El tipo de delincuencia que padecemos es muy diferente a la tradicional. El crimen organizado y las pandillas han hecho alianza progresiva y están llevando a miles de jóvenes, y aun de niños, al despeñadero de las conductas más crudamente criminales.
Escrito por Editorial. 15 de Febrero. Tomado de La Prensa Grafica.El ambiente nacional está cargado de presiones ciudadanas para buscar formas de control efectivo de la ola criminal que nos azota desde hace ya tanto tiempo. La situación ha llegado a tal extremo que se viene produciendo una especie de lluvia de propuestas, que en buena medida son coincidentes, y a las que habría que darles un tratamiento integrador, para que de todo esto salga una verdadera estrategia nacional, a la que todas las instituciones, organizaciones, fuerzas políticas y sectores ciudadanos le pongan el hombro para empujar en común.
Cuando la ansiedad impera, como es el caso de las urgencias que genera el fenómeno delincuencial desbordado, hay que poner orden y evitar las tentaciones de salir con medidas improvisadas sólo para responder al clamor ciudadano, más que justificado por supuesto. La ansiedad es generadora de impulsos, y habría que asegurarse institucionalmente de que éstos no vengan a confundir más las cosas. Y ello como norma básica de conducta sobre todo en tiempos de crisis.
El tipo de delincuencia que padecemos es muy diferente a la tradicional. El crimen organizado y las pandillas han hecho alianza progresiva y están llevando a miles de jóvenes, y aun de niños, al despeñadero de las conductas más crudamente criminales. Estamos, pues, ante una descomposición social galopante, y algo muy de fondo hay que hacer para parar este proceso autodestructivo de los tejidos más sensibles del cuerpo colectivo. Esto se ha venido dejando crecer, con irresponsabilidad manifiesta, y hoy se tienen que pagar las facturas más cruentas. La nación entera debe asumir su responsabilidad.
Ir más allá de las medidas
Para atajar dicho proceso de autodestrucción social no puede bastar, desde luego, la visión reduccionista que se centra en la Seguridad Pública. Hay que ir bastamente más adentro de la entraña social. El problema metodológico se ha vuelto cada vez más complicado porque ahora toca integrar dos urgencias de distinta proyección en el tiempo: el ataque directo y eficaz contra todas las formas criminales y los mecanismos preventivos que le vayan secando al crimen sus caldos de cultivo.
Entre las medidas emergentes, la Asamblea Legislativa ha decidido, prácticamente por unanimidad, aumentar de manera sustancial el tiempo de internamiento de menores de entre 16 y 18 años por los delitos graves que cometan. Eso no está mal, pero no pasará de seguro de ser un gesto simbólico, porque la criminalidad juvenil que enfrentamos ya no responde a los disuasivos normales, como es la pena de prisión o el internamiento. Por otra parte, hay que preguntarse: ¿De qué tipo de internamiento estamos hablando? Lo que tenemos por hoy es apenas un simulacro contraproducente de internamiento rehabilitador. Aquí también se requiere una reforma institucional profunda, como en Seguridad Pública, en la Fiscalía General y en el Órgano Judicial.
Ya no nos contentemos con medidas autogratificantes, de ningún tipo que sean y vengan de donde vinieren: lo que se necesita es un compromiso completo en todo sentido, que produzca de entrada una sólida confianza ciudadana.
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