Escrito por Ricardo Trotti.22 de Julio. Tomado de La Prensa Gráfica.
Los métodos de propaganda de algunos gobiernos populistas latinoamericanos no difieren mucho de los del pasado nazista, comunista o fascista; talvez son más sutiles pero conllevan la misma intención: desacreditar y neutralizar al adversario, al tiempo de halagar y manipular a las mayorías a cambio de su apoyo y obediencia debida.
Los gobiernos de Argentina, Ecuador y Venezuela, tienen una maquinaria propagandística bien aceitada para estos propósitos, y al igual que los regímenes autoritarios de otrora, coinciden en su intención de domesticar o destruir a la disidencia y, en especial, a la prensa independiente, a la que consideran de oposición.
El presidente ecuatoriano Rafael Correa puso a prueba esta estrategia jugando su propia Copa del Mundo. En los horarios de mayor sintonía durante el Mundial, gastó una millonada en una campaña de propaganda televisiva bajo el lema “La libertad de expresión ya es de todos; la revolución ciudadana está en marcha”, acusando a los medios de mentir, fomentar la violencia, desestabilizar al gobierno y ejercer el periodismo con el único fin de ganar dinero.
Con un estilo cínico, Correa siempre asume una postura de confrontación con los medios tratando de restarles credibilidad y blindándose ante denuncias e investigaciones sobre corrupción que la prensa está obligada a formular. Así como el gobierno argentino, como férreo impulsor de una Ley de Comunicación que dará al Estado amplios poderes sobre los medios, Correa se desnuda, mostrando su aversión al periodismo y la crítica libres.
En Argentina el gobierno del matrimonio Kirchner es más directo y a la hora de confrontar con la prensa, incentivó “juicios éticos” en las plazas, para incriminar a periodistas por golpistas y desestabilizadores.
Cada vez que se denuncian actos de corrupción, los medios sufren ataques, y sus periodistas son espiados y los familiares perseguidos. El escándalo sobre la “embajada paralela” entre Buenos Aires y Caracas con la que se escondían negociados y sobornos desembocó en la renuncia del canciller Jorge Taiana, a quien la presidenta Cristina de Kirchner le recriminó ser el único funcionario al que “la prensa no le pega”.
En Ecuador, Argentina y Venezuela, no estar en el halo protector del gobierno implica ser vulnerable a vejámenes y discriminación. El directivo de Globovisión, Guillermo Zuloaga, salió del país para evitar el “enjuiciamiento” del presidente Hugo Chávez, quien lo acusó de desestabilizar la democracia; señaló la cárcel en la que lo hospedaría, anunció que expropiaría Globovisión; sin la intervención de jueces, lo que demuestra procesos indebidos y justicia sin independencia.
El problema es que a veces, los medios suelen actuar en forma contestataria y se olvidan de hacer periodismo, convirtiéndose en actores políticos o simples propaladores de opiniones y denuncias, exponiéndose en la arena como oposición o adversarios partidarios, como también sucedió en Guatemala a principios de este mes, cuando el presidente Álvaro Colom acusó a periodistas, en espacios pagados, de atentar contra la democracia.
Pero aún así, esa actitud poco cuidada de muchos medios no debería servirle de justificativo a los gobiernos para descalificarlos, ya que su deber natural en democracia es protegerlos. Cuando no existe esa protección de la libertad de prensa, lo que el público no comprende es que tarde o temprano se empiezan a reducir los demás espacios de libertad.
La mejor contribución de los medios para desenmascarar el autoritarismo gubernamental no es replicar opiniones o manejar los mismos hilos de la propaganda política, sino hacer lo que mejor hacen: buen periodismo; es fiscalizar mediante la investigación, corroborar hechos, denunciar la corrupción, y desafiar al gobierno con sus posturas editoriales.
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