Escrito por Eduardo Torres. 13 de Marzo. Tomado de El Diario de Hoy.
Uno de los seis hijos de Silvia Carolina Granados recibió la llamada telefónica alrededor de las siete de la noche, e, "ipso facto", le informó a su madre que "a Chico –-Carlos Francisco Garay Granados-- lo habían herido en una riña estudiantil y se encontraba grave en el Hospital Rosales". La señora Granados tomó dinero, abordó un taxi y se fue hacia el Hospital sólo a recibir la peor noticia que cualquier progenitor puede oír: su hijo había muerto. "El quería ser un chef de un hotel. Le encantaba cocinar. Yo tenía la esperanza que sería un profesional en la vida", dijo ayer la acongojada madre.
Impactante, dolorosa e indignante es la secuencia fotográfica que apareció ayer en La Prensa Gráfica, captando "en flagrancia" el asesinato del joven estudiante del Inframen, según versiones policiales por "riñas entre estudiantes". De no haber estado cerca del lugar de los hechos el equipo periodístico del mencionado periódico, como en la década de los noventa lo estuvo un equipo de El Noticiero de Canal 6 en el caso del "Chele papaya", y al buen tino del equipo periodístico que, por horroroso que haya sido, logró captar la flagrancia, "Chico" hubiese sido un número estadístico más. La víctima número tal de ese día, que nos lleva al preocupante promedio de doce al día.
Cuando las víctimas de la oleada criminal que nos abate se convierten en número, es cuando como sociedad, nos hemos vuelto insensibles al dolor humano. Hace casi quince años me estremecí hasta la médula -–al inicio de mi lucha contra un cáncer que por obra y gracia de Dios me convirtió en "sobreviviente del cáncer"— cuando lejos de llamarme por mi nombre me empezaron a llamar "número de paciente tal y tal...". Mi reflexión durante las siguientes semanas fue que atrás del número asignado a cada uno de nosotros, inmersos en el tratamiento, había esposo(a), hijos, hermanos, amigos, trabajo, aficiones.
Le agradezco a Dios haberme dado una importante lección al inicio del tratamiento. En pre-sala de operación, ingresábamos de cinco en cinco cada media hora, acostados, con las intravenosas ya listas -–cada uno de los cinco en su propio mun- do--, cuando reparé que dos jóvenes padres daban besos a su bebé, como de año y medio de edad, quien tenía rapada la mitad de su cabello. Tumor en su cabeza, pensé, Dios mío, exclamé, gracias a Dios soy yo y no uno de mis hijos. Nunca supe cómo salió la bebé, sólo me quedó el sentir de haberla encomendado. Y, ¿qué tiene que ver esa experiencia personal con el homicidio del jueves por la tarde? En primer lugar el dolor humano que cada víctima deja al interior de los suyos.
En segundo lugar, que son en su mayoría jóvenes quienes están muriendo y como padre, uno se solidariza con situaciones límite del dolor humano como en el que en este momento vive doña Silvia Carolina Granados. No en vano escribió alguna vez Herodoto: "En la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos". Y en tercer lugar, porque tengo un gran respeto por la dignidad del ser humano, por lo que me resisto, hasta la médula, a aceptar las frías estadísticas sabiendo el sufrimiento que cada vida truncada causa. Que el caso de "Chico" nos haga a todos reflexionar.
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