Uno de los objetivos primordiales del presidente Funes es incrementar la inversión, meta que sólo es posible alcanzar con un buen servicio diplomático
Editorial.11 de Febrero. Tomado de El Diario de Hoy.
Los embajadores de la mayoría de las democracias son representantes del jefe de Estado, no del gobierno, del pueblo, de la "sociedad civil" o del partido oficial. Es regla que los ministerios de Relaciones Exteriores nombren al personal diplomático y en algunos casos también al consular, pero el embajador es un cargo cuya designación se reserva al Ejecutivo, aunque tenga que ratificarse por la legislatura de esa nación.
Hay mucha lógica en esto, especialmente si el Ejecutivo no dispone de mayoría en una legislatura o si el partido oficial es también partido de oposición, como está sucediendo en esta soleada tierra.
Mantener las buenas relaciones con los países vecinos, con los socios comerciales, con naciones líderes en lo cultural y lo político, con las grandes potencias y con quien le dé su real gana es privilegio del Poder Ejecutivo pero también una difícil y grande responsabilidad en el mundo globalizado de hoy.
El Ejecutivo queda mal cuando el Presidente está de visita en la Casa Blanca y su propio partido organiza marchas protestando por el tratado de libre comercio con Estados Unidos, como sucedió durante el encuentro Obama/Funes el lunes. Con una mano se hace una gestión para fortalecer los lazos entre dos países mientras con la otra se denuncian. El proceder equivale a una esquizofrenia política.
Es peor todavía si la agenda de uno o de varios embajadores la fija el partido oficial/oposición, no el Ejecutivo. Durante la crisis hondureña, gestada y mantenida por Chávez, el Ejecutivo salvadoreño no se pronunció por el gobierno interino al mismo tiempo que el partido de izquierda montó la genial maniobra para entregar a Zelaya vía "el asilo" en la Embajada de Brasil.
Dependemos de otros en el mundo actual
La norma de que hablamos es para independizar en la medida de lo posible las relaciones internacionales de los vaivenes políticos, lo que es muy importante cuando en cualquier momento se puede caer en una crisis de confianza. Un embajador no puede servir a dos amos, al partido que respaldó y logró su nombramiento, y a un Ejecutivo que, por motivos naturales, tiene que llevar la conducción del trato con otros países. Si los nombramientos no dependen del Ejecutivo, los embajadores reportan primero al partido y luego a la presidencia; eso se dio, como ejemplo, en Francia, cuando el Ejecutivo no contaba con mayoría parlamentaria y la diplomacia francesa se encontró con dobles directrices pese a que el servicio estaba en manos de funcionarios de carrera.
Que la diplomacia responda a una sola cabeza, que no esté sujeta a presiones políticas, que mantenga curso estable, es importante en la era de la globalización, cuando en todos los campos es imposible sustraerse de lo que sucede en el mundo. Los embajadores no sólo tienen que realizar su propia labor diplomática, sino que además servir de nexo, si la ocasión lo demanda, entre productores, exportadores y comerciantes de su país con los del país donde está destacado. Para cumplir con acierto esa misión, el diplomático debe tener fácil acceso a los que mueven las cosas en sus naciones. Mover las cosas es producir, defender uno o varios sectores, proteger el empleo que generan las empresas.
Uno de los objetivos primordiales del presidente Funes es incrementar la inversión, meta que sólo es posible alcanzar con un buen servicio diplomático.
elsalvador.com :.: No pueden los diplomáticos servir a dos amos a un tiempo
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