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2010/03/30

LPG-El “ismo” no superado en El Salvador

La palabra insignia de este país debería ser a partir del 16 de enero de 1992: “Reconciliación”; y la palabra de moda a dieciocho largos años de esa fecha histórica debería ser: “Consenso”. Tristemente ambas palabras siguen estando ausentes en la vida cotidiana de la sociedad salvadoreña y parece que los sectores extremistas quieren borrarlas indefinidamente de los diccionarios de nuestro país.

Escrito por José Tomás Calderón González.30 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.

La acepción de la palabra “extremismo” es amplia, en este caso hago referencia a ella para describir a quienes independientemente de su inclinación ideológica, no admiten flexibilizar sus posiciones, son intolerantes, rígidos, ortodoxos y constituyen un germen para el desarrollo sostenible de El Salvador. Extremistas hay de todos los colores, derechas, izquierdas y centros.

Los políticos salvadoreños se han encargado en acrecentar aún más la polarización social, haciendo que una buena parte del electorado, en su mayoría de valores y principios conservadores, se aboquen al extremismo ideológico mediante su voto, empujando a ciudadanos a radicalizarse sin realmente serlo. El problema de que en una sociedad existan extremistas es que estos rápidamente pasan de radicalizar únicamente su pensamiento a manifestar el mismo a través de acciones violentas, y de simples extremistas de palabra se transforman en subversivos y vándalos. Empiezan manchando paredes, luego monumentos, asesinan y secuestran en nombre de la lucha contra el sistema, terminan desbaratando al país, llegan al poder, y como no entienden cómo administrar, porque lo único que saben hacer es convulsionar, fracasan en sus gobiernos en el tiempo, enfrascándose en transformar por el solo hecho de cambiar, y mientras gobiernan siguen con el mismo patrón de lucha permanente, nunca asientan cabeza, nunca maduran, son los eternos jóvenes rebeldes que a todo pulmón bailan en las discotecas pero no saben cómo ganarse la vida sudando en el mundo real y como buenos adolescentes siempre andan en la búsqueda de algún abuelo, tío o papá a quien pedirle mesada para seguir bailando.

Ese extremismo nocivo nos llevó a la sangrienta guerra en los ochenta. De la misma manera que toda moneda tiene dos lados, todo extremismo tiene su contrapartida, y por lo tanto, viendo la actual realidad salvadoreña peligra que en el corto plazo surjan extremistas del otro bando que ya se manifiesta. Si en lugar de dialogar, el extremismo se emborracha en gritar, seguramente el otro lado empezará igualmente a gritar, luego vienen los golpes, las campañas sucias, y en un abrir y cerrar de ojos, los extremistas se están tirando más que piedras, y los golpeados son siempre los de en medio, y preocupa que este círculo vicioso que ya nos ha atormentado en el pasado se ponga de nuevo en marcha.

Quienes nos consideramos como una generación post los Acuerdos de Paz, que nos regimos ya no por lo que pasó en la guerra, sino por lo que pasa en el presente, debemos luchar porque la política de El Salvador no sea una política de extremos. El esfuerzo debe ser que el diálogo, la moderación y la concertación sean el norte de los diferentes actores de la derecha, izquierda y centro del país, así como de la población en general, esto, luego de evaluar si estos términos todavía deben existir, porque en el fondo este país urge comprender que se debe pensar global y actuar local, lo que se debe traducir en tener como referente ideológico la “ideología de las soluciones”, es decir, adecuarse a la realidad de las necesidades de los pueblos, pero que debe estar fundamentada en un irrestricto respeto a la libertad, a la cultura del emprendedurismo, al respeto del individuo y al ansiado estado previsible de Derecho.

El “ismo” no superado en El Salvador

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