso que me hizo volar hasta lo indecible; olvidé las señas centenarias de la anciana mayor que me prometió un tesoro cuando atravesara el mar a pie.
He vuelto, para resucitar al tercer día el conjuro del manto sagrado del padre Héctor Cruz, ese manto que guardaba el susurro de la brisa que refrescó mis sueños; ese manto que espantaba a la Ciguanaba con besos de incienso; que deshojaba mi pelo espina por espina; que consoló mi sollozo por petición ajena. Me fui de noche, dejando detrás de mi sigilo la casa que amamantó mis juegos; dejé esperándome al sol que por las tardes alentaba con su fuego mis carreras vocingleras y crucificaba mis ruegos. He vuelto, casa mía, y hallé tu cuerpo borrado por la mano inapelable, tu espejo empañado de reflejos viles, tus ojos doblegados por las treinta telarañas de cobre de la impunidad fría… y tu boca que reía verdades, la encontré muda y sombría.

He vuelto después de tanto lecho, para sentarme en la silla que el otoño guarda. Volví a: su historia hechizada, sus juegos diáfanos, su olor a paterna calcinada, al frescor ecuménico de sus eternos almendros y pacunes que quedaron amontonados como juguetes viejos. Me encontré en sus latidos perdidos que esconden el sabor de las torrejas, del café con pan dulce sentados en el corredor, con que calentaba mi cuerpo tiritante después de bañarme con la lluvia, que entonces era una niña buena.

He vuelto, casa mía, a tus ventanas que saludaban la mañana con sus cortinas hirviendo de flores. He vuelto a recorrer las veredas de la infancia que me embarraron la cara de risas, y te encuentro intacta -tal como te dejé- entre la luz de tu fragancia que se parecía tanto a los coyoles en miel, al atol de piñuela de la Consuelito, al chocolate que resucitaba mis manos, a la quezadilla que descifraba el problema de geometría planteado en las alfombras cuaresmales, al olor místico del incienso de la procesión del silencio, sshh... a los nances fermentados con fantasmas que, una tarde cualquiera, me hicieron ver el alma de la poesía en medio del eco de las matracas que salen a pasear su lamento milenario.
He vuelto, a pesar de tanta sangre derramada por los tiranos que se lavan las manos en cargos de gobierno. He vuelto porque extraño a los zompopos de mayo que se fueron en busca de la última cigarra… porque extraño platicar con mi abuela y añoro la huella... porque necesito que me repita la historia fantástica con que, misteriosa, alumbraba la casa en penumbras; fantasía-misterio que luego colgaría en los sueños de mis hijos, escamoteando la sonrisa que le copié a mi madre.
He vuelto, después de tantos otoños, a mi lugar secreto, y no sé si han pasado cuarenta y nueve años, o quince días, o un minuto, porque la nostalgia mayor es la misma para quienes sufren el maleficio de Erik, el fantasma de Garnier. He vuelto... para recoger la brasa que dejé encendida; para abrir la botella a la deriva donde guardé mi corazón, junto a la nota en la que describía la impotencia de ser un ser insignificante.
He vuelto a mi casa de niño porque se refleja en los ojos de mis hijos; la casa que me enseñó a amar en silencio a pesar de la distancia y el tiempo; la casa que me enseñó a inventar las ilusiones que alguna vez escondería en las hojas que el otoño deja… o en una carta virtual agónica que habla con la pared.

Nostalgia mayor | 20 de Abril de 2011 | DiarioCoLatino.com - Más de un Siglo de Credibilidad

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