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2011/04/30

EDH-Memorias papales

 María A. de López Andreu.30 de Abril.Tomado de El Diario de Hoy.

Soy católica; mi madre era una mujer muy piadosa y, además de la fe que ella me transmitió, fui educada en La Asunción, colegio católico que formó a mi generación (y así lo reconocen todas mis compañeras) dentro de estrictos dogmas morales y religiosos.

Las asuncionistas de entonces vivimos profundamente el papado de Pío XII (1939–1958), ahora tan criticado; me satisface que Benedicto XVI esté interesado en encontrar y demostrar, de una vez por todas, la verdad respecto al Papa que dirigió la Iglesia durante mi infancia y adolescencia, a quien sigo admirando y respetando.

Le sucedieron Juan XXIII (1958–1963), quien convocó el Concilio Vaticano II y Paulo VI (1963–1978); confieso que a mí --sin poderme explicar el porqué-- ninguno de ellos me provocó mayores simpatías.

Pero la elección y súbita muerte de Juan Pablo I (agosto–septiembre 1978), nuevamente despertó mi devoción hacia el papado. Y ésta se centuplicó, cuando Juan Pablo II (1978–2005) asumió como Vicario de Cristo en la tierra.

En estos días hemos podido conocer los relatos de muchísimas personas --incluso de algunos compatriotas-- que tuvieron la bendición de haber estado personalmente con Juan Pablo II. Todos ellos testifican la inmensa influencia que ello marcó en sus vidas.

Sin embargo, la mayoría de personas (católicos y no católicos por igual) que nos hemos sentidos "tocados" por Juan Pablo II, jamás tuvimos esa oportunidad. ¿Qué tenía entonces este polaco, deportista y actor, para haber llegado al papado, a la beatificación, a los altares (sin duda) y, principalmente, a nuestras mentes y corazones?

Tenía la gracia de Dios. Pero eso, aunque parezca una herejía, no es suficiente, porque Dios nos da la gracia, pero respeta nuestro libre albedrío; es decir, debemos tener la humildad y el coraje para aceptar esa gracia, con todo lo que ella implique. Y Karol Wojtyla, cuando aceptó la misión de dirigir la iglesia desde el papado, sabía perfectamente lo pesada y dolorosa que sería esa cruz.

Juan Pablo II dejó un legado inmensurable y sobre ello hay pruebas y testimonios irrebatibles. En lo personal, lo que más me ha impactado no son sus grandes obras, sus homilías, sus libros, ni siquiera sus milagros; lo que más me ha impactado, es su indeclinable, diario y permanente cumplimiento del deber. A mi modo de ver, ese es su mensaje más profundo e importante para nosotros, las personas comunes y corrientes: el deber se cumple, ante todo y a pesar de todo.

Así, vimos a un Pontífice que ascendió a su cargo en la plenitud de su vida: jovial, fuerte, saludable, lleno de energía, y, a través de su gestión, le acompañamos en su terrible deterioro físico, causado primordialmente por el cruento atentado que sufrió a manos de Alí Agca, hasta llegar a las postrimerías de su papado, víctima del mal de Parkinson.

Aún entonces, no se perdonó el diario y fructífero cumplimiento de sus deberes. Cuando fue preguntado por qué no renunciaba a su cargo, respondió que sólo podría hacerlo "si Jesús se hubiese bajado de la cruz".

Gracias, Juan Pablo II, por el ejemplo que nos diste cada día de tu vida. En la fecha especialísima de tu beatificación, te pedimos que intercedas por nuestro país, que tanto necesita de la presencia de Dios.

elsalvador.com, Memorias papales

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