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2010/03/13

LPG-Políticas de fracaso y el cambio

 Escrito por Carlos G. Romero.13 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica. 

La actitud del anglo-sajón ante el “fracaso” ha sido siempre una paradoja digna de un análisis imparcial y serio que inevitablemente concluye con expresiones de admiración y respeto. Winston Churchill definía el éxito como “ir de fracaso en fracaso y terminar siempre con el mismo entusiasmo”. ¿De qué otra manera hubiera podido Sir Winston procesar exitosamente una empresa tan frustrante como la Segunda Guerra Mundial? Thomas Edison, inventor de la lámpara incandescente, llegó a los 10,000 intentos fallidos antes de lograr su meta, y con cada fracaso decía: “He descubierto una nueva forma de cómo no lograr el resultado esperado”.

En mi experiencia personal tuve el privilegio de trabajar para un CEO de gran visión, quien a su llegada a la corporación impuso un bien estructurado programa al cual llamó: “Se permite fracasar”. La premisa era que no existen fracasos, solo éxitos parciales que eventualmente llevan al triunfo. Pronto se evidenciaron los efectos laterales: incremento en la iniciativa personal, propensión a tomar riesgos, innovación en métodos y procedimientos, mejora en servicio al cliente, nuevos productos. El resultado más apreciado por los accionistas fue el mejorado rendimiento financiero y sus incrementos en el valor bursátil de la Corporación.

Esta actitud positiva ante el fracaso tiene una representación en la matemática: el simple método, usado en Operaciones de Investigación, el cual plantea que una problemática tiene una sola solución óptima, pero que para llegar a ella se necesitan varias iteraciones de soluciones interinas, ¿qué le parece? Matemática es la naturaleza.

En nuestro ámbito el fracaso conlleva un estigma negativo, con un calificativo de terminación fatal, el tratar y fallar es ser un fracasado; donde se premia el efímero éxito, una nota, y no la perseverancia y la trayectoria. Esta actitud inhibe la iniciativa, la innovación, la perseverancia, el tomar riesgos; nos vuelve ansiosos de resultados a corto plazo, nos hace víctimas del primer éxito (a defender el gol se ha dicho). Nuestros líderes fomentan esta actitud demandando resultados contra objetivos inalcanzables donde eventualmente el remplazar personal es la salida.

El señor presidente de la república nos dijo que no nos podemos dar el lujo de equivocarnos (errar, fallar, fracasar). Lo siento, señor presidente, al contrario, no nos podemos dar el lujo de no equivocarnos, de no fracasar, de no tratar.

La oposición, a las primeras de cambio, cita el “no poder equivocarnos”, como el no cumplieron, fracasaron; lo siento, señores, al contrario, demanden que se equivoquen, que fracasen, que se embarquen en la búsqueda de la solución óptima, que no se rindan.

Por favor, señor presidente, exíjales a sus funcionarios que se equivoquen, que fracasen, que fallen, que yerren; o visto como los sajones, que se atrevan, que traten, que perseveren, que la solución óptima es el resultado del tratar muchas veces.

Por favor, insístales, como alguien dijo, que somos seres creados para triunfar programados para fracasar; que el cambio es una ruta de muchas bifurcaciones, donde en cada una hay que parar, tomar aliento, tomar decisiones, y seguir; que el cambio es una aventura para disfrutar. Recuérdeles que los de galería siempre van a chiflar, hoy son unos mañana otros. Lo que menos necesitamos son funcionarios públicos inseguros, inertes, quejosos de la crítica; adictos a la planificación, alérgicos a la acción; temerosos de perder el puesto.

Contaban un chiste donde todo el pueblo se reunió y se fue a casa presidencial clamando: “Ya no queremos realidades, queremos promesas”. Hay que darle vuelta al chiste: no podemos darnos el lujo de no equivocarnos.

Políticas de fracaso y el cambio

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