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2010/07/05

EDH-Editorial-Quedan todavía en Berlín las cicatrices del Muro

 El Muro se desplomó al despachurrarse moral, institucional, política y económicamente el bloque socialista de naciones, el que para los rojos hispanoamericanos sigue siendo una presencia real

Editorial.06 de Julio. Tomado de El Diario de Hoy.

 

Por todo Berlín y en muchas ciudades y lugares de Alemania, se pueden ver las cicatrices de la desplomada "Cortina de Hierro" (así la bautizó Churchill) que convirtió el bloque comunista en un gigantesco campo de concentración. Atravesando parques, plazas, calles, aceras y hasta edificios se puede ver la franja donde estuvo el Muro, que más que Muro fue un corredor de la muerte, con alambradas, sirenas. áreas minadas y torres con guardias que disparaban sobre los prófugos.

Ese Muro se desplomó por sí solo al despachurrarse moral, institucional, política y económicamente el glorioso bloque socialista de naciones, el que para los rojos hispanoamericanos sigue siendo una presencia real aunque más bien es un estado mental, una sicopatía.

Situado sobre esa cicatrizada herida está el llamado "Museo del Muro", donde se recoge la parte más importante de su historia y algunos artefactos utilizados para escapar de la prisión, junto con fotografías y placas con los nombres de personas asesinadas al intentar fugarse.

Se pueden ver pequeños dirigibles, submarinos para meter un par de personas y que atravesaron lagos, máquinas voladoras, cables usados para deslizarse sobre la muralla, automóviles en que los asientos cubrían a una persona acurrucada. Algunos de los artefactos asemejan las naves con las que los cubanos intentan cruzar el estrecho entre la isla de la infamia y las costas de Estados Unidos. Lo triste es que la mayoría de los intentos terminaron con la muerte o la captura de infelices personas.

En las escuelas del bloque comunista se decía a los niños que el Muro estaba allí para evitar que el paraíso socialista fuera invadido por las hambrientas masas del Oeste, ávidas por robar parte de la bonanza. Pero el engaño duraba muy poco, el tiempo que toma a un niño convertirse en adolescente y averiguar por su cuenta la verdad.

Les tomó tiempo acostumbrarse a la luz

La propaganda, lo diremos en un paréntesis, no evitó que la noche del 22 de noviembre de 1989 una multitud de los súbditos rojos cruzara la línea que la separaba de Berlín Occidental. Una serie de incidentes, incluyendo la invasión de alemanes orientales a embajadas del bloque comunista (pero menos comunista, por decirlo) fue creando las condiciones para que esa estelar noche los alemanes occidentales, con almádanas y taladros y lo que tenían a mano, echaran abajo el Muro. Y contrario a la propaganda, un gigantesco gentío se había agolpado del lado comunista para cruzar tan pronto fuera posible.

Al colapsar el Muro, toda la pobreza, el desastre económico, la miseria espiritual y la desesperanza en que vivían los alemanes del Este, como también vivían polacos, búlgaros, rumanos, checos, húngaros y los pueblos de detrás de la Cortina de Hierro, quedó al descubierto. El paraíso socialista era un enorme y cruel engaño, la fachada que escondía regímenes brutales.

Quien esto escribe hizo un viaje por los antiguos territorios de la Alemania comunista poco después de la liberación, constatando, "con sus propios ojos", que la realidad era todavía peor de lo que se decía, comenzando por la gente que caminaba como autómata por las calles.

Autómatas porque tenían miedo de pensar, miedo de lo que podía sucederles de convertirse en sospechosos, miedo de la presencia permanente de los espías del régimen. Les tomó más de un lustro acostumbrarse a la luz, a ser libres.

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