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2010/02/15

EDH-Nuestra posguerra

Escrito por Francisco R. Bertrand Galindo.(frbertrandg@gmail.com ).15 de Febrero. Tomado de El Diario de Hoy.

Cuando en 1992 se firmaba la paz y se celebraban aquellos desfiles de los comandantes llegando a San Salvador, recuerdo haberle hecho el comentario a un amigo sobre el inicio de nuestra posguerra y lo larga y dolorosa que la veía llegar, inclusive llegué a estimarla en 25 años.

Mi base para tal estimado era que por haber sido un conflicto de tantos años, al fin del mismo existían muchos jóvenes en edad púber nacidos por supuesto dentro del período del conflicto y para quienes los valores en la vida estaban dados por la lógica de la guerra, por lo que había que esperar una generación para poder hablar de una sociedad en paz, pues era necesario que la nación readoptara los valores de convivencia democrática y respeto al Estado de Derecho.

En ese momento no podía dimensionar las implicaciones de los acuerdos, pero varios elementos se conformaban para hacer mi estimado como sensato y es que, si a lo anterior se suma el que miles de personas que lo único que sabían hacer era la guerra, se quedan sin empleo, con una estructura productiva destruida al igual que la infraestructura física y de servicios del país, ya era preocupante imaginar la profundidad de la posguerra.

Falta, sin embargo, un elemento crítico y es la institucionalidad del país.

Sonará a verdad de Perogrullo, pero cada guerra es seguida de su posguerra, y eso significa que en cada caso debemos comprender bien el fenómeno. Así, no es lo mismo la posguerra del país vencido como Alemania y Japón, como la posguerra del vencedor en un conflicto interno, como España o Nicaragua, como tampoco lo es la posguerra cuando el conflicto interno termina en forma negociada como en El Salvador.

En los conflictos donde hay ganador, la institucionalidad de éste se impone a la sociedad, las reglas son claras y no se discuten, el Estado de transición es fuerte y asienta las estructuras de la nueva sociedad, el ejemplo más cercano de esto lo tenemos en Nicaragua, donde el sandinismo construyó un amplio sistema de control social y político, barrio por barrio, cuadra por cuadra, el cual fue capaz de sobrevivir a la salida misma de los sandinistas del gobierno, en parte porque la policía era toda de extracción sandinista, el resultado es que a pesar de todos los problemas, el crimen común está bastante controlado en esa nación.

Totalmente diferente es el caso de nuestra posguerra, en aras de lograr lo mínimo que permitiera administrar las desconfianzas se acordó, no sólo deshacer la institucionalidad existente en seguridad pública y justicia, sino dotarla de una serie de controles compartidos entre los bandos combatientes; así se suprimen las antiguas policías, incluida la Guardia Nacional, se redefinen los roles de los jueces de lo penal y de la fiscalía y se dota al sector de una nueva legislación que sustituiría el "antiguo" régimen "inquisidor" por uno que garantizara el debido proceso y los derechos de los reos y muchas otras cosas más.

Si a estos elementos les agregamos dos nuevos: el primero, que nuestro amigos del norte en cuanto vieron que íbamos hacia la paz comenzaron a repatriar los líderes de las maras de Los Ángeles y otras ciudades americanas, y el segundo, que al disolverse los comandos urbanos, cuyos miembros nunca fueron publicados por el partido comunista, éstos estaban sin rumbo y esperando un nuevo liderazgo, a los que el concepto mara les cayó como anillo al dedo, entonces y sólo entonces comenzamos a dimensionar lo profundo y explosivo de nuestra posguerra.

Siempre voy a creer que la posguerra negociada, especialmente en un conflicto interno, sienta las bases para lograr un estructura institucional sólida en el largo plazo, que la democracia se consolida, y que el progreso llega finalmente a nuestro pueblo, pero a estas alturas no sé si el precio que estamos pagando como sociedad o el precio que han pagado las victimas y sus familias, justifica tal esperanza.

Tenemos en dieciocho años de paz el número de muertos de todo el conflicto, y la cifra sigue subiendo, no parece haber cambio en los valores de los ciudadanos, los liderazgos políticos todavía son los mismos de la época del conflicto, realmente ya no sé si 25 años sean el cálculo correcto. Pero si producto de esta gran crisis que hoy vivimos lográramos despojarnos de la visión bipolar derecha versus izquierda y comprendiéramos que la nueva bipolaridad es ciudadanos versus delincuentes, tal vez pudiéramos llamar al pan pan y al vino vino, exigir de las instituciones que cumplan su función y comenzar a ver la luz al final del camino.

Una advertencia final, este análisis de la posguerra como un elemento explicativo de los niveles de inseguridad del país no debe, ni por cerca, considerar que lo explica todo, existen muchas otras razones contribuyentes; pero lo que sí es claro es que no debemos ignorarlo, y menos la polaridad ideológica subyacente en muchas de sus manifestaciones. Poner este tema sobre la mesa, y discutirlo con franqueza, ayudará a que los próximos planes de seguridad puedan rendir mejores frutos.

 

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