René Martínez Pineda.21 de Julio. Tomado de Diario Co Latino.
Hay preguntas que, por padecer de insuficiencia epistemológica crónica, vagan a la loca por mi exigua mente, desde hace años. Hasta hoy, las había dejado en paz —pensando que, al ignorarlas, se desvanecerían por sí solas, tal como hacemos con las cosas que no podemos resolver y con lo que nos avergüenza- pero, en esta coyuntura que las ciencias sociales suponen de transición, han vuelto a las andadas, y son ellas las que no me dejan en paz.
Me pregunto: ¿Hasta cuál dónde –hasta cuál cuándo- extiende sus tentáculos de vaticinio la dictadura ideológico-militar en El Salvador? ¿Qué significado político-cultural tuvo la guerra civil de los años 80s -y la ulterior firma de la paz, en 1992- en el marco de la dictadura y de las mutaciones de un capitalismo que se niega a morir, no obstante su incapacidad de resolver los achaques económicos de la mayoría? Pero, mentar esos achaques económicos no es desprestigiar a la empresa privada, es definirla.
Podrá parecerle al lector globalizado que, a estas alturas, hablar de “dictadura” es un desvarío sociológico o, peor aún, un delirio tremendo y anacrónico propio de quienes viven exiliados en el ayer, al menos eso piensan los que creen -flemáticos, positivistas- que al ignorar esa fase de la vida nacional, ésta deja de existir, o que no se repetirá el conflicto que gestó… y sin embargo se mueve, o sea que hablar de la dictadura y los problemas vitales del capitalismo en un tiempo-espacio de paz, no es desvarío ni delirio… eso quiero demostrar recurriendo a la memoria histórica.
Como si fuera noticia de ayer, entre agosto y septiembre de 1944 Diario Latino publicó: “La delincuencia infantil está subiendo de punto en el país”; “La falta de vivienda higiénica y segura es causa de aumento en la mortalidad infantil”; “se cursará inmediatamente las denuncias contra los empleados públicos que tomen parte en la política”; “la mendicidad callejera es un problema sin resolver”.
Si eso fue y sigue siendo así, la tesis de Rafael Castellanos (a quien por suerte no conozco) de que están “seriamente amenazadas la democracia y libertad por el proyecto del FMLN”, suena a unánime y bestial ignorancia. ¿De cuál democracia habla? pues, hasta donde comprendo, una democracia con altos y eternos índices de pobreza, es una pobre democracia. ¿Significa eso que la dictadura ideológico-militar es la memoria histórica e identidad cultural de nuestra democracia o que es su efecto secundario?
Quizá por eso, aquellas preguntas naufragan –cual barco leve y desbrujulado- en la conciencia nacional, si es que acaso ésta existe como espíritu colectivo de la subjetividad cultural. Mas, intentar responderlas desde una lógica teórica desapasionada me envía, como carne de cañón, a un campo de debates cruentos, como si el tema tratara sobre la opción religiosa de la escuela pública o la preferencia sexual del vecino. Esas preguntas son independientes de –y deben ser valoradas por- el gobierno del FMLN y Mauricio Funes, pues, con ello garantizan que en la gestión de las buenas intenciones socioeconómicas (que eso es la utopía) la ingenuidad no asesorará al concejo de ministros.
No importando el método que use, el debate sobre la dictadura ideológico-militar me empuja -por razones más hermenéuticas que metodológicas- a una batalla de relatos nano-académicos y testimonios misioneros donde todo se mezcla al azar -usando como criterio de autoridad la subjetividad y simbolismo- hasta que confundo la ética, con la necesidad diaria; la lectura privada de nuestro pasado público, con la realidad social; la biografía personal, con las opciones de sobrevivencia; la visión política, con la utopía económica; los proyectos para mañana, con la historia angelada que se repite; las tácticas de hoy, con las estrategias de ayer, que es otra forma ilusa de justificar la incomprensión e impaciencia, así como iluso y genuflexionado es creer que estamos en “la hora de los ingenieros”. Más bien, estamos en la hora de los maestros y, afortunadamente, los titulares del Ministerio de Educación piensan lo mismo.
Pero, sea como fuere que navegue en esos tiempos-espacios disímiles, que quieren compararse entre sí mediante el interrogatorio sociológico (en los que tanto el supradiscurso político como la conciencia social han perdido el himen en la cama del proceso histórico) una cosa es evidente: la dictadura ideológico-militar (aun cuando fue duramente cuestionada por la guerra civil, y enterrada protocolariamente en el ataúd de los acuerdos de paz, en 1992) introdujo y mantiene una insospechada continuidad y vigencia en nuestra territorialidad, como nación: “A los familiares de las víctimas de la masacre de Las Canoas (Santa Ana) la Fiscalía General de la República aún no les entrega los restos para darles un entierro digno”, “las maras decretan toque de queda en Apopa y Soyapango”; en nuestra mente, como capataz del comportamiento cotidiano: “GANA pide plazo para que aquellos que posean armas de fuego con registro vencido puedan legalizarlas”; en nuestra cultura, como rutina diaria para inventar algo que vender: “panes con curtido en la maquila”; “patas de pollo en salsa accidentada”; “bolsas de agua”.
En el pasado remoto: la dictadura signó -a punta de miedos de grueso calibre- el descuartizamiento de varias generaciones de intelectuales y políticos, tan eruditos como heterogéneos; actualmente: hace desaparecer virtualmente -con el sueño americano como arma del delito- las generaciones recientes, esta vez desmembradas por el dinero ajeno, el consumismo, el perfil “light” de la teoría social, la sumisión de lo académico a lo administrativo, y el carácter mezquino-mercantil de la política.
La dictadura ideológico-militar que aún no finaliza -aunque hablemos de “bandas de paz” y de un “ejército bien portado”- fue sostenida a punta de fusil y de discursos anticomunistas en sus años mozos (en “El Día” -diario de la tarde- se leía en Enero de 1932: “Hordas comunistas se han levantado en armas”, lunes 25; “Enseñanza sin Dios”, viernes 29; “Los asesinatos, violaciones, incendios, latrocinios, cometidos por los comunistas que se lanzaron a la lucha contra el orden establecido”, sábado 30) y de discursos antichavistas, antilaicos, antisocialistas, anticubanos, antipúblico y, sobre todo, apologistas de la militarización privada de la sociedad, en su adultez mayor.
Entonces, debemos comprender la dictadura como una inconclusa reacción de clase, como perentoria defensa de la plusvalía, como contrarrevolución desde el Estado con efectos secundarios, que nace cuando la revolución social no era posible en estas latitudes, ni en lo ideológico-militar ni en lo político-económico.
* renemartezpi@yahoo.com
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