Escrito por Rigoberto Chinchilla. 16 de Julio. Tomado de La Página.
“Qué bueno, de El Salvador”. Inmediatamente se generó un estruendo de aplausos uniformes que se elevaron su volumen en mayor decibeles hasta estallar en un solo grito que coreaba ¡El Salvador, El Salvador, El Salvador…! De repente el público se puso de pie, el cubano Silvio Rodríguez fue menguando esos gritos diciendo: “parece… parece… que la comunidad salvadoreña también está presente esta noche, bendito El Salvador que se merece la paz…” y nuevamente estallaron en aplausos.
Las lágrimas acariciaron las mejillas, todo era un revolú de gritos y aplausos, los rostros se dirigían unos a otros, se observaron abrazos… pero el trovador hace algo más espectacular; toma su guitarra, y canta… “El tiempo está a favor de los pequeños, de los desnudos, de los olvidados. El tiempo está a favor de buenos sueños y se pronuncia a golpes apurados, El Salvador y el tiempo, la suma del coraje, se han convertido en el sol violento y han emprendido un claro viaje”. Fue la noche del 22 de septiembre de 1991, en el Palacio de los Deportes de la capital mexicana.
Todo comenzó por la mañana, cuando un grupo de estudiantes de periodismo de la Universidad Autónoma de Puebla caminábamos sobre una de las principales calles del Distrito Federal, en la esquina sur de la plaza Tlatelolco, en el centro histórico de la ciudad mexicana, con el afanoso interés de colocar una ofrenda floral en el lugar exacto donde ocurrió la masacre de estudiantes de 1968.
Era el año previo a la firma de los Acuerdos de Paz. Esa tarde los instructores académicos nos habían programado una visita a los estudios de San Ángel, Televisa. Pero la historia nos brindó un giro sorprendente: en la esquina de Tlatelolco un voceador de periódicos gritaba: “Silvio Rodríguez, hoy en concierto”.
Nuestro desprecio a Televisa fue inmediato, al voltearnos a ver entre nosotros. Tomamos el metro e iniciamos nuestra locura colectiva de comprar los boletos para esa noche, ¡Silvio Rodríguez, no chingues tenemos que estar presentes en ese concierto!
Por la noche y con buen tiempo nos fuimos a hacer fila para el ingreso, se me ocurrió facilitar nuestra entrada mostrando la credencial de prensa, que tenía de la legendaria y hoy desaparecida YSAX “La voz panamericana” pero no fue necesario pues el orden de la organización del concierto facilitó todo.
Pero la audacia era encontrar el acceso de los periodistas hacia la duela del Palacio de los Deportes. Acercándome al lugar escuché otro estruendo de los aplausos, me percaté que el concierto estaba por iniciar, observo a una “güera” discutiendo con un fotógrafo, de la revista Hit Parade de México, observo que portaba un excelente equipo fotográfico acompañado de una la legendaria Nikon AE 1.
Traté de llamar la atención de ellos pero “no me pelaron” no fue hasta que un edecán se acercó y me dice: ¿dime? Le respondí: Oye será que puedo ingresar, soy periodista pero no me acredité soy de El Salvador.
Apenas terminé de decirle esto cuando fui interrumpido nuevamente por los gritos del interior del recinto que se intensificaban cada vez más, se escuchan consignas a favor del pueblo cubano, se rechaza el bloqueo, se afinan las gargantas, el público canta a capela la letra de la canción “Ojalá”… acá afuera ya casi no hay nadie, observo que el tipo de la cámara fotográfica discute molesto con la güera, él grita, ella le responde aun más molesta, de pronto la edecán con quien conversé, se le acerca, no escucho lo que le dice, ella solo gira su cabeza, me mira y comienza a caminar hacia adentro.
La edecán se acerca comienza a decirme algo, pero no escucho… los gritos aumentan, ella dice algo nuevamente pero no entiendo luego me grita “dice que entrés pendejo, andaleeeeé te está esperando”.
Adentro, Afrocuba inicia los acordes de las primeras canciones, interpretan nueve minutos de partituras musicales, hacen una mezcla de introducciones, las luces son manipuladas profesionalmente, una luz cenit alumbra el desocupado banco del cantante, de pronto las luces se apagan en su totalidad, por diez segundos no se ve nada, miles de encendedores y chisperos intermitentemente alumbran las graderías, de pronto la luz vertical se enciende y el cantante ya está ahí, sólo con su guitarra rasgándola e inicia la canción venga la esperanza.
Luego vino Rabo de nubes, El papalote, Óleo de mujer con sombrero, Oh melancolía, Te doy una canción, Fusil contra fusil, y el público nuevamente grita estrepitosamente hasta la histeria cuando inicia: “Como gasto papeles recordándote”….Te doy una canción, es coreada, Silvio no canta, solo toca esta vez, todos cantamos a una sola voz, algo le pasa a mi pecho, involuntariamente se mueve, me siento incomodo, la garganta está seca, siento que los ojos están cediendo a la humedad, lo controlo, pero no puedo con la respiración.
Luego hubo un receso, Silvio no habla mucho, él canta, la únicas palabras que emite es para decir: “Buenas noches, que bonito estar acá ante tanto rostros aztecas”, fue entonces que vino la pausa musical, en medio de una serie de entrega de reconocimientos se me ocurrió enviarle en un pequeño papel que luego de escribir arranqué de mi libreta de apuntes, un mensaje poco creativo: “Un solidario saludo desde El Salvador” él, lo toma, pero no lo lee ante el micrófono, lo entrega a un ayudante y dice frente al micrófono: “Que bonito, de El Salvador” es entonces cuando los gritos de histeria aparecieron ¡El Salvador... El Salvador, Salvador ! se escuchó por casi un minuto en todo el palacio de los deportes de México, aquel 22 de Septiembre de 1991, en el concierto “Venga la esperanza”.
Y como pasa el tiempo que de pronto son años, parrafeando los temas de sus canciones digo: Hoy mi deber era contar esta historia, como esperando abril, porque han pasado mucho tiempo. Ojalá y al final de este viaje, y venga la esperanza cobran sentido en esa deuda donde Roque y los demás están atentos, en el lugar donde el unicornio azul alguna vez pastó, y alentó la solidaridad de un pueblo, por quien merece amor, y donde Yo me muero como viví.
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