Una derecha mezquina y vergonzante. No hace mucho dije que la estampida de ARENA había ocurrido en el momento menos oportuno. Es más, sin meditar demasiado sobre el tema, señalé el regocijo que provocaría en el FMLN esa fuga, en momentos en que no habían trascendido detalles sobre ciertas irregularidades financieras en CAPRES. Mucho menos, se había hecho público el “respeto mutuo” que se profesan los cristianistas y los saquistas. Mal para la derecha y peor para el país, anticipé en aquella ocasión.
Escrito por Juan Héctor Vidal.15 de Febrero. Tomado de La Prensa Grafica.Yo jamás he tenido una bandera partidaria, pero creo que la vapuleada del 15 de marzo pasado y la ruptura del partido que gobernó el país por veinte años nos han venido a demostrar a los salvadoreños que la opción política conservadora, más que haber utilizado todos estos años para contribuir a cimentar las bases de un sistema político creíble, una economía sólida y una estructura social más equitativa, vivió alimentándose de una mezquina autocomplacencia. Eso sí, se ocupó de esparcir a los cuatro vientos una imagen de ética política, de gestor insuperable de la economía y de su compromiso con los pobres.
Pero si bien es cierto que ARENA ha sido por muchos años la figura más visible de la derecha de país, siempre tuvo como compañeros de viaje a otros que estuvieron prestos a hacer alianzas, no precisamente para edificar un bloque sólido frente a la creciente ofensiva de la izquierda, sino para amamantar la corrupción, prostituir un modelo económico conceptualmente correcto y erosionar la credibilidad de la débil institucionalidad democrática.
En realidad, esa mezquindad no les permite procesar la idea de que grandes segmentos de la población —a pesar de que han permanecido por largo tiempo en la orfandad económica, social y cultural— aún se resisten a perder su identidad conservadora. Esto también puede calificarse de miopía política, por no hablar de falta de visión histórica.
Y mientras estos sectores se debaten en una controversia con sus propias conciencias, tratando de discernir cuál es la ruta que conduce a su propia redención, la izquierda radical sigue cada día sacando ventaja de los movimientos en falso que a cada momento da una derecha vergonzante, que no encuentra acomodo ni en su mismo hábitat. De hecho, aunque se consideran defensores de la misma causa, cada quien se mantiene beligerante en su propia esquina del cuadrilátero, esperando el gong para destruir al otro, así sea utilizando sus propias debilidades.
Así, la riqueza y el poder, que siempre resultan fácilmente accesibles en sociedades con grandes debilidades institucionales como la nuestra, han encontrado la corrupción, un singular expediente que al tiempo que crea grandes fisuras en la derecha tradicional, funciona como mecanismo de transmisión para fortalecer a la contraparte, que tampoco está blindada contra los mismos vicios.
Recomponer a la derecha bajo esas circunstancias se torna así en una tarea formidable, pero más que necesaria. No es un tema menor el que la línea ortodoxa del FMLN se sienta más que segura de que, por fin, están dadas las “condiciones objetivas” para el triunfo de su revolución. Sin embargo, visualizar un escenario, a partir de las expresiones diarias de triunfalismo, impregnadas de mensajes de revanchismo que recuerdan la lucha de clases postuladas por el marxismo, no resulta nada halagüeño. Hay que reconocer que gran parte de ese discurso se sustenta en la debilidad, fortaleza institucional e ideológica, de una derecha desacreditada que está llevando al país al borde de un enorme precipicio.
Ante el descalabro –y el descrédito– en que ha caído el conservadurismo, no sería una mala idea estudiar lo que hicieron los ticos al crear el Partido Unión Social Cristiana hace unas tres décadas. Dicho sea de paso, debemos felicitarlos por el nuevo ejemplo de democracia que dieron el domingo antepasado.
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