A los padres de familia en Mejicanos no les bastó que Educación les tratara de transmitir tranquilidad; no les bastó que los maestros asistieran a las escuelas a dar sus clases; no les bastó con policías dentro y fuera de los centros de estudios. Decidieron dejar a sus hijos en casa.
Escrito por Fernando Romero.25 de Junio. Tomado de La Prensa Gráfica.
En Mejicanos las escuelas abrieron ayer sus puertas temprano, como todos los días, para recibir a sus estudiantes. Los centros escolares de la colonia Jardín, los más cercanos al lugar donde ocurrió la fatalidad del 20-J que dejó aquel mal recuerdo de un microbús que fue incendiado con sus pasajeros dentro, estaban abiertos.
Aun así, bajo el clima de tensión que ha sufrido en los últimos días el municipio, los docentes tenían los brazos abiertos para sus niños, para seguirlos educando.
Pero el miedo pudo más. La gran mayoría de los padres de estudiantes de las escuelas más cercanas al atentado del 20-J tomaron una decisión, con la mera intención de proteger a sus hijos: de no enviarlos a estudiar.
Eran las 9 de la mañana, una hora en que la jornada educativa ya debía haber entrado en plena marcha, pero en las aulas, si se tenía suerte, se encontraba a uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco niños, con sus uniformes, mochilas sobre pupitres, sentados en salones abandonados, con un mar de asientos desolados a su alrededor.
Muchos de los maestros criticaron al Ministerio de Educación por haber tomado la decisión de continuar con puertas abiertas, con los apoyos de la Policía Nacional Civil y psicólogos a disposición de los maestros, alumnos y padres de familia, inclusive. Los docentes tenían –tienen– razón. Y se comprobó ayer con la pobre asistencia.
“Lo peor de todo es que nos obligan a venir a nosotros también, y nosotros, muchos de nosotros, vivimos aquí, conocemos de todos estos problemas. Algunos conviven... ¿me entiende?, y hacernos venir aunque no venga ni un niño nos expone a nosotros. El ministerio no ha pensado en nosotros, que también estamos en riesgo”, dijo una maestra, exaltada, enojada, indignada.
Para una madre de familia –en estos días en Mejicanos muchas personas no quieren decir su nombre– la medida no es buena, ya que “no basta” con que haya policías de forma permanente en las escuelas: “¿Y el camino de ida y vuelta a la casa? Yo no quiero probar suerte. Yo no mandé a mi hijo hoy, y estoy pensando en serio cambiarlo de escuela, en otro lado, aunque viaje más, porque está fregado allí”.
El luto, el temor, los nervios y una convicción en el imaginario de que en cualquier momento sucederá lo peor fueron más fuertes que la seguridad que pudiera transmitir observar a personas uniformadas de azul.
Otros padres tomaron la decisión con más estrépito: se acercaron a las escuelas, sin sus hijos, para pedir a sus directores que quitaran de la lista de matrícula a sus pequeños porque ya no los enviarán a estudiar allí.
“Han venido varios padres de familia a avisar que retiran a sus hijos. Ahorita no puedo dar un número porque no llevo la cuenta. Falta que en estos días se puedan acercar más padres a informar del retiro de los alumnos. Y eso que no contamos con los papás que, sin avisar, sus hijos solamente van a dejar de venir”, dijo la directora de una de las escuelas de la colonia Jardín.
La asistencia, si no fuera por esos pocos estudiantes que se vio, se podría calificar de nula. No se sabe hoy. Un maestro comentaba que había una incertidumbre de si habría más niños al día siguiente o si los poquitos que estaban ya no llegarán después.
“Ser precavido no es ser cobarde”, dijo una docente que se quejó de asistir a su escuela vacía.
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