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2010/06/15

LPG-Penúltimos detalles escabrosos

 Al día siguiente de la disputa con Fernández Retamar, Roque Dalton fue informado de que en efecto quedaba fuera del juego, y ninguno de sus grandes amigos adscritos a la burocracia cultural cubana quiso responderle el teléfono siquiera. Después de ser tan querido y celebrado en los círculos del poder, en el Olimpo de los intelectuales revolucionarios, en las calles y en los bares de La Habana, el poeta pasó a ser un apestado.

Escrito por Geovani Galeas.15 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.

 

Fuera de control comenzó a beber de más. Para mayor desgracia, por esos días murió su gran amigo Ignacio Villa, un negro obeso, inmenso en todos los sentidos y más conocido como Bola de Nieve. Dalton tuvo la fatal ocurrencia de presentarse al velatorio en estado harto inconveniente, con tan mala suerte que ahí estaba el mismísimo Fidel Castro, que lo vio en estado tan deplorable.

Además, por ese tiempo Dalton estaba por cumplir su más hondo anhelo: irse por fin a la guerrilla, a la montaña, a la revolución de verdad. El trato estaba casi cerrado con los sandinistas, pero su informe sobre Ernesto Cardenal había trascendido de algún modo y los revolucionarios nicaragüenses, que entonces andaban enamorando al cura poeta para que los cobijara bajo su enorme prestigio internacional, se dieron por ofendidos y cancelaron el compromiso.

Pero Dalton tenía un protector que no lo desamparó: Manuel Piñeiro, el famoso comandante Barbarroja, todopoderoso en las relaciones conspirativas del gobierno cubano con todas las guerrillas latinoamericanas. Una vez que el poeta remitió al comité central del partido comunista cubano una carta de desgarradora autocrítica, Barbarroja medió para que Dalton se sumara a la jefatura del proyecto guerrillero conducida por el doctor Fabio Castillo Figueroa en San Salvador.

Aquella era una operación encubierta, por supuesto. En consecuencia Dalton pasó a la clandestinidad mientras preparaba su ingreso a la guerrilla. Sin dar mayores explicaciones se dijo que había salido de Cuba, pero en realidad fue trasladado a Santa Clara para que se sometiera a la cirugía facial que facilitaría su regreso secreto a El Salvador.

El problema fue que Genoveva Daniel, una asistente de Fernández Retamar, que obviamente no estaba al tanto de aquella operación clandestina, hizo correr el rumor de que Dalton había desertado de la revolución y se había sumado al grupo de escritores que, bajo la dirección de Mario Vargas Llosa y financiados por la CIA, según se aseguraba, habían montado una feroz campaña de desprestigio contra la revolución cubana.

Ese rumor creció y desbordó muy pronto los corrillos intelectuales, hasta que se concretó en forma de una pequeña nota publicada en las páginas de Gramma. Fue precisamente por esas fechas que Carlos Rico llegó a la isla con tan mal pie. Los agentes que lo habían capturado e interrogado eran cuadros intermedios de la seguridad del Estado, evidentemente estaban desinformados y se habían tragado entero el falso rumor de Genoveva Daniel.

Todo eso explicaba en parte la escabrosa trama en la que se había visto involucrado Carlos Rico. Pero solo en parte, porque no aclaraban ciertos aspectos muy delicados de los interrogatorios a los que había sido sometido: ¿por qué los cubanos relacionaban con tanta insistencia la guerrilla del doctor Castillo Figueroa con ese desconocido grupo que había secuestrado a Ernesto Regalado Dueñas, y del que se decía que en realidad era una creación del general Alberto Medrano?

La verdad era que ni Roque Dalton ni Carlos Rico sabían poco ni mucho de ese misterioso grupo del que se decía que el jefe era un tal Alejandro Rivas Mira. Ellos eran gente del doctor Fabio Castillo Figueroa, por lo menos hasta donde sabían. Pero ambos estaban equivocados. Ante quien tendrían que rendir parte y cuadrarse militarmente era precisamente ante Rivas Mira.

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