Orlando de Sola W.07 de Julio. Tomado de Diario Co Latino.
Hace años, Isaac Adizes nos enseñó que el poder tiene varias formas, o expresiones, entre las que están la influencia y la autoridad. El poder es la fuerza que se distingue de la violencia por ser legítima y por estar acompañada de autoridad e influencia. Su concurrencia es imprescindible para el buen gobierno de cualquier conglomerado humano.
La conjunción de esas tres formas de poder es necesaria para la conducción justa, respetuosa y liberadora de las personas, siendo su resultado el bienestar, o desarrollo de las mismas.
Entendemos por desarrollo, no sólo la parte física, o material, sino también la intelectual y, especialmente, la sentimental, o emocional.
La visita de Adizes nos hizo pensar en la necesidad de promover esa conjunción de formas de poder, cuyas raíces son la verdad, la justicia y la ética. Pero ha sucedido lo contrario.
La marginación socio-cultural, señalada como uno de nuestros problemas principales por la Comisión Nacional de Desarrollo, como la pobreza estructural y la forma viciada de hacer política, han empeorado desde que el Presidente Calderón Sol concluyó su mandato. Y el Concejo Económico y Social que promueve el Presidente Funes parece encaminarse por el mismo rumbo, quedando nosotros, los salvadoreños comunes, para supervisar el ejercicio correcto del poder, la autoridad y la influencia.
A raíz de la publicación de unas fotografías sobre el asesinato de un joven por otro, fotografías de la crisis de poder, se ha desatado un debate entre dos de sus expresiones. La primera representada por las empresas mediáticas y la segunda por el poder judicial.
No se trata de una simple fotografía, o de una pequeña multa impuesta al presidente de un periódico, sino de la lucha entre dos formas de poder, que necesitan encontrarse y armonizar con la tercera forma, la autoridad moral. De lo contrario, seguiremos en el caos, hasta que los líderes, o representantes de esas formas de poder se pongan de acuerdo sobre la verdad, la justicia y la libertad.
Hay que hacer parir la verdad, decía Sócrates, hace 25 siglos. Por ello necesitamos dialogar con sinceridad, sin demagogia, involucrando a cada uno de los salvadoreños con capacidad para discernir.
Nuestro diálogo nacional debe trascender las urnas y papeletas electoreras, que son importantes para los partidos, pero no tan importantes para los ciudadanos con razón y voluntad. No podemos delegar todas nuestras facultades a otros. Debemos ejercerlas con autoridad moral, exigiendo lo mismo a los funcionarios en el estado y a los empresarios en el mercado, incluyendo los que se dedican a la influencia, o persuasión.
El poder, la autoridad y la influencia dejan de funcionar cuando prevalecen la falsedad, la injusticia y la servidumbre. Eso ha sido así durante toda la experiencia humana, en todas sus formas y conglomerados.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, hubo un conflicto entre los estados nacionales y la Iglesia Católica. En ésa época, uno de los temas era la infalibilidad del Papa, por lo que un historiador británico acuñó la frase “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Se llamaba Lord Acton.
El conflicto entre el estado y la iglesia fue superado cuando ambos acordaron “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pero la historia se repite, ésta vez entre el estado y el mercado, cuyo origen común es la gente.
El estado y el mercado somos todos, no solo los burócratas y los empresarios. Todos los humanos actuamos en el estado y en el mercado, dependiendo de nuestros propósitos, condiciones y circunstancias.
El estado es el pueblo, su gobierno y territorio, mientras que el mercado es la demanda y la oferta, nuestras necesidades y posibilidades.
Nuestras necesidades, dada nuestra enorme imaginación, son ilimitadas, mientras que las posibilidades son limitadas, puesto que “querer no es poder”. Por ello la economía, que viene de “oikos”, u hogar, en griego.
El papel de los empresarios no es tan grande como se pretende. Es mucho más importante el papel d e los usuarios, o consumidores, que además somos contribuyentes y ciudadanos.
No se puede separar al consumidor del contribuyente y del ciudadano, porque somos el mismo, como tampoco podemos separar al empresario de su misión, que es satisfacer necesidades, no exagerarlas con publicidad.
Eso mismo sucede en la política, donde los servicios públicos, incluida la administración de justicia, son confundidos por la propaganda, o demagogia, que retuerce la voluntad del usuario, consumidor y votante.
El estado no es superior o inferior al mercado. Ambos son importantes y tienen su función, que es satisfacer necesidades, públicas y privadas. Pero, ¿Cuáles son las públicas y cuales las privadas? He allí al dilema, que se resuelve cuando recordamos que el interés público prevalece sobre el interés individual, pero no sobre los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad.
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