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2010/07/05

LPG-Editorial-Hay que pasar de la ansiedad a la disciplina

 Que el ambiente político está sobrecargado de ansiedades es un hecho que no se necesita declarar, porque se respira en el día a día de la realidad nacional.

Escrito por David Escobar Galindo.05 de Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.

 

Los partidos políticos, y sus representantes, así como los responsables superiores de las decisiones gubernamentales en las diversas áreas de la institucionalidad, lo evidencian en sus actitudes y en sus comportamientos cotidianos. El ejemplo más claro de esto se da en el ámbito de la seguridad, o más bien de la inseguridad que vivimos: ante los acontecimientos cada vez más dramáticos, las reacciones son crecientemente emocionales, cuando lo que se necesita es aplomo racional que induzca a la estructuración de estrategias que respondan de veras a los desafíos del crimen.

Esa sobrecarga de ansiedades tiende a ser más agobiante por la falta de comunicación, y, por consiguiente, de ventilación. Nuestra práctica política es tradicionalmente verticalista al máximo, y, por ende, enclaustradora al extremo. Los políticos y los gobernantes viven en una especie de torremarfilismo narcicista; es decir, hablando para oírse, no para comunicarse. La comunicación básica en la democracia se da entre los representantes y los representados; en otras palabras, entre el pueblo y los políticos y gobernantes, que lo representan. Y esa es la comunicación cuya falta más se hace sentir entre nosotros. Dicha falta no puede suplirse con la propaganda política, frente a la cual cada vez hay más anticuerpos justificados en el ambiente.

La ansiedad, como se sabe por experiencia acumulada en el tiempo, nunca es buena consejera, aunque sí puede ser buena propulsora de iniciativas, ya que casi siempre es aliada de la urgencia. En la situación nacional actual, la urgencia y la ansiedad van estrechamente tomadas de las manos. Los problemas apremian, la urgencia de hallarles rutas de solución se pone crítica, y hay dos formas de ansiedad convergentes en la cotidianidad, que no son iguales ni en naturaleza ni en expresión: la ansiedad ciudadana, que deriva de la inseguridad que se vive, y la ansiedad gubernamental, que se debe a la presión de responder con credibilidad y efectividad al flagelo imperante. Se da, pues, una sobrecarga emocional de alta intensidad, que quema fusibles al menor estímulo.

Después de pasar tanto tiempo en una especie de marasmo voluntario frente a los problemas que iban acumulándose, a ciencia y paciencia de los encargados de encararlos, ha venido haciéndose sentir la ola de las urgencias. Una ola que por instantes da más la impresión de ser un tsunami cronometrado por la realidad. Entre el oleaje bravo emergen las cabezas de las autoridades, que están obligadas al menos a flotar mientras las corrientes chocan contra los bordes rocosos del fenómeno real. Y así como hay dos formas de ansiedad concurrentes también hay dos formas de urgencia paralelas: la de la ciudadanía, que tiene a quién demandarle, que es la institucionalidad; y la de la institucionalidad que sólo puede demandarse a sí misma, y eso la pone más ansiosa.

Lo imperioso en este momento es encarrilar la ansiedad por los canales de la disciplina, a fin de ordenar y aprovechar energías, digerir y asimilar lecciones y producir resultados sustanciales y sostenibles. Sin disciplina todo se desperdicia, como debería ser ya más que evidente por lo que hemos sembrado y cosechado sobre todo en el curso de nuestra accidentada vivencia más reciente. Y tal disciplina, en lo social, en lo económico y en lo político, implica partir de dimensionamientos realistas de lo que hay que hacer y de lo que hay que rehacer, porque mucho de lo que falta tiene naturaleza correctiva. El mejor ejemplo de ello es la ya inaplazable necesidad de cambio en las estructuras, los mecanismos y los comportamientos públicos.

El Estado ha venido dando el mal ejemplo de la indisciplina, con un funcionamiento que no se detiene ante lo arbitrario ni se ocupa de lo sustancial. La disciplina en este campo debe partir del reconocimiento expreso que debe hacer el Estado de su función instrumental: en otras palabras, de que su justificación básica e insustituible es el servicio a los intereses de la ciudadanía, no al revés, como ha sido la práctica habitual en el país. Cuando esto se dé, tendremos un Estado en la saludable condición servicial que le corresponde, en vez de ser la caricatura imperial que hemos conocido a lo largo del tiempo. Esto tendría que estimular las otras disciplinas que el ambiente requiere para desplegar todas sus posibilidades evolutivas.

Hay que pasar de la ansiedad a la disciplina

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