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2010/03/13

EDH-Incluir ¿por qué?

Escrito por Carlos Mayora Re. 13 de Marzo. Tomado de El Diario de Hoy. 

Se ha repetido con cierta frecuencia la frase atribuida a André Malraux (a veces a Karl Rahner): "El siglo XXI será religioso, o no será", con la que se intenta dejar establecido que el sentimiento religioso es inseparable de la humanidad.

Lo cierto es que la religión es tan connatural a nosotros, que parecería congénita. Por eso, por su inseparabilidad de la condición humana, para que el hombre deje de creer en un Absoluto distinto de sí mismo, haría falta que fuera refundado: que dejáramos de ser humanos y comenzásemos a ser una raza diferente.

Durante siglos hemos respondido a códigos morales relacionados con la religión. El mundo estuvo delimitado por fronteras religiosas. La cosmovisión estaba fundamentada en una perspectiva principalmente religiosa. Pero las cosas están cambiando.

La globalización de las comunicaciones, la facilidad para las migraciones, la apertura mental que supone poder captar el mundo en tiempo real, la expansión de los valores culturales, etc., ha motivado que las sociedades convivan de una manera distinta.

El cosmopolitismo que Kant vislumbró en el Siglo XVIII, y que de alguna manera ha hecho realidad la aspiración social sustentada por la democracia, más que en los derechos humanos, tiene en la ética filosófica y su intrínseca tolerancia, el aglutinante que, en nuestros días, la religión tiene difícil protagonizar.

La tolerancia, hija de las guerras de religión que devastaron Europa, es a su vez la madre de la democracia. Ha sido la única manera en que gentes de credos distintos pudieran y pueden sobrevivir sin caer en fundamentalismos, o ideologías religiosas que ponen a Dios como excusa para sus afanes de poder.

Sin embargo, el principal enemigo de la tolerancia no es ese fundamentalismo que provocó su nacimiento. El principal factor que banaliza o desmorona a una sociedad basada en la tolerancia y en la defensa de las libertades individuales, es el relativismo filosófico.

Un relativismo que postula que todas las opiniones son iguales, que todas las acciones humanas son igualmente valiosas (por el simple hecho de ser opiniones, por el único mérito de ser humanas), y que termina diluyendo la democracia en equilibrio de poder, o en totalitarismo puro y duro. Un relativismo que convierte a la tolerancia en papel mojado, incapaz de evitar la explotación de unos por otros, ni la imposición de las "verdades" de los más poderosos por encima de las "verdades" de los que tienen menos posibilidades económicas, propagandísticas, políticas o simplemente de fuerza bruta.

Es verdad: encontrar un mínimo de normas y valores comunes en una sociedad multicultural, hallar un factor común en un conglomerado producto de la mezcla de razas, culturas y cosmovisiones, no es tarea fácil. Pero el hecho de que no sea fácil no quiere decir que no sea posible. Hace siglos fue la religión, últimamente la democracia y el mercado; siempre fue y seguirá siendo la humanidad, la condición humana compartida.

¿Es que vivir juntos implica pensar igual? ¿Es que compartir pasado histórico nos obliga a incluir, o -–al menos-- a no excluir? ¿Es que podremos superar alguna vez el prejuicio que identifica la diversidad con la superioridad de quien compara?

Y la pregunta que más importa: ¿Qué valor o valores podrán sustentar un proyecto común? ¿Podrá la democracia? ¿Podrá el mercado? ¿La religión? ¿Una ética civil? ¿Quién podrá?

Nos jugamos mucho en las respuestas. Ponemos en riesgo el futuro inmediato. Me corrijo: ponemos seriamente en peligro el proyecto común que todos llamamos El Salvador. Pues, precisamente, la amenaza más grande a que una sociedad puede enfrentarse es la dispersión, adolecer de un tronco común tan importante, que pueda hacer valer a todos los demás valores.

elsalvador.com :.: Incluir ¿por qué?

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