Hace falta mucha más rigurosidad en la vinculación de metas, insumos y procesos, antes de que alguien pueda decir que tiene un verdadero plan de acción.
Escrito por Joaquín Samayoa.07 de Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Por imperativo de subsistencia y con sensación de impotencia, los salvadoreños hemos tenido que acostumbrarnos a vivir las rutinas cotidianas ignorando los niveles espeluznantes de violencia a los que las maras nos han sometido. A pesar de ello, lo de Mejicanos resultó ser demasiado.
La indignación y el temor de toda la sociedad han provocado un flujo vigoroso de propuestas y reclamos a las autoridades. No hay mal que por bien no venga. Parece que, por fin, empezamos a entender que la amenaza es demasiado grave y generalizada como para seguir con ese juego perverso de mutuas recriminaciones que atizaban enemistades entre quienes debieran ser aliados en el combate contra el crimen.
Siempre queda alguna gente atrapada en la confrontación política, pero afortunadamente cada vez son menos y ponen cada vez más en evidencia su poca sintonía con el resto de la sociedad. Lástima que los medios de comunicación les sigan cediendo espacios de opinión que serían mejor aprovechados por ciudadanos que realmente quieren y pueden aportar en la búsqueda de soluciones efectivas, lo cual, por supuesto, no solo no excluye sino que necesita la crítica lúcida y constructiva a las ideas que se están proponiendo.
En poco más de dos semanas desde las masacres en Mejicanos y la colonia Utila, se han pronunciado todos los partidos políticos y, por diversos medios, también una gran cantidad de ciudadanos. La presión ha obligado a reaccionar al presidente de la república, a quien debe reconocérsele una renovada actitud de compromiso y apertura en la presente coyuntura. La Asamblea Legislativa también se está haciendo cargo del bulto. Los únicos sectores del aparato estatal que todavía no muestran mucho interés o capacidad de iniciativa son el poder judicial y la fiscalía.
Abundan las propuestas sobre la mesa. Ahora la pregunta es qué hacemos con ellas, cómo las filtramos, con qué criterios decidimos cuáles de ellas son más factibles y pueden tener mayor impacto, cómo les construimos viabilidad política, jurídica y financiera; cómo las integramos en una estrategia coherente de Estado y en un plan integral de acción. Los políticos y los funcionarios de gobierno no suelen ser muy buenos haciendo esa clase de tareas. Por eso digo que esta es la hora de los ingenieros.
Imagínese usted cómo quedarían los edificios, las carreteras, los aviones, los puentes, las máquinas industriales y tantas otras cosas si los ingenieros no tuvieran ingenio para resolver sus problemas, si planificaran y ejecutaran sus obras con la misma vaguedad con la que suelen pensarse las soluciones a los problemas sociales. Claro, los ingenieros trabajan con materiales y vectores que pueden medirse con exactitud y no tienen que prestar atención a las opiniones de gente que no sabe nada de ingeniería.
Esas y otras ventajas jamás podrán tenerlas los políticos, pero conseguirían resultados mucho mejores si se hicieran ayudar por profesionales que tienen la mente disciplinada para definir metas con claridad, anticipar dificultades y prever cómo han de solventarse, asegurar el financiamiento y planificar la secuencia lógica de las etapas de una obra, etc. Para no seguir en las mismas, los legisladores y los más altos funcionarios de todas las instituciones que tienen responsabilidad frente al problema de seguridad tendrán que hacer esfuerzos muy superiores a los que habitualmente realizan. El voluntarismo no nos llevará muy lejos. La Biblia, tampoco.
Hace falta mucha más rigurosidad en la vinculación de metas, insumos y procesos, antes de que alguien pueda decir que tiene un verdadero plan de acción. Generalmente los funcionarios públicos creen que tienen un plan cuando lo único que tienen es un montón de ideas de muy distinto valor en términos de eficacia y factibilidad. Ese es el principal problema de todos los mal llamados planes de gobierno y sigue siendo el problema concretamente del plan de seguridad.
Hace falta, además, pensar fuera de la caja. El problema de los recursos, por ejemplo, no debe resolverse únicamente mediante impuestos adicionales, sino también asignándolos donde puedan tener más impacto y eliminando o postergando todo gasto que no sea estrictamente necesario.
Un poco de razonamiento científico no les caería nada mal a los que defienden teorías gruesamente contradictorias con las evidencias que se tienen sobre la violencia en nuestra sociedad, ni a quienes en vez de definir los problemas con claridad los envuelven en garabatos y nebulosas ideológicas, ni a aquellos que piensan que el sexto piso puede construirse antes que el quinto, o que el crimen se puede combatir igual aquí que en Finlandia.
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