16 de Julio. Tomado de Contra Punto.
Sobre una historia vivida y contada por Manuel C. ex preso político salvadoreño en 1981.
SAN SALVADOR - “La Esperanza”, irónico nombre para un centro penal, que para 1981, también comenzó a tener prisioneros políticos, además del penal de la ciudad Santa Tecla que desde 1980 había ido llenándose con ellos y uno más para mujeres en la ciudad de Ilopango; estos eran los espacios que evidenciaban la violación de derechos humanos fundamentales, por el solo hecho de ser luchadores sociales contra una larga cadena de gobiernos militares en más de 5 décadas que solo sembraron injusticias y represión, para mantener una estructura socioeconómica llena de inequidades.
Marzo de 1981 transcurría ya con un alta cantidad de torturados y prisioneros, que llegaban a “Mariona” nombre de la localidad donde estaba ubicado “La Esperanza”. Manuel fue el preso número 28 en llegar, el recinto carcelario no estaba aun acondicionado pero ya recibía a quienes habían estado al filo de la muerte.
Para entonces, en un lugar de uno de los patios del sector donde estaban los presos políticos, había germinado una plantita de “sandía”, a lo mejor una semilla no masticada que algún preso escupió al comer un trozo de la jugosa y refrescante fruta.
Los presos aun en condiciones lamentables para dormir y comer, con la memoria fresca de cada tortura vivida en los diferentes cuarteles policiales o del ejercito, vieron esa pequeña señal de vida, adoptándola rápida y colectivamente, eran muchos quienes se encargaban de regarla todos los días, pues marzo es época seca en El Salvador, la plantita respondió agradecidamente con un crecimiento mayor.
La sandía era sin dudarlo un símbolo de unidad, solidaridad, crisol de amor y sobre todo de vida, misma que los presos sabían apreciar y valorar, ahora con más sensibilidad que nunca.
Para mayo de 1981 las primeras lluvias habían caído en el país y por supuesto en el penal de Mariona, la sandía, estaba ya muy crecida y el fruto era grande; lo que era una satisfacción para todos los que la cuidaban, sin pensar en comerla nada más verla crecer fuerte y sana.
Pero los presos políticos tenían diferentes formas y concepciones de lucha, aunque allí dentro de la cárcel, los hermanaba la misma condición y categoría, ser privados de libertad. Las discusiones políticas e ideológicas no eran algo raro; pero un día dos los presos fueron subiendo el tono al debatir por la estrategia de la lucha del pueblo salvadoreño….tanto que sin darse cuenta, el debate se transformó en una pelea a mano limpia y las trompadas sustituyeron los fundamentos de las estrategias.
Cuando la trifulca estaba en lo mejor, uno de los presos, en un arranque frustración y protesta por el hecho y como un acto de llamar a la reflexión pero de manera golpeante e instantánea, corrió y arrancó la planta con todo y sandía en desarrollo…tomó el fruto crecido y lo estrelló contra el suelo, la pelea se detuvo.
El silencio se apoderó de los presos, seguido de un profundo sentimiento de impotencia y dolor, por ver la planta y el fruto destruido, el símbolo de esperanza, solidaridad y vida ¡ya no lo era más!
Cesar uno de los presos, con una singular manera de protesta, había terminado con la pelea pero a un alto costo, la sandía destrozada, lo que dolía mucho más que las trompadas que los compañeros se habían dado.
Los siguientes días fueron de un profundo y ejemplar proceso de autocrítica colectiva, en el que se reconoció que la pelea y la consecuencia de la sandía arrancada y destruida, era de alguna manera culpa de todos, por haber dado paso a la intolerancia e inmadurez política y por no haber impedido a tiempo la bronca.
Cesar por supuesto fue sancionado moralmente y como reparación a aquel modo de protesta que conmovió a todos los presos, se le impuso barrer durante un mes, un área del recinto carcelario de los políticos.
Como era natural en estas condiciones de conciencia, Cesar no hizo ninguna defensa, no hubo atenuantes.
Aquella plantita nacida sin querer, fue la hija adoptada por todos y apreciada por haber nacido “en cautiverio”, como inmenso acto de amor por la vida; porque cada cual después de sentir la muerte muy cerca, sabía reconocer la vida aun en los más pequeños detalles que son imperceptibles para el resto de seres humanos que no han vivido esta indeseable situación.
La sandia en la prisión: la hija de todos - Noticias de El Salvador - ContraPunto
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