La naturaleza de nuestra problemática hace más imperativo que nunca que las fuerzas políticas se comprometan en serio a ganar la confianza ciudadana, y no como simples maquinarias electorales, sino como entes capaces de liderar la evolución nacional.
Escrito por Editorial.05 de Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.
En una época como la nuestra, tan proclive a las confusiones, tanto en el país como en el mundo, uno esperaría que la orientación del rumbo viniera de aquellas fuerzas que se han autoproclamado conductoras del país, es decir, los partidos políticos; pero la paradoja presente consiste en que dichas fuerzas, lejos de estar en la vanguardia, se vienen enconchando en sus respectivas retaguardias anquilosadas, ideológicas y de liderazgo. Y lo más curioso es que en el ambiente se habla de casi todo, pero no se menciona esta realidad del esquema político, pues la retórica imperante agita otro tipo de ruidos.
Con la política en retaguardia y los efectos de la crisis a la vanguardia, el manejo de la situación nacional se ha ido volviendo cada vez más complicado. El ciudadano es hoy más crítico, tiene más información disponible y va, como nunca antes, a la búsqueda de soluciones a los problemas que directa o indirectamente le afectan; y esto contrasta con la falta de creatividad de los políticos, que hoy parecen más desorientados que nunca. En este escenario, no hay mensajes convincentes, ofertas imaginativas, perspectivas claras ni liderazgos inspiradores.
La naturaleza de nuestra problemática hace más imperativo que nunca que las fuerzas políticas se comprometan en serio a ganar la confianza ciudadana, y no como simples maquinarias electorales, sino como entes capaces de liderar la evolución nacional. Si esto no se da, se corre el gravísimo riesgo del debilitamiento estructural del sistema de partidos, con lo cual quedaríamos expuestos a cualquier aventura oportunista, como se ha visto en otros países del entorno latinoamericano. Cuidar dicho sistema es responsabilidad principal de los partidos mismos.
Animarse a la creatividad
Cuando se habla de creatividad casi siempre se hace referencia a lo que ocurre en el ámbito de la actividad personal o productiva; pero en realidad el impulso creativo debe ser aplicado a todo, incluyendo desde luego las distintas expresiones de la institucionalidad, tanto nacional como internacional. En este último campo, resulta a todas luces evidente que los organismos internacionales tradicionales, políticos y financieros. ya no responden a las necesidades del presente: requieren, todos ellos, reconversiones y replanteamientos que los pongan en la línea del futuro.
En el orden nacional, el ejemplo de la creatividad institucional debería partir del sistema político, donde persisten tantos lastres y taras del pasado. En ese sentido, emprender en serio el camino con una iniciativa como la de estructurar y aprobar una auténtica y suficiente normativa para los partidos políticos sería un gran paso hacia adelante. Los partidos tienen que entrar en una dinámica que a la vez los ordene y los estimule, y ya no estar en las mismas: al vaivén de los intereses menudos del momento.
En nuestro ambiente hay gran necesidad de seguridad política, la cual, en la democracia, sólo puede surgir de una madurez competitiva en la que no haya espacio para los saltos en el vacío, para la inmovilidad antinatural ni para las aventuras fantasiosas. Esa madurez competitiva sólo puede quedar garantizada por la interacción de fuerzas políticas que estén a la altura de la función que les corresponde.
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