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2010/07/08

EDH-Editorial.

 Los delincuentes sacan sus armas cuando van a perpetrar una fechoría, pero los honrados las llevan la mayor parte del tiempo pues no pueden anticipar en qué momento van a ser agredidos

08 de Julio. Tomado de El Diario de Hoy.

 

Una de las más lustrosas ocurrencias presentadas en los últimos días a la Asamblea Legislativa es allanar las casas de personas que no hayan registrado sus armas a tiempo, parte del gran plan rojo de desarmar a los honrados.

Pero cercar La Campanera, el Tutunichapa, el Bajo Lempa, las barriadas de Soyapango y de San Martín no se contempla, pese a lo que toda la gente sabe: es en esos lugares donde se esconden armas de todo calibre, están las guaridas de mareros y de extorsionistas, hay acopio de droga, se comercia con objetos robados y se reciben las órdenes desde los presidios.

Ese mundo subterráneo y las rutas que emplean los más indeseables sujetos, lo describió con mucho detalle Mario Belloso, el que mató a dos agentes de la UMO en una emboscada que se montó frente a la Universidad de El Salvador.

Entrar con policías en la casa de un comerciante de telas o de un ejecutivo de agencia de viajes es muy fácil, aunque se aterrorice a la familia entera y al vecindario. Pero meterse en las barrancas que rodean la capital es otra cosa, pues hasta los policías, incluyendo a los de la nueva hornada, tienen miedo de hacerlo. Y cuando se deciden a ello no encuentran nada, ya que hay pajaritos cuyo canto pone en alerta a los hampones.

Los desarmes, por lo que desde ahora están anunciando, iniciarían con los honrados, con la gente de trabajo, con los que están bajo amenaza, con los que tienen que salir por la noche, con los pagadores, con los que por un motivo u otro, digamos estar de viaje, no lograron renovar sus licencias. Pero obviamente nada de esto aplica a los narcotraficantes (como ejemplifica el horror por el que pasa México), a los contrabandistas, a las bandas del crimen organizado.

Desarman y luego instalan la dictadura

Tomen nota: el desarme aplica en particular a los honrados.

Aplica a los honrados porque, como quedó al descubierto cuando Jonathan asesinó al joven Carlos Francisco Garay, un muchacho que estudiaba para ser chef y era un buen hijo y compañero, a los criminales les sobran recursos para atacar a los honrados. Usan cuchillos de mesa o de cocina, varillas de hierro, garrotes, trabucos, machetes, sogas, grandes piedras, granadas hechizas y otros instrumentos que a la gente de bien les es difícil imaginar. La policía decomisa los cuchillos y media hora más tarde el hampón tiene en sus manos cualquier cantidad de ellos. Y el honrado puede guardar un arma en el armario del dormitorio, mientras el facineroso las entierra o las reparte entre sus cómplices.

Y en adición a ello, los delincuentes sacan sus armas sólo cuando van a perpetrar una fechoría, mientras los honrados tienen que llevarlas la mayor parte del tiempo pues no pueden anticipar en qué momento van a ser agredidos.

No hay dictadura que no inicie desarmando a la gente, pues es la manera de asegurarse de que nadie opondrá resistencia y de que las bandas de matones al servicio del régimen van a perseguir sin piedad al que critique, se oponga o no se someta. Así está sucediendo en Venezuela y pasó en la Rusia comunista.

elsalvador.com :.:

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