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2010/01/13

Co Latino-El miedo al cambio (2)

Escrito por René Martínez Pineda. 13 de Enero. Tomado de Diario Co Latino.
(Coordinador General del M-PROUES)

El caso emblemático para tasar la inercia reaccionaria, es la percepción de los periodistas (tanto como la de los académicos) debido a que incide súbitamente en la opinión pública (con su opinión de clase disfrazada de neutralidad); y porque se han convertido en la moda política –por la falta de artistas de cine- que induce a confundir: popularidad con popular; imagen con liderazgo; reacción con mesura; pedantería con sabiduría. El lugar idóneo para pesar tal percepción es el programa “noche de periodistas” (el mejor espacio de debate de la televisión local) con el que aprendo, de nuevo, a diferenciar entre datos e información; entre muerte y catalepsia.

Tres, de los cuatro periodistas moderados -muy bien- por Nacho Castillo, tienen la tarea de defender el viejo régimen con juicios aparentemente fríos y coherentes -uno de ellos- quien dilapida la notoria capacidad que tiene; con eructos incendiarios y biliares -los otros dos- quienes, por ser los editores de los periódicos que por un sueldo representan, hacen dudar de la vigencia de esos rotativos. “Otra cosa” es Chico Valencia (Director de Co Latino) quien sustenta -con solitario coraje, solidez ideológica y carisma combativo- el cambio social, en nombre de quienes anidamos la utopía en el almario.

El primero, agobiado por la debilidad de los contrapesos en el sistema político (al romperse el partido ARENA) plantea que el país necesita, definitivamente, una derecha fuerte, lo que evidencia el miedo que tiene a que se puedan hacer cambios para montar “otra sociedad” (como la burguesía lo hizo anulando esos contrapesos) pues, de qué sirve una derecha fuerte si, por lo general, los políticos no parlamentan, negocian de cara a sus intereses privados; de qué sirve una derecha unida, si no es para impedir que, por justicia, se nacionalicen los servicios públicos que le expropió al pueblo, para darle al capitalista otro espacio de revalorización del capital que, hoy, el reaccionario quiere declarar intocable: ¿Volver a nacionalizar los servicios públicos es un acto político “jurásico”?

Es congoja privada del reaccionario, que agonice el partido vinculado –según informes como el de la Comisión de la Verdad- a los escuadrones de la muerte, la corrupción, la más injusta distribución de la riqueza a nivel continental y los cambios estructurales que, en menos de un cuarto de siglo, le han causado al pueblo el mayor daño histórico del que se tenga datos, similar a lo sucedido en el siglo XIX.

El miedo a que la izquierda sea mayoría legislativa es que ésta –recobrando la memoria- haga cambios en función de otro plan nacional, como hizo la Democracia Cristiana (gestión contrainsurgente) y ARENA (gestión neoliberal).

El reaccionario sabe (mas no lo reconoce en público) que los contrapesos sirven para que no cambie el sistema, ya que para eso fueron creados. Algo similar vivió la burguesía, cuando la nobleza feudal francesa montó contrapesos para evitarlo, mediante la creación de facciones legislativas: el aristócrata Jacques Cazales y el abad Jean-Sifrein Maury encabezaron un grupo derechista opuesto a la Revolución; y otros, como Mounier y los Condes de Lally-Tollendal, Clermont-Tonnerre y Vyrieu, formaron el grupo “demócratas realistas” que luchó por el montaje de un régimen “noble” similar al británico.

Por su lado, Mirabeu, Lafayette y Bailly representaron el ala izquierda, sin faltar los radicales izquierdistas (de entonces) entre quienes destacó Robespierre. La pregunta retórica es: ¿Por qué es inmoral que la izquierda moderna haga los cambios que crea pertinentes, y no lo fue cuando los cambios promovidos iban en función de montar el capitalismo?

En la coyuntura latinoamericana –con especial enjundia en El Salvador, como se evidencia en la opinión retrógrada que usa la coartada de que “el pueblo no está preparado”- se pueden señalar ejemplos de esa inercia ideológica: a) cuando se pide –por ser menos vergonzoso que aceptar que se tiene miedo- una “gradualidad” del cambio que, por su lógica, hará dar pasos para atrás en el corto plazo; b) cuando se afirma –con jerga académica o furor mediático- que “es mejor lo viejo conocido que lo nuevo por conocer”.

Pero ¿Hubo gradualidad en las privatizaciones o la dolarización? ¿Hubo gradualidad en la mutilación de los programas de estudio pre-universitarios para hacer de la educación una maquila y del estudiante un operario?; y c) cuando se infunde miedo sobre la relación con otros países –como Venezuela o Cuba, acusados de fomentar el terrorismo, aun cuando jamás han masacrado pueblos- distintos al régimen vigente, pero se obvia la influencia de Estados Unidos, Inglaterra o Francia que, con sus políticas de expropiación de recursos naturales, han matado más gente que el cáncer.

Sobre la influencia externa –como expresión concreta de lo que llamo tiempo mundial en el espacio local- recordemos que el 27 de agosto de 1789, se publicó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, inspirada en la Declaración de Independencia de EE.UU. estableciendo el principio de libertad, igualdad y fraternidad.

Entonces ¿debemos suponer que sólo es buena la influencia externa cuando viene de países capitalistas? Como tesis hepática y reaccionaria –usada, neciamente, por los periodistas Trillos y Fernández- se habla del fracaso del socialismo, pero: ¿ha tenido éxito el capitalismo, si las dos terceras partes de quienes viven en él lo hacen con dos dólares diarios, si la distancia entre ricos y pobres es cada vez mayor? Un caso: las 350 personas más ricas del mundo, disfrutan una riqueza que excede a la renta anual del 43% de la humanidad. Sólo en América Latina, hay 207 millones de pobres y 92 millones de miserables, a los que se les deben sumar los bolsones de miseria del opulento Estados Unidos.

El pensamiento social reaccionario, afirma que primero hay que crear riqueza para que luego, automáticamente, le llegue a los pobres, pero, los datos mundiales revelan que la desigualdad en vez de atenuarse se incrementa: si en 1960 la riqueza de los países más poderosos era 30 veces superior a la de los más pobres, en 2000 era de 70 veces más. Las proyecciones hacen prever que para el año 2025, ese capitalismo exitoso que se defiende albergará más de 2 mil millones de personas en extrema pobreza.

En ese sentido, quienes hablan del fracaso del socialismo (usando como símbolo “la caída del Muro de Berlín”) olvidan que el “Muro de Pobreza” que erige el capitalismo no ha caído, y, lejos de eso, cada día es más alto y sólido… pero, eso no le interesa al pensamiento reaccionario.

El miedo al cambio (2) | 13 de Enero de 2010 | DiarioCoLatino.com - Más de un Siglo de Credibilidad

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