Hoy el Acuerdo de Paz entra en fase de adultez. Bien por él, y, sobre todo, bien por nosotros, los salvadoreños, que hemos merecido, a punta de sacrificado estoicismo, la suerte de este proceso ejemplar.
Escrito por David Escobar Galindo.16 de Enero. Tomado de La Prensa Grafica.
Un día como hoy, hace 18 años, se firmó en el Castillo de Chapultepec, de la capital mexicana, el Acuerdo de Paz que le puso fin a una guerra que había durado casi 12 años en el terreno y más de 20 desde que los actores de la contienda bélica comenzaron a organizarse como tales; y que a la vez le ponía el sello de la caducidad irreversible a un conflicto que fue configurándose a lo largo de muchos y accidentados decenios. Lo primero que hay que considerar, pues, para que las piezas del rompecabezas histórico no se confundan, es ese doble fenómeno complementario: el conflicto y la guerra. Y el hacer ese necesario distingo también ayuda a comprender mejor la naturaleza y el contenido del Acuerdo que culminó la guerra en una forma de solución que, para todos los efectos de lo esperado, ha cumplido con su función de manera perfectamente consecuente.
El Acuerdo de Paz es, desde luego, un legado histórico; pero tal caracterización puede responder a variadas formas de interés: algunos quisieran que fuera “histórico” en el sentido de pasado, como decir “eso ya quedó en el tiempo y no hay para seguirlo trayendo a cuento en la sucesiva realidad del país”; otros toman lo “histórico” en función de un impulso que sigue vigente, pero que ya dio de sí en sus potencialidades básicas; no faltan los que quisieran ver en lo “histórico” del Acuerdo una coyuntura que estaba mucho más vinculada con los juegos de poder que con las necesidades del acaecer nacional; y también están los que consideran que dicho Acuerdo respondió a un imperativo de racionalidad que era indispensable para que El Salvador pasara a ser un proyecto viable de nación. Nos apuntamos a este último concepto, por la convicción firme y nunca desmentida de que la razón histórica acaba por imponerse más temprano que tarde, aun en condiciones reiteradamente adversas.
Por otra parte, hay que distinguir —y con los años transcurridos y la experiencia acumulada por el proceso nacional durante ellos tal distingo es aún más exigible— entre el Acuerdo de Paz como fórmula de finalización de la guerra y el Acuerdo de Paz como credencial pacífica para pasar a una nueva etapa en la historia del país. En el primer sentido, el Acuerdo es una especie de sentencia ejecutable; en el segundo sentido, el Acuerdo es una forma de credencial de avance. En el primer sentido, el Acuerdo selló la suerte de la guerra; y en el segundo sentido, el Acuerdo inauguró la concreción de la paz. La guerra concluyó con una sentencia sobre sí misma; la paz se inició con un compromiso sobre sí misma. Y esto no es un juego de contrastes, sino una comprobación de convergencias. El Acuerdo de Paz no fue flor de un día, sino floración de un siglo, porque llegar a dicho Acuerdo necesitó un larguísimo ejercicio de desgaste progresivo de la irracionalidad histórica acumulada, que hizo su esfuerzo superior con la irracionalidad extrema de la guerra. Saldar la arrogante rutina del conflicto con la sorprendente emergencia de la paz representó, entonces, una transmutación que hasta el instante de producirse había estado envuelta en el más espeso escepticismo.
Es evidente que los salvadoreños aún no hemos reconocido el mérito fundamental del Acuerdo de Paz, que es el hecho mismo de haberse logrado, con su consecuencia propia: haber sido real, y no una mera componenda de momento. La realidad de nuestro Acuerdo de Paz puede irse rastreando a lo largo de estos 18 años, y no porque el Acuerdo deba ser una especie de reliquia constantemente recordada, sino por lo contrario: porque su función reconstructiva en lo básico del sistema político se ha ido implantando de veras en el fenómeno real, hasta ser tan natural que puede pasar inadvertida. ¿O es que alguien imagina que hubiera sido factible una alternancia como la del 2009 sin el escenario que se abrió luego de 1992? Más aún: ¿Hubiese sido pensable que en El Salvador, país tan saturado de contradicciones que parecían irredimibles, la guerrilla de 20 años llegaría a convertirse, luego del exorcismo de la paz, en la única fuerza guerrillera latinoamericana que emergió como un partido político realmente competitivo y alternante?
No se ha hecho aún en el país una revisión suficientemente explicativa de lo que han significado, significan y seguirán significando tres experiencias engarzadas en una: la preguerra, la guerra y la posguerra; y no como fría historia sino como recuento vivo. Es decir, la realidad transfigurándose en su propio espejo. Y tal revisión deberá, para ser completa y suficiente, contemplar y considerar la dimensión entrañablemente humana, que ha estado presente, con vigor que por momentos resulta insólito, pese a todas las adversidades circundantes, en cada una de las etapas referidas.
Yo puedo hablar, con testimonio directo, de lo que percibí y viví a lo largo de la negociación de la paz. En primer término, algo que para mí es clave en cualquier proceso humano: la posibilidad de armonía. Estábamos, como país, inmersos en la suprema y más brutal expresión de la ausencia de armonía, que es la guerra; y, sin embargo, desde el primer momento se instaló en el centro del esfuerzo negociador una especie de halo de armonía, lo cual, dicho así, parece efusión memoriosa de poeta idealista, pero que en verdad fue presencia impregnadora del trabajo. Nunca un mal gesto, nunca un grito, jamás un insulto, jamás una truncia. Mis compañeros negociadores, de uno y otro lado de la mesa, lo cual ya a estas alturas es perfectamente anecdótico, podrían dar igual fe de ello. Y, como hilo conductor, la voluntad de llegar bien al fin. Si les queda alguna duda, abran el Acuerdo y no hallarán filos o crispaturas, ni desaires o señalamientos para nadie, y eso que excusas para ello pudo haber mil. Hoy el Acuerdo de Paz entra en fase de adultez. Bien por él, y, sobre todo, bien por nosotros, los salvadoreños, que hemos merecido, a punta de sacrificado estoicismo, la suerte de este proceso ejemplar.
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