La OEA ha estado en el ojo del huracán desde que han recrudecido las crisis. Su desempeño ha sido objeto de críticas por la poca eficacia que ha demostrado en estos capítulos. Se ha cuestionado que haya tenido mano de hierro contra algunos Estados como fue el caso de Honduras, y no ha sucedido lo mismo con países donde se atenta de manera evidente contra la institucionalidad democrática, como es el caso de Venezuela. De ahí que parezca hoy urgente reformar su carta constitutiva para adecuar el organismo a las nuevas realidades políticas interamericanas.
Escrito por Eduardo Cálix.19 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
La democracia en todos los Estados del Hemisferio descansa en la vigencia de sus instituciones. Las libertades animan los fundamentos de la convivencia nacional, con base en el respeto a la dignidad de la persona humana y en la construcción de una sociedad más justa, esencia de la democracia y de la paz. Estos valores son propios de la idiosincrasia de los pueblos y por ende, deben ser siempre la guía en las decisiones de los poderes de los Estados y los compromisos de los actores políticos.
Ello no puede ser de otra forma, ya que el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas y libres y el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; así como la separación e independencia de los poderes públicos, constituyen elementos esenciales de la democracia representativa que la Carta Democrática Interamericana consigna y que nuestro ordenamiento jurídico interno nos señala y manda atender.
Desde su fundación en 1948, la Organización de Estados Americanos ha definido sus dos objetivos principales en “fortalecer la paz y la seguridad” y “consolidar y promover la democracia representativa”.
En la OEA, caja de resonancia del derecho de los pueblos de América a la democracia y a la libertad, concurre la obligación de los gobiernos de promoverla y defenderla, en tanto régimen político y sistema de vida, en virtud de los cuales determinamos libremente nuestros destinos, asumimos agendas comunes de desarrollo y contribuimos a la estructuración de sociedades más libres, que se apoyen en instituciones y prácticas de participación de ciudadanos con la suficiente información para poder participar en los procesos de toma de decisiones, tanto a escala local como nacional.
La sana discusión y debate de las posiciones que privilegian la búsqueda de consensos y posibilitan el entendimiento fortalecen a la organización y constituye el pilar fundamental, la sustentación y un elemento esencial del multilateralismo.
Sustentando en esta premisa, debe ser hoy el momento para retomar el debate sobre el futuro de la OEA que, como institución regional encargada de preservar y fortalecer la democracia, ha enfrentado evidentes limitaciones que se han hecho patentes en las reiteradas crisis políticas de nuestro hemisferio.
La OEA ha estado en el ojo del huracán desde que han recrudecido las crisis. Su desempeño ha sido objeto de críticas por la poca eficacia que ha demostrado en estos capítulos. También se ha cuestionado que haya tenido mano de hierro contra algunos Estados como fue el caso de Honduras, y no ha sucedido lo mismo con países donde se atenta de manera evidente contra la institucionalidad democrática, como es el caso de Venezuela.
De ahí que parezca hoy urgente reformar la Carta de la OEA, para adecuar el organismo a las nuevas realidades políticas interamericanas.
Hace muchos años, Alberto Lleras dijo que la OEA sería lo que sus Estados miembros quisieran que fuera. Este hecho sigue teniendo hoy total vigencia, dado que el organismo regional es la suma de las voluntades de países tan disímiles, como Estados Unidos, Venezuela o San Kitts y Nevis. No hay que olvidar que en su seno las decisiones se toman por consenso en aras de mantener la unidad de acción. Como hecho paradójico, en el caso de Honduras, la condena del golpe de Estado y la aplicación de la Carta Democrática fue unánime. De allí, precisamente, salieron las directrices que debía seguir el secretario general.
Talvez por este mismo hecho es que el propio secretario general Insulza ha insistido en la necesidad de revisar la Carta de la OEA, de manera pronta, para que se definan nuevos parámetros de acción inmediata. En este sentido, Insulza ha instado a contar con una definición “más amplia” del concepto de Estado, y que se pueda tener una mejor definición de qué es lo que se interpreta como grave atentado a la institucionalidad democrática en la Carta. De esta manera, en un debate abierto, que interprete el sentir de los países de la región, se podría dar un importantísimo paso adelante para fortalecer a la organización y, especialmente a su secretario general, quien no cuenta con la suficiente libertad de acción para actuar preventivamente.
La pertinencia de abordar pronto este asunto es inminente. Hay que hacer una revisión a fondo de la mencionada Carta Democrática. El debate que se espera será arduo y se avizoran posiciones complejas y discordantes en su seno. Pero esa es la esencia de la democracia: el sano debate y la negociación, que a su vez se constituyen en la razón de ser de la entidad encargada de preservarla en el hemisferio. Puede que la OEA tenga muchas falencias, pero, al igual que con la democracia, es lo mejor que existe.
Se debe repensar un nuevo orden interamericano, en el que los esfuerzos y las aspiraciones nacionales y subregionales agreguen al sentido genuino de la solidaridad americana, que dentro del marco de las instituciones democráticas contribuye a consolidar un régimen de libertad individual y justicia social, fundamentado en el respeto de los derechos esenciales del hombre.
Ratifico nuestra confianza en la organización, en las aspiraciones de los pueblos americanos y en su multilateralismo proactivo, que complementa y contribuye a hacer cada día más reales los beneficios de la democracia y de la libertad.
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