Genaro Lozano.22 de Junio. Tomado de Raices.
Demonizadas e idolatradas; sobrevaloradas por algunos y subvaluadas por otros; temidas por dictadores y defendidas con pasión por activistas; causantes de problemas de insomnio y de adicción; complemento o competencia de los medios de información tradicionales; una forma de difundir el conocimiento o la ignorancia; un nuevo recurso de movilización para diferentes movimientos sociales; la ciberinstitucionalización del descontento, la disidencia y la protesta; un ágora electrónica o un enorme techo donde se reúnen diferentes comunidades dialogando y mandando mensajes, con o sin remitente; la mejor plataforma de autopromoción; una manera de crear capital social y también político; una estrategia para hacer diplomacia pública y hasta una nueva forma para dar con criminales, las redes sociales de internet son hoy un elemento importante del debate público desde Beijing hasta ciudad de México, pasando por Santiago a Teherán y con escala en Caracas, Roma, Moscú y Washington DC.
Por ello, definir qué son las redes sociales es una tarea complicada. Lo es porque éstas han demostrado tener una gran versatilidad para sus usuarios. Desde el lanzamiento de Craigslist y Classmates.com en 1995, tal vez la primeras redes sociales masivas en internet, pasando por el lanzamiento de Facebook y Twitter en 2006, y la más reciente de ellas, Google Buzz en 2010, las redes sociales son hoy un elemento indispensable en la vida diaria de millones de personas en todo el mundo, pero, la verdad sea dicha, son también un elemento menor en la vida de miles de millones más, quienes siguen teniendo en la televisión su fuente principal de consumo informativo y sobre todo un elemento ausente entre miles de millones de personas más que no pueden cubrir sus necesidades básicas y que mucho menos tienen acceso a internet desde Chiapas a Camboya.
Definirlas es tarea complicada, pero recurro a la definición ofrecida por el politólogo James L. Gibson, quien ve a las redes sociales como “formas de transmitir información innovadora y valores e ideas (asociadas con la democracia) en una sociedad”.1 Para tal efecto, Gibson afirma que estas redes sociales deben “promover la discusión de la política entre los ciudadanos, así como estar compuestas de vínculos débiles, entendidos como segmentos relativamente heterogéneos de la sociedad, en lugar de estar basados en parentescos o clanes”.
Tal definición resulta útil para pensar en el papel que pueden tener las redes sociales para contribuir a la democratización de un sistema político, democratización entendida con las dos dimensiones clásicas de Robert Dahl: por un lado, inclusión, que se traduce en el derecho a la participación política, y, por el otro, contestación, que incluye la competencia política y la rendición de cuentas.2
La internet ha revolucionado la forma en la que vivimos, pensamos, leemos, compramos y socializamos actualmente. Apenas en marzo pasado se anunció el 25 aniversario del primer sitio con dominio .com de la historia. Hoy hay más de 250 millones de sitios con ese dominio. Desde entonces han sido varias las disciplinas académicas que han tratado de analizar cuál ha sido el impacto de la internet tanto en la fortaleza y autonomía de la sociedad civil como en los niveles de confianza interpersonal, dos de las condiciones necesarias para una exitosa democratización, según reza el credo de la teoría democrática.3
Al respecto, periódicamente, Latinobarómetro da a conocer una serie de indicadores sobre participación política, ciudadanía y confianza en la democracia y sus instituciones en 18 países de América Latina. Este influyente estudio ofrece un termómetro sobre el estado de la democracia en la región y cada año produce titulares que espantan y largas discusiones en los medios de comunicación sobre los riesgos para las democracias latinoamericanas.
Los indicadores sobre México son siempre alarmantes. Tan sólo en 2009 hasta un 27% de los encuestados mexicanos contestó que veía posible un golpe de Estado en el país, comparado con el 6% de los chilenos que contestaba así.4 De igual forma, hasta un 26% de los participantes dijo sentirse de acuerdo con la posibilidad de que el gobierno mexicano pudiese cerrar un medio de comunicación cuando publica temas que no le gustan.5 Sólo 42% cree que la democracia es mejor que cualquier otro sistema de gobierno, respecto al 51% de los mexicanos que así pensaba en 1996.6 Finalmente, un 24% de los mexicanos cree que se puede confiar en los demás, el indicador de confianza interpersonal que utiliza este estudio. A su vez, tal desconfianza en los demás se repite en la desconfianza hacia las instituciones formales —Congreso, presidencia, cortes— pero no hacia otros actores relevantes como la iglesia católica, la televisión, la radio, las fuerzas armadas.7
Es en estos indicadores, precisamente, donde las redes sociales, principalmente Twitter y Facebook, pueden desempeñar una labor importante en México, y para ello sirve traer a colación el trabajo del politólogo estadunidense Robert Putnam, quien a mediados de los años noventa escribió el influyente artículo “Bowling Alone” (“Jugando al boliche solos”), en el que advertía sobre el declive del capital social y del compromiso cívico en Estados Unidos. Putnam entiende el capital social como “los atributos de la organización social, como las redes, normas y la confianza social que facilita la coordinación y cooperación para el beneficio mutuo”.8
A ese artículo le siguió un libro del mismo nombre en el 2000, y desde entonces varios gobernantes, incluido Marcelo Ebrard en la ciudad de México, han tomado las recomendaciones del profesor de Harvard para atacar lo que parece una pandemia global: la creciente apatía de los ciudadanos, que en Estados Unidos se traducía en una baja participación electoral y en la casi desaparición de clubes sociales.
En México no somos ajenos a esos argumentos. El fantasma de la apatía recorre la joven democracia mexicana y parece tener un ritmo de contagio rápido: que a la gente cada vez le interesa menos la política, que no hay “tejido social”, que en lugar de ser una nación de organizadores, México es una “nación de desorganizadores”; que 2010 sería el año de una nueva revolución violenta, de esa insurrección que viene; que la clase media mexicana es apática y no actúa ni se moviliza más que exclusivamente en torno a los temas de la seguridad o cuando hay desastres naturales; que la única movilización efectiva sigue siendo la que dejó como herencia el legado de las décadas del autoritarismo priista: la de los acarreados a través de los partidos políticos y los sindicatos. Son todas frases que resuenan en una generación a la que pertenecemos millones de mexicanos.
En contraste, hay un creciente grupo de personas que ha utilizado las redes sociales no sólo como un instrumento de protesta, sino como un recurso de movilización política y como un instrumento para darle a la información, elemento fundamental en una democracia, un nuevo ángulo para la incidencia. Tan sólo en 2009, conocido como el año del Twitter en México, los llamados anulistas y quienes llamaron a votar independiente, jóvenes organizados principalmente a través de redes sociales, tuvieron una enorme atención por parte de los medios de comunicación tradicionales y presumiblemente un fuerte impacto en el voto en las elecciones intermedias, superando incluso el 10% en algunos centros urbanos.
De igual forma, en 2009 estas redes sociales fueron fundamentales para tumbar un impuesto a la internet que se evaluaba en el Senado bajo una protesta organizada y conocida en Twitter como @internetnecesario. Con ello, los ciberactivistas mexicanos reclamaron y ejercieron su derecho a la inclusión y a la contestación de la que habla Dahl, ampliando de paso el repertorio tradicional de la protesta —marchas, paros, toma de carreteras y otros espacios— y renovándolo con la ciberprotesta y el ciberactivismo, con poca presencia física, pero entrando y saliendo del espacio público al cibernético con una enorme facilidad y versatilidad.
En un país con una ciudadanía sedienta de rendición de cuentas como México, lo que están haciendo estas redes es crear capital social y abrir los espacios del debate y la difusión de ideas, espacios cuasi monopolizados por las dos grandes televisoras, que se autorregulan y escriben iniciativas de ley ante los ojos de todos. Televisoras que se sirven de una democracia que parece teledirigida y de un país con muchos televidentes y pocos lectores. Sin embargo, hay que ser realistas y no poner en la internet todas las esperanzas y ver la creación del capital social y de la difusión de ideas con optimismo ciego. Realistas porque el capital social es inversión a mediano y largo plazos para cambiar la forma de hacer activismo político, de producir una ciudadanía armada con más información para la toma de decisiones y como el inicio de un cambio desde abajo, como la verdadera insurrección que viene y que además es pacífica. Realistas también porque, como cualquier inversión, el resultado es incierto. Incierto porque estas redes son tan versátiles que pueden ser usadas para fines antidemocráticos, de odio y de incitación a la violencia; incierto porque en otros países la libertad de la internet está en peligro, con redes sociales que han sido demonizadas y con dictadores que han lanzado ataques contra ellas, censurándolas, encarcelando a blogueros y a twitteros. China, Vietnam, Corea del Norte, Siria, Cuba, Irán han sido los países que encabezan la censura a estas redes y Hugo Chávez en Venezuela recientemente ha anunciado su intención de hacerlo.
México debe escoger de qué lado se coloca en este debate. Escoger si se une a los países que ven en la internet libre un elemento clave para el fortalecimiento de la democracia, ya que puede fomentar la rendición de cuentas al permitir que los ciudadanos dialoguen directamente con los legisladores que han decidido abrir sus perfiles en Twitter, así como también puede servir para crear redes transnacionales de apoyo a los derechos humanos, como la iniciativa de recolección de firmas para exigir la liberación de presos políticos de Cuba u otra que condena una ley que penaliza la homosexualidad con la muerte en Uganda. O bien, México debe escoger si decide montarse en la otra ola, la de países que han decidido ponerle un bozal a internet, los que le temen a la combinación de información libre-creación de comunidad-ciudadanización que se crea en internet que han buscado prohibir, limitar o censurar su uso a como dé lugar.
La internet libre debe seguir siendo la norma y la internet censurada la excepción. Sin embargo, aunado a esa libertad de contenidos, en un país como México, con apenas 24 millones de personas con acceso a internet, se deben incentivar políticas públicas que rompan con los monopolios de los proveedores, que crearon al hombre más rico del mundo, pero que mantienen los costos más altos y la calidad en el servicio más bajo de los países que integran la OCDE .
Para esto es crítico un mejor presupuesto destinado a la ciencia y la tecnología. En el Senado se pide que ése sea de por lo menos el 1% del PIB y no del raquítico 0.4% que México invierte hoy. Estamos a la retaguardia en la inversión pública en este rubro, comparados incluso con otras democracias latinoamericanas y comparados con nuestro vecino del norte, donde ya se discute un programa de acceso, conectividad y banda ancha nacional.
El impacto de internet en la democracia mexicana, como en muchos otros países, aún está en potencia. El reto para las redes sociales empieza en pasar de los retweets y del twitteando solos a transformar la acción colectiva desde abajo. El reto para México como país es avanzar para hacernos de una democracia con menos inequidad, más y mejor informada, más participativa, con mayores espacios de inclusión y contestación, más abierta a la rendición de cuentas. Una democracia conectada en el siglo XXI.
Genaro Lozano. Articulista del periódico mexicano El Universal y profesor en el Departamento de Estudios Internacionales del ITAM.
1 Gibson James L., “Social Networks, Civil Society, and the Prospects for Consolidating Russia’s Democratic Transition, American Journal of Political Science, vol. 42, núm 1, enero 2001, p. 53.
2 Véanse Polyarchy (1953) y Democracy and Its Critics (1989), entre otras obras de Robert Dahl.
3 Véase la amplia literatura académica de autores como Robert Dahl, Robert Putnam, James L. Gibson, Samuel Huntington, Guillermo O´Donnell, Adam Przeworski, Ronald Inglehart, Juan Linz, Anne Phillips, entre muchos otros.
4 Latinobarómetro, Informe 2009, p. 9. Disponible en
http://www.latinobarometro.org/documentos/
LATBD_LATINOBAROMETRO_INFORME_2009.pdf
5 Ibíd., p.11.
6 Ibíd., p. 22.
7 El informe completo está disponible en
http://www.latinobarometro.org/documentos/
LATBD_LATINOBAROMETRO_INFORME_2009.pdf
8 Putnam, Robert, “Bowling Alone: America’s Declining Social Capital”, Journal of Democracy, enero 1995, pp. 65-78.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios que incluyan ofensas o amenazas no se publicaran.