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2010/07/08

EDH-Infierno en El Castillo

 Marvin Galeas.08 de Julio. Tomado de El Diario de Hoy.

El 1 de febrero de 1979 una fuerte explosión estremeció El Castillo, el mítico cuartel de la Policía Nacional. Varios agentes murieron y otros más resultaron gravemente heridos. El Ejército Revolucionario del Pueblo reivindicó el atentado. Este es el testimonio de lo que ese día ocurrió dentro del cuartel, tal como me lo envió la semana pasada un sobreviviente de aquel sangriento episodio.

En junio de 1978, siendo yo de 22 años y sub sargento del ejército, fui transferido de la Segunda Brigada de Infantería a la Policía Nacional, como miembro de una Unidad Elite.

Todos éramos comandos graduados en Panamá o en Gotera. En noviembre de ese mismo año nos transfirieron a El Castillo. Desde el momento en que llegamos sentíamos algo raro en el ambiente; como si algo terrible fuera a ocurrir. Era como una psicosis colectiva.

Nos pasamos diciembre en retenes y uno que otro enfrentamiento con comandos urbanos de las FPL y el ERP. Por todas partes sonaban bombas y balaceras. Teníamos a un compañero a quien le decíamos "Flor de caña", por ser bastante canoso. Tenía 32 años. Era el más viejo de nosotros. Recuerdo que su madrecita lo visitaba a diario y le dejaba comida.

Eran días de guerra. No descansábamos casi nada. Recuerdo que el 30 de enero vimos a "Flor de caña" arrodillado, pidiendo a Dios que lo protegiera. Los guerrilleros seguían matando policías en puestos de vigilancia. Los testigos decían que quienes disparaban eran unas muchachas bien bonitas, que parecían artistas pero que eran unas fieras en el combate. Se notaba que las admiraban.

El 31 de enero pusieron unas bombas en unos ministerios. Los de la unidad de explosivos fueron a desactivarlas y llevarlas a El Castillo, para analizarlas y destruirlas. Nosotros les habíamos prestado seguridad en los ministerios, mientras ellos trabajaban desactivando las bombas. Volvimos como a la media noche. El comandante nos dijo que nos fuéramos a dormir de inmediato porque el día siguiente tendríamos operativo.

Al día siguiente, luego de los ejercicios de la mañana, tuve una acalorada discusión con un compañero a quien yo le tenía aprecio. Como él era mi superior me puso a hacer pechadas. Después de hacerlas me paré y le dije que si me volvía a joder le iba a pegar un tiro. A punto estaba de darle un culatazo cuando apareció mi mayor Mauricio Staben y le puso fin al asunto, pero ordenó que me castigaran a mí.

Ese día por estar haciendo las flexiones de castigo, no fui a la planta baja a bañarme, como todos lo hacíamos siempre. De pronto a eso de las siete una gran explosión hizo temblar todo El Castillo. Una parte del piso de la unidad motorizada cayó sobre la unidad de explosivos y destruyó los baños que estaban a la par del almacén de bombas.

Mi reacción fue tomar el fusil y vestirme de inmediato. Escuché gritos, más explosiones y disparos. Una columna de humo negro se venía de abajo. Salí de la cuadra y vi a varios muertos y heridos en el piso. Otros gritaban que se habían metido los guerrilleros. Todo era muy confuso. Entonces vi venir un policía desnudo con la piel quemada.

Y entre lágrimas repetía "todos están muertos, menos yo". La piel se le caía a pedazos y tenía un ojo calcinado. Vi a varios compañeros agonizar. Bajé a la planta baja. Allí había decenas de cuerpos quemados. Una cocinera con las piernas amputadas gritaba del dolor. A otro agente, que era primo mío, lo encontré muy mal, con el cuerpo reventado y un golpe en la cabeza.

Me topé con "Flor de caña", quien antes de morir alcanzó a decirme "que le den todo el sueldo a mi madrecita". Entonces sentí un odio inmenso y por unos segundos recordé a mi madre. Los gritos me volvieron a la realidad. Me eché al hombro a mi primo y me lo llevé por el portón sur para buscar ayuda.

En una patrulla lo llevamos al Hospital Militar, donde se nos murió sin decir nada, pero como suplicando algo con los ojos casi apagados. Poco después fue la vela. Allí estaban mis compañeros en sus ataúdes. Vi a la mamá de "Flor de caña" como llorando sin lágrimas. Entonces sentí un fuerte abrazo por detrás y una voz que dijo: "Gracias a Dios que estás vivo". Era mi madre que por fin la habían dejado entrar a El Castillo.

elsalvador.com :.: Infierno en El Castillo

3 comentarios:

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