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2010/07/08

LPG-Editorial-Nuestra juventud necesita formación y disciplina

 Desde la primera infancia, los seres humanos necesitan que se les estructure el sentido del esfuerzo, la práctica de la virtud, el concepto activo del bien y la solidaridad, el tejido mental de la disciplina, entre otros principios.

Escrito por Editorial. 08 Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.

 

La guerra utilizó a niños y jóvenes para sus tareas destructivas; y la posguerra los utiliza como instrumentos para el delito. Desde hace tiempos, pues, la niñez y la juventud del país vienen siendo maltratadas por la realidad imperante, y ahora no es de extrañar que estemos ante un problema de enormes proporciones, frente al que nadie parece tener formas adecuadas de tratamiento y menos de solución. Dados los efectos trágicos que se ven cotidianamente en el ambiente, se ha pasado de la indiferencia al desconcierto, y de éste a la angustia. Pero lo que necesitamos es buscar y encontrar fórmulas efectivas, que atiendan dos reclamos a la vez: el de la realidad que golpea a la ciudadanía y el de la realidad que victimiza a niños y jóvenes, volviéndolos víctimas o victimarios.

Desde luego, como hemos dicho tantas veces y seguiremos diciendo, un régimen nacional de oportunidades es requisito básico para dar a niños y jóvenes una opción real de futuro. Oportunidades suficientes y territorializadas, que no sean planteadas como cursitos o diversiones de fin de semana, sino como rutas abiertas para la verdadera formación. ¿Por qué esto no se ha hecho y por qué no se hace? Es la pregunta del millón en este campo.

Pero hay que tener presente que no hay formación sin disciplina. Todo ese “alcahueterismo” derivado de una concepción plañidera de los “derechos del niño”, lejos de ayudar, estorba. Desde la primera infancia, los seres humanos necesitan que se les estructure el sentido del esfuerzo, la práctica de la virtud, el concepto activo del bien y la solidaridad, el tejido mental de la disciplina, entre otros principios. La familia, la escuela y la sociedad deben responder por ello, de manera comprometida y responsable.

El Estado debe dar el ejemplo

Uno de los factores que más inciden en el desajuste de conducta que vivimos es, sin duda, el modo de ser y de proceder del Estado; es decir, de aquéllos que conducen, desde distintas posiciones y áreas de trabajo, la actividad pública. Entre la ciudadanía hay escasísima confianza en el actuar institucional, y eso es un obstáculo serio para cualquier intento de recomposición moral que se quiera emprender, sobre todo a la luz de las alarmantes condiciones que vivimos.

Un Estado verdaderamente ejemplar sería el mejor inductor del buen comportamiento ciudadano. Y un movimiento convincente y sustantivo en esa línea no se ve por ninguna parte. Todavía estamos regidos por aquel criterio perverso, que en el ambiente se ha vuelto muestra de “viveza”: “Corrijan todo lo que quieran, menos aquello que sirve a mis intereses”. Y esta “filosofía” se puede percibir detrás de muchas decisiones públicas y también de muchas indecisiones públicas.

En el país estamos necesitando una reforma moral, que vaya al fondo de casi todas las prácticas imperantes en nuestro sistema de vida. No una moralización de barniz, sino una recomposición depuradora de las bases de la conducta tanto estatal como social. Y esto tendría que partir de una toma de conciencia regenerativa, que abarque y mueva a los distintos sectores de la vida nacional. Si esto no se hace a tiempo y con la debida diligencia, continuaremos viendo consecuencias cada vez peores.

Nuestra juventud necesita formación y disciplina

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