Escrito por Ivo Príamo Alvarenga.21 de Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.
El hacinamiento en las prisiones es el peor drama que conglomerado humano alguno pueda sufrir en El Salvador. Solamente en bartolinas de la PNC hay condiciones más semejantes a lo que uno imagina son ciertos castigos en el infierno.
El piso es asqueroso. Lo cubre todo tipo de inmundicias, incluyendo heces que se esparcen donde yacen por el suelo los detenidos, si es que logran tenderse, porque el lleno puede obligar a que todos permanezcan en pie, turnándose por grupos para poder acurrucarse.
Las enfermedades y plagas contagiosas, como la sarna o los piojos, proliferan inclementemente, sin que existan medicinas. Las misiones cristianas que tienen servicio de bartolinas son las únicas que proveen las benditas pomadas y lociones. Proporcionan asimismo la Palabra de Dios, un consuelo en semejantes condiciones que lleva a criminales feroces y empedernidos a aceptar a Jesucristo como su único y suficiente salvador.
La pestilencia provoca vómitos a defensores, fiscales o parientes que visitan el antro, a menos que sus condiciones por razones circunstanciales sean poco menos pésimas. Si hay espacio, los prisioneros se sientan en bancas alineadas a la pared, a las cuales permanecen esposados. El calor puede ser de horno y los reos se echan agua unos a otros, de la que les proveen los carceleros, que suelen bañarlos a manguerazos.
Abundan quienes viven en situación de miseria extrema, cubriéndose con plástico de las inclemencias del clima. Sus necesidades y condiciones se parecen a las de las cárceles. Pero disfrutan del bien más grande de que dispone un ser humano: la libertad. Mientras se tenga esta y la cercanía con Dios, las cosas pueden solucionarse.
El hacinamiento en las cárceles no es nuevo. Viene desde cuando en lo que hoy es la zona metropolitana existía solo la penitenciaría central: los hombres se sentaban en el suelo espalda con espalda, hombro con hombro. Igual ocurría en otros penales del interior. La diferencia con la actualidad está en que con el aumento de población y la creciente complejidad de la delincuencia, la población reclusa ha crecido a un ritmo superior a cualquier esfuerzo que el Estado pueda hacer para conservar su paso.
Los grandes males necesitan grandes remedios. Para situaciones incontrolables con herramientas usuales, se impone generar con imaginación y creatividad nuevos instrumentos, soluciones novedosas.
Varias veces he sugerido la posibilidad de crear centros de detención privados. Tengo la impresión de que se han experimentado o se están experimentando en algunos países. Aunque desconozco los detalles del funcionamiento, no cuesta imaginarlos. Por ejemplo, funcionarían solo para los procesados, no los condenados, aunque podrían incluirse en determinadas condiciones.
La adaptación de edificios sería relativamente fácil. La rentabilidad de la empresa es igualmente concebible.
Cambiando radicalmente de tema, felicito al Dr. Belarmino Jaime por el año cumplido como presidente de la Corte Suprema de Justicia. La dignidad que debe proyectar el cargo ha tenido un giro de 180 grados. Lamentablemente, se ha perdido tiempo en cuestiones talvez no de fondo o en disputas internas. Pero en general, la presidencia del alto organismo de justicia ha dado un gran salto hacia arriba y adelante.
Deseo agradecer públicamente también a los tradicionales benefactores de la Fundación Solidaria pro Niñez y Juventud, que beneficia a 120 niños y 25 adultos, y es presido en Berlín. Merece especial mención el licenciado Ricardo Candray, director de Feed the Children, que nos ha donado dos sillas de rueda eléctricas, cuyo valor excede de $5,000.
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