Escrito por Geovani Galeas.20 de Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.
En situaciones de franca polarización política, como ha sido el caso nuestro, las batallas electorales se definen por la suma del centro a uno de los extremos. Pero una vez establecida la alianza y obtenido algún resultado favorable, lo normal es que el centro termine diluyéndose o siendo arrastrado hacia la radicalización. Esto es lo que ha ocurrido cuando demócratas cristianos, social demócratas y otros sectores patrióticos y progresistas se han inclinado hacia uno u otro bando.
Lo excepcional es que sea el centro el que termine por moderar de modo sustantivo, si no la naturaleza del extremo al que se asoció, al menos el proyecto político asumido en conjunto. Esto último es lo que está pasando en nuestro país para amargo desconcierto de algunos y para sorpresa de todos. “El día en que Mauricio Funes ganó las elecciones presidenciales, el FMLN perdió el gobierno”, ha dicho con sobrada razón Dagoberto Gutiérrez. Porque aunque el FMLN se autoproclame como partido en el gobierno, lo cierto es que no ha tenido la capacidad de incidir en el rumbo fijado por el Ejecutivo.
Esto último es más que evidente en materia de política económica y de alineamiento internacional, por ejemplo, y se concreta en la manifiesta decisión presidencial de quitarse la camiseta partidaria y convocar a la unidad nacional, por mucho que esa convocatoria no encuentre aún una respuesta o una expresión definida. Es por eso que los temores más agudos por una posible deriva hacia el chavismo se han disipado, por lo menos en lo que concierne a la determinación de la jefatura del Estado.
Hace poco, cuando un diputado del FMLN tuvo la ocurrencia de afirmar, en una plenaria legislativa, que el socialismo del siglo XXI ya se estaba construyendo en el país y que ni cuenta nos habíamos dado, la respuesta del presidente Funes fue tajante al advertir que eso solo ocurría en la cabeza del legislador en cuestión. Respecto a ese punto específico, que en el pasado reciente provocó tantas ansiedades, las cuentas no pueden estar más claras. Y todos sabemos que no se trata de un asunto de poca monta.
Así las cosas, en este nuevo escenario signado por la doble crisis financiera nacional e internacional, los problemas podrán seguir siendo muchos y graves, pero son de ese tipo de problemas de la democracia que se resuelven con más democracia. Una cosa es la lentitud en el avance y otra cosa es el franco retroceso. En este plano la insuficiencia no equivale a la carencia. Confundir ambos términos, en el esfuerzo por la preservación de la libertad y la democracia, puede ser una tentación táctica pero constituye un error estratégico.
Para los demócratas, en estas condiciones tan particulares e inesperadas, el punto no está en hacer pagar al FMLN las facturas por los problemas de un gobierno en el que ciertamente no incide, y en el que de facto se está viendo obligado a pasar a la oposición en un proceso inevitablemente divisivo. El punto está en evidenciar por completo la inoperancia de su radicalidad, su condición de obstáculo para el desarrollo en tanto su agenda sea regida por una ideología anacrónica, clasista y totalitaria.
Ahora el protagonismo político empieza a transitar desde los polos hacia el centro, perfilando a la moderación como el nuevo punto de encuentro de la mayoría. Desde esta perspectiva, que coloca la noción de reforma por sobre las veleidades revolucionarias y reaccionarias, las fuerzas partidarias y los liderazgos que no se orienten en esa dirección centrista tenderán a debilitarse. De hecho, ya se vislumbran algunos reacomodos en los que los moderados y los radicales de ambos bandos se reagrupan y trazan sus respectivas fronteras divisorias.
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