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2011/05/03

LPG-Más sobre mayorías ilusorias

 Escrito por Geovani Galeas.03 de Mayo.Tomado de La Prensa Gráfica.
geovanigaleas@hotmail.com

La izquierda afirmó que representaba a la mayoría, constituida por los pobres, llamó a la guerra revolucionaria y acuñó el concepto de “nuestro pueblo”. Somos más los que queremos paz, respondió la derecha, que a su vez se autodenominó “el verdadero pueblo salvadoreño”. En efecto los pobres eran la inmensa mayoría, y en efecto también eran más los que querían paz. ¿De qué lado estaba la razón?

Se puede discutir un siglo entero sobre el tema, pero el hecho es que esa mayoría, traducida en términos electorales, mantuvo en el poder a la derecha durante veinte años, y que en la última elección decidió que era la izquierda la que le ofrecía mayores garantías de favorecer sus aspiraciones. Esos dos datos muestran que la conformación de la mayoría es coyuntural, y que el sello ideológico de la misma no es un hecho dado de una vez y para siempre.

La mayoría no tiene dueño ni representante exclusivo. Su construcción depende de la oferta programática y de la confianza que irradie el individuo que la encarne. Quienes votan por la derecha o por la izquierda son los menos. La mayoría orienta su voto en función de una suma de intereses diversos y complementarios muy concretos, nada espectrales y por tanto no ideológicos.

Roberto d’Aubuisson y Schafik Hándal, por ejemplo, fueron los máximos dirigentes históricos de ARENA y del FMLN, respectivamente. Ambos eran líderes duros y medularmente ideológicos, amados hasta la idolatría por sus propias bases, pero ninguno de los dos tuvo el favor de la mayoría cuando en distintos momentos se lanzaron como candidatos presidenciales. Es evidente que ambos cohesionaban a sus propias filas pero dividían al país.

ARENA solo ganó, en 1989, cuando dio un giro hacia la moderación tanto en su candidatura como en su programa (que incluyó el propósito de firmar la paz). Lo mismo ocurrió con el FMLN, veinte años después, cuando postuló a un candidato con un ideario más cercano a la socialdemocracia. No es una casualidad.

Los radicales siempre meten más ruido que los moderados, pero asimismo siempre han sido minoritarios. La mayoría es prudentemente conservadora, y solo le apuesta a los cambios que considera seguros, no a las utopías delirantes que fundan su propuesta en el desprecio y hasta en el aniquilamiento del adversario, ese que no es “el verdadero” o que no es “el nuestro”.

No se me oculta que estas son verdades elementales, pero tampoco ignoro que suelen olvidarse con demasiada frecuencia. Y quien las olvida y se acomoda en el sofá ideológico pierde. Eso es lo que en última instancia le pasó a la derecha, y es lo que muy bien puede ocurrirle a la izquierda si en el país, bajo su gestión, no baja el promedio de los asesinatos diarios, y si el precio de la canasta básica sigue subiendo mientras el poder adquisitivo real de los salarios disminuye.

Todas las formaciones políticas experimentan en el tiempo fraccionamientos y reagrupamientos. Aquellos son resultados de la ruptura del diálogo, la primacía del interés individual y de grupo por sobre la conveniencia de la generalidad, y la entronización de la intolerancia; estos son expresión de la madurez que suma en lugar de dividir y que entiende las ventajas de la pluralidad.

Es lo mismo que ocurre en la sociedad. Cuando los fanatismos sectarios la dividen se impone el uso de la fuerza, la decisión de aniquilar al contrario, y se desata la violencia. Cuando vuelve a imponerse la sensatez y se anteponen los intereses generales a los de las facciones, se firma la paz y se abre el ciclo democrático. Esto dibuja otra verdad elemental: el mejor liderazgo político es el que trabaja en la construcción de los más amplios consensos sociales.

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