Escrito por Juan Grande(jcgs38@gmail.com) . 05 de Marzo. Tomado de Raices.
Por comparación se habla de burbujas al referirse a hechos o fenómenos sobredimensionados artificialmente. Siempre preocupan y además alarman las efímeras alegrías que las “burbujas” de diversa índole provocan en las sociedades, pues al romperse por su fragilidad las esperanzas arropadas al calor de su desarrollo, los consuelos y ánimos de la gente fenecen dramáticamente. Hoy asistimos a un preludio de aterrizaje forzoso injusto e inmerecido de las ilusiones por las nubes que en los salvadoreños suscitó el cambio prometido durante las elecciones, habida cuenta que los anhelos motivados desbordaron las limitadas posibilidades que la cruel realidad deja disponible, particularmente porque había expectativa que las aspiraciones eran seguras de ser satisfechas, puesto que ambos candidatos profesaban el cambio con simple diferencia “cuantitativa” en el discurso, ante lo que relativamente no importaba quien fuese el ganador si por las promesas se juzgan.
Peculiarmente advertimos que el desarrollo comunicacional de la burbuja de éxito macroeconómico a fuerza del poder detentado por sus patrocinadores logró sobrevivir mucho tiempo; en cambio la burbuja del cambio transita en circunstancias adversas con rapidez inconveniente. Hagamos un breve recuento de las burbujas peregrinas.
De las burbujas económicas
Los últimos 20 años hemos conocido sobre desafiantes fenómenos a la salud de las economías a lo largo del planeta provocadores de aterradores pánicos pues irremediablemente conducen a recesiones con toda la secuela de implicaciones que arrastran. Tales fenómenos tradicionalmente han sido conocidos como crisis económicas, pero recientemente se observa la emergencia de creativos esfuerzos artísticos por llamarlos curiosamente como el “efecto X” (tango, samba, tequila, sudeste asiático) o “burbuja Y” (tecnológica, inmobiliaria, financiera). Actores protagonistas intrínsecos en estas aventuras han sido la enorme presencia incontrolable de corrientes de inversión especulativa con su inseparable compañera la elevada disponibilidad de capital de riesgo.
Destaca por su dimensión y jerarquía la llamada burbuja tecnológica que se produjo a finales de los 90’s y principios del presente siglo, también denominada burbuja punto com, en atención al grupo nuevo de empresas de internet que acarreo el desarrollo de la computación. El veloz aumento del precio de las acciones de estas compañías terminó en la caída abrupta de sus cotizaciones en bolsa, generando sustanciales pérdida a los tenedores de acciones (ricos y pobres).
En Estados Unidos ha ocupado la atención e infernal preocupación de la ciudadanía el “tsunami financiero” que terminó arrastrando la burbuja inmobiliaria gestada en los últimos años, luego del relajado financiamiento que la banca puso a disposición del mercado de bienes raíces, suscitándose un artificial crecimiento de los precios de venta de las viviendas, cuya tentación no pudo resistir el capital especulativo en búsqueda de las rentabilidades burbuja que se fueron creando, arrastrando a incautos compradores de sobrevaluadas casas nuevas y usadas. Pero como todo lo que sube hasta abusivas alturas, con restringido y limitado impulso, termina cayendo estrepitosamente, hemos visto el aterrizaje forzoso de estos individuos iniciado por significativas alzas en la tasa de interés y/o enfrentar dificultades para refinanciar deudas por insuficiente respaldo en el valor de las ahora depreciadas viviendas. Dicho tsunami financiero ha dejado al final la deplorable herencia de la recesión destacando un elevado desempleo (rondando el 10% en 2009) que abate al país del norte y resto de naciones, sacando también El Salvador terminación.
Ya en El Salvador hemos experimentado las inclemencias que producen estos fenómenos que en el tinglado cotidiano se conocen como burbujas, en alusión a su similitud comparativa: se inflan actividades económicas sin base cierta con equívoca celeridad que más temprano que tarde, efímeramente, explotan con sorpresiva facilidad provocando desagradables efectos económicos con cola social; cuyas nefastas consecuencias han sido esperanzadoramente advertidas oportunamente, pero lamentablemente desatendidas por oídos intencionalmente sordos de las autoridades quienes tienen poder de decisión y reacción correctiva.
Una de estas experiencias recientes se identifica en la “burbuja inmobiliaria” que se produjo a mediados de los años 90’s en El Salvador, con la construcción alborozada de casas y algunos edificios, bajo una lectura inapropiada sobre las expectativas promisorias que transmitían las remesas familiares, y que dieron paso a entusiasmos inversionistas sin referente económico sólido, por inexistencia de serios estudios de mercado o con perfil raquítico con proyecciones no realistas por responder a interesados propósitos de justificar la obtención de financiamiento y ganancias inescrupulosas por parte de los constructores y agentes intermediarios beneficiados. En la medida que los inventarios fueron crecientemente imposibles de realizar, por estar saturada la demanda, obviamente los bancos comerciales y otros financistas de tales proyectos, enfrentaron desafíos de liquidez y recuperación de sus préstamos, generándose quiebras de bancos y fusiones.
La máxima que quien no aprende de la historia se auto condena a reproducirla es una eterna acompañante de los individuos y sociedades. La experiencia de la burbuja inmobiliaria que vivió la economía salvadoreña, la podemos resumir en la siguiente cita extraída del economista Roberto Rivera Campos: “Cuando los constructores percibieron rentabilidad y disponibilidad de financiamiento, construyeron casas y al notar que vendían las casas rápidamente decidieron no sólo subir el precio, sino que construir más y a mayores precios. La noticia de que era rentable construir atrajo a más constructores, inclusive a individuos que no habían incursionado previamente en dicho sector, aumentando el número de oferentes” (La economía salvadoreña al final del siglo. Desafíos para el futuro, FLACSO, feb/2000, Pg 28) ¿Suena conocido este panorama con la ardiente coyuntura financiera y el pasado inmediato de los 700 billones de dólares y muchos más que conformaron el paquete de salvataje en Estados Unidos?
Despreciables burbujas sociales
Hecha estas breves referencias a las experiencias de burbujas económicas que han acosado a los países, en esta ocasión quisiéramos advertir de una burbuja de connotación social que se estuvo difundiendo en El Salvador. De la misma forma que se ha calificado perversamente por algunos medios de comunicación a los años 90’s como la década perdida, con significación limitada a nuestro país, lo que abierta y sesgadamente implica ocultar que su alcance se irradió a toda Latinoamérica, bajo la presencia de causas similares y/o diferentes, según lo afirma la CEPAL. Por el contrario, ahora en algarabía positiva pero con similar sesgo, en los últimos meses previos a la elección del 2009 hemos asistido a la efervescencia de cuentas alegres en las estadísticas sobre la pobreza del país.
Durante esa época declaraciones de funcionarios públicos y algunos analistas vinculados al sector empresarial privado, sin faltar otros eternos apologistas no gratuitos del modelo económico vigente en las dos décadas pasadas, mostraban con inusitado lujo y exuberante júbilo las estadísticas oficiales que se publicaron del año 2006 sobre la pobreza. Hubo un discurso altisonante y eufórico por las supuestas reducciones en el cuadro de pobreza que abate al país. Existió un discurso premeditado creador de una burbuja de éxito social que infló los resultados de la política gubernamental dirigido a justificar y distraer sobre lo poco que la mano visible del sector público ha hecho en materia social.
Vemos que en base a las publicaciones de DIGESTYC, en claro contraste con otras fuentes que gozan de aceptable credibilidad –particularmente universitarias-, el anterior Gobierno podía “lucir” frente al celo de la comunidad internacional el logro codicioso de haber reducido la pobreza a la mitad, y con mayor fervor, la caída del 70% en la pobreza extrema, todo ello en sólo escasos 14 años (1992-2006).
Resultados que representan capacidades en el ejercicio de gobernar envidiables para países del primer mundo, e invitan a la cuestionable conclusión que no hay que cambiar nada de lo que se está haciendo en El Salvador en política social, ni siquiera necesario hacer algo más, ya no se diga si ello demanda sacrificios en sectores no beneficiarios y el respectivo fantasma del mayor pago de impuestos por solidaridad forzada. Este panorama de marañas construido bajo condiciones sospechosas, reclama como uno de sus efectos secundarios que se corre el riesgo de justificar como innecesario las exigencias y propuestas de incrementar sustancialmente la carga tributaria para disponer de los recursos que hagan factible el financiamiento público que haría renovar la posibilidad de encausarnos en la ruta al desarrollo.
Sin embargo, siempre saltan instintivamente dudas sobre la veracidad cuando conocemos la publicación de estadísticas, al recordar la principal lección básica al margen de la experiencia académica en los cursos de estadística y econometría: “cuando los datos son sometidos hábilmente a la “gentil tortura de la manipulación” y/o errores intencionales, ineludiblemente siempre dicen la verdad que gusta o sirve a los propósitos e intereses del autor y/o patrocinador de un estudio”; también debe recordarse las críticas que en forma permanente se han hecho sobre la metodología del cálculo de la pobreza en relación a la definición de la canasta básica (de ordinario infra-estimada según mediciones independientes) e inclusión de las remesas como parte de los ingresos de las familias. Por lo tanto, si damos por ciertos los índices sobre pobreza oficialmente publicitados, emergen especulaciones que pueden auspiciar algunas conclusiones raras o curiosas para manifestar lo menos, y otras peligrosas por las directrices erradas que lleven a sustentar las estimaciones en cuestión
El escepticismo ciudadano que estimula esta burbuja no es nuevo. En la época del extinto MIPLAN, había un personaje conocido como el mago de las estadísticas, quien amigablemente y con delicadeza “técnica” acostumbraba agregar su golpecito de ayuda para que los datos sobre el crecimiento económico fueran un poco más altos que lo real.
Pareciera que en el presente, para esta posición “laboral” ya no se demanda que su ocupante opere con prudencial discreción e inspire en la ciudadanía al menos el beneficio de la duda. La sutileza de aquella magia instrumental, reprochable pero con ciertos grados de tolerancia, desapareció al jubilarse o ser eliminada con otras funciones y actividades del Estado en una de las arremetidas dizque expulsor de la grasa “innecesaria” en las acciones de desmantelamiento del sector público intervencionista, y sustituida por el descaro abierto sin tapujos que ahora reina campante inmune a las críticas; que tienen como precedente a un personaje folklórico del ISTU que en los 70’s gustaba presentar exitosas estadísticas del programa de buses alegres, a pesar que la pueril ocurrencia significaba la osadía de falsear vulgarmente dicho éxito: la cantidad de viajantes publicitado no era posible aun utilizando para tal fin la flota entera de buses de San Salvador.
La invitación inmediata es a tomar con reservas aquellas estadísticas ante dichas advertencias prácticas y cotidianas. Un indicio que respalda estas dudas, proviene de considerar que estos logros milagrosos fueron a pesar que en El Salvador ni por accidente hemos alcanzado cercanamente el nivel mínimo de inversión en educación sugerido por los estudios especializados en la materia (al menos 6% del PIB, que en nuestro caso actualmente se dice es 2.8% y en el mejor momento durante el período referido fue 3.3%). Ni mencionar lo que hemos desarrollado en salud, pues no obstante algunos avances respetables en este sector, los números deficitarios arrojan mayor alarma por lo dejado de hacer.
Consecuentemente estamos en presencia de falsas o artificiales rentabilidades generadas por la inversión pública en los sectores sociales.
El contraste con la realidad, no las estadísticas, pone en duda la eficacia y pertinencia del enfoque y prioridades en la política social implementada por Gobiernos pasados, no necesariamente en su totalidad, y una actitud seria y responsable además de proponer mayor destino de recursos a inversión social, demanda reconocer e impulsar mayores énfasis en lo acertadamente hecho hasta la fecha, con la incursión de nuevos enfoques y/o programas (en áreas de salud, educación, juventud, etc.: como red solidaria, becas) en el combate efectivo sobre la pobreza, ya que la ineficacia no es causada solamente por insuficiencia de cantidades.
Por otro estudio de Rivera Campos y Lardé de Palomo sobre la incidencia de las remesas en los índices de pobreza, se conoce que su contribución en 2002 fue una reducción de 4.2% de la tasa de pobreza. Extrapolando cifras entonces, los resultados aconsejan a que no nos engañemos ni pequemos de tarugos: cualquiera sean los avances reales en materia del combate a la pobreza, los principales méritos recaen en las remesas familiares por valor de 37,219 millones de dólares recibidas desde ene/91 hasta dic./09 (Fuente: B. C. R.); y la desaparición estadística de grandes contingentes de salvadoreños pobres que han emigrado forzosamente al exterior en busca del sueño que su país les ha negado; complementariamente fruto de las acciones deficitarias de política social pública y privada.
Menos población, condición harto confirmada con las sorpresitas que arrojó el reciente censo poblacional 2007, y cuantiosas donaciones familiares externas constituyen trágicamente la invisible “política social” más efectiva para la reducción de la pobreza en la historia reciente del país. Por lo tanto, el Presidente elegido, heredaría la tarea pendiente de que internamente se impulsen suficientes y eficientes esfuerzos en esta lucha, cuya atención e interés debería sobrevivir luego de pasado el fervor de la campaña electoral, y su satisfacción debiese ser de forma inteligente, con sensatez bajo relación armoniosa con las circunstancias y posibilidades, consensuada con los diversos actores, pero sin el velo de aquellas dudosas estadísticas forjadoras de la burbuja social inflada comunicacionalmente, que pueden escatimar el firme y contundente propósito de pasar del verbo a la acción de impacto que verdaderamente amortice visiblemente esta deuda social. Lo observado hasta la fecha muestra signos positivos en esta línea.
Siguiendo este camino con seguridad las estadísticas harán las paces con la realidad. Con seguridad no habría la explosión de la burbuja comunicacional que reclama para el Gobierno anterior el crédito de haber alcanzado los citados resultados en reducción de la pobreza. Con seguridad la burbuja de éxito social creada no estaría bajo amenaza de ser pinchada por la presencia y desarrollo de protestas sociales en desahogo y reclamo de atención, a las desesperadas condiciones de vida deprimentes que acosan a quienes detentan el deplorable desmerito de pertenecer al vasto grupo de pobres en la sociedad salvadoreña.
Dicho escenario que corre en amenaza potencial contra nuestra frágil estabilidad sociopolítica, puede ser que no esté tan lejano: la burbuja ya ha comenzado a desinflarse con facilidad por la acción internacional del alza de precios en los combustibles y granos básicos, más la reducción del empleo con la crisis agravada por la baja en el flujo de remesas (del 8.5 % en 2009). Se dice modestamente que la pobreza se ha incrementado en 10 puntos porcentuales. ¿Y cuáles serán las cifras reales frente a las oficiales antes dudosas y luego pecaminosas?
Sincerar el discurso y verdaderamente pasar de la prédica al hecho destinando mayores recursos según recomiendan los estudios especializados en la materia y que se demanda para cumplir cabalmente los objetivos de desarrollo del milenio en el área de pobreza, evitaría que explote esta burbuja social al ser sustituida su configuración por datos que reflejen reales y verdaderos resultados de sustancial mejoría en el bienestar social de quienes siempre han estado marginados de los beneficios del crecimiento económico; cultivando deseables sentimientos de satisfacción pacificadores, alternativamente al alarmante y creciente descontento social que induce a mecanismos de escape como el alcoholismo y la drogadicción, prostitución, todos ellos degradantes de la dignidad humana. Realidad ocultada por medio de lo que denominamos burbuja de éxito social. El discurso y los datos no se corresponden.
Desafiante burbuja del cambio
La racionalidad pide capitalizar las caras enseñanzas que nuestra historia nos ha heredado mostrando ciertamente que el estallido de las burbujas a nadie favorece y al final todos resultamos en alguna forma perdedores sin exclusión. El pasado inmediato confirma que el estallido de la “burbuja democrática” gestionada hasta finales de los años 70’s, bajo la idea falsa de amplificar con exuberancia el éxito otorgado a la aparente convivencia pacífica en medio de elecciones amañadas, nos hizo cargar a fuerza como herencia atroz un conflicto que duró nada menos que 12 años (lapso más del doble de la primera y segunda guerra mundial), por cuyos resultados el país aun añora el inaccesible logro del nivel de ingreso per cápita de 1978, a pesar del enorme contingente de forzados migrantes al exterior, y a pesar que ellos han beneficiado al país con la transferencia noble y prominente ayuda BILLONARIA de remesas familiares que envían nuestros pobres hermanos lejanos, cuya cifra acumulada supera en alrededor de 11 veces más la correspondiente a toda la asistencia que el rico país y Gobierno de Estados Unidos proporcionó al Gobierno salvadoreño en el fragor de la guerra.
Bajo ese contexto de burbujas y sus consecuencias los candidatos a la presidencia contendientes en marzo/2009, como es común a pesar de lamentable propiciar expectativas de corto plazo irrealistas en ciertos casos, construyeron otra burbuja de connotación política: “La burbuja del Cambio”. A medida que arreciaba la campaña y cercanía de la fecha de la elección, en el discurso de los candidatos fueron brotando un tsunami de promesas de acción gubernamental magno atractivas para la población sedienta de empleo, tranquilidad, servicios de salud y por la necesidad de superar otras importantes precariedades que azotan nocivamente su diario vivir.
Por muchos años se oxigenó con vientos de fantasía una burbuja estadística en las variables macroeconómicas que ostentaban cuentas fiscales sanas y prudente endeudamiento público, sobre cuyo espejismo se fortificaban oídos sordos y menosprecio al murmullo que “la economía marchaba bien pero la gente vivía mal”, entonando sus patrocinadores el rezo fiel en defensa que el país transitaba por una economía solida y blindada bajo la sombra alarmante de pretender que con datos inflados se satisfacen las necesidades de la gente pobre.
Sólo bastaron tres meses luego de la elección y preparativos para el cambio en la dirección del gobierno a efecto que dicha burbuja se pulverizara, confirmando las denuncias recurrentes de analistas no comprometidos. En los meses subsiguientes incluso se ha denunciado manejo cuestionable y arbitrario de fondos remanentes en las instituciones públicas, etc. Consecuentemente la burbuja del cambio renovaba de esperanzas y optimismo curativo a todos estos perjuicios.
Cuando asumió el Lic. Funes la Presidencia, la caja del erario público estaba prácticamente vacía, sin faltar la tradicional presa de compromisos de pago desatendidos que dejan los gobiernos salientes, con cifras estridentes en el caso de la Administración del Presidente Saca, en consecuencia doble problema de entrada, pues hay un estructural contraste ofensivo entre necesidades insatisfechas y promesas de solución (Fabrica de trabajos, etc.), frente a recursos disponibles y potenciales por ser El Salvador un país pobre y lo que es posible se vuelve inaccesible por negativa disposición de solidaridad en quienes detentan la riqueza. Así es que la reforma tributaria reciente, aun cuando ha sido un pequeño (recortado) gran paso, sus frutos esperados son insuficientes para sufragar el gasto público que demanda la nación salvadoreña a fin de encontrarse en el real camino del desarrollo (se requieren al menos otros 6 puntos de carga tributaria). Efecto inmediato: difícil andar en el cumplimiento de las promesas.
De remache en el presente las esperanzas sufren nuevo embate por las ansiedades de terror que provoca la efervescencia de muertes e inseguridad pública con todo su manjar de trinquetes delincuenciales. Por ello e insuficiencias en otras áreas la agobiada ciudadanía observa impacientemente que la “lluvia del cambio” que anunciaron las elecciones se parece más a otra burbuja de esperanzas que pronto explotará en frustraciones que no podemos prever en cuanta reacción de protesta se exprese.
¿Qué hacer? Fácil decirlo pero difícil-áspero-conflictivo finiquitarlo si el poder es insuficiente y/o se perdieron u olvidaron las ganas de honrar promesas, ante lo que habría que reflexionarse que el respaldo amplio que muestran las encuestas al Presidente, superior a su caudal de votos al momento de las elecciones, radica en el deseo y esperanza de la sociedad (curiosidad poco frecuente) en que opere el gobierno del cambio prometido con toda su compleja y variedad de acciones anunciadas (y hasta documentadas a nivel programático), únicamente faltando priorizarlas, ajustarlas y operacionalizarlas bajo el filtro de la prudencia y no de los intereses creados. Mas la comprensión de la gente que la emigración forzada, la delincuencia, la prostitución, la drogadicción, el analfabetismo, la deserción escolar, el desempleo galopante, el incremento de ventas ambulantes, etc., en tanto maldades sociales estructurales de viejo cuño, su solución generando resultados visibles no es una tarea que por decreto se produzca. No obstante, tampoco se puede bajar la guardia y renunciar a demandar y exigir el cumplimiento de las promesas con racional paciencia.
Una medida asequible por su sencillez y expectativa democrática que sería saludable trabajar paralelo a ese decido accionar aludido, es que así como en las elecciones el ahora Presidente tuvo la disposición de recorrer el país e incluso realizar jornadas de visitas residenciales en busca de apoyo y voto, hoy debiese hacer uso de su amplio y experimentado bagaje comunicador desarrollado en su previo paso periodístico, dialogando por los medios apropiados y oportunamente con la población en simetría a su prudente disposición de discutir con sectores empresariales (para quienes incluso ha hecho gala de una fiera defensa a la existencia de las tarifas telefónicas fijas o básicas o como se llamen) y otros núcleos organizados.
No se solicita mucho guiri guiri y nefasta hábil astucia para mentir a la usanza tradicional decepcionante sino responsabilidad inteligente para compartir apropiadamente el ejercicio presidencial con la ciudadanía, transparentando las labores oficiales, los esfuerzos por honrar la ejecución de los compromisos de campaña, sin huirle a la fiscalización sobre decisiones “domesticas” administrativas en el nombramiento y relevo de autoridades.
Difícil entender porque el Sr. Presidente Funes ha jubilado su mayor virtud profesional distanciándose de la prensa, sin importar confirmar que de “todo hay en la viña del señor” (nada nuevo ya que dicho escenario es un terreno ampliamente conocido por Mauricio Funes Periodista). Su presencia racional en los medios pero en cuantía necesaria y suficiente y con un discurso informante dejando por fuera la costumbre de provocar la imaginación con desnutridas declaraciones, no solo serían un reconocimiento al derecho de la gente a ser informada por su máxima autoridad, pero también ayudaría a manejar convenientemente las expectativas y futuro de la positiva burbuja del cambio en peligroso preludio de extinción. Que recuerde el Sr. Presidente que hay una amplia y mayoritaria audiencia a quienes a quienes no se les invita en los foros citados donde presenta elocuentes discursos para pocos privilegiados. Para los muchos ordinariamente fuera de esos foros trabajó por dos décadas en el pasado diariamente a doble jornada. Claro que hoy sólo se le pide una presencia más o menos frecuente.
El silencio táctico o escasa explicación sobre decisiones importantes, particularmente dado otra experiencia reciente (Gobierno del Licenciado Francisco Flores) del mismo o cercano nivel de entendimiento elitista, tal vez justificado en materia de seguridad pública, por el contrario la ciudadanía lo asume como desprecio y les convierte en víctimas de los rumores y chambrerío corriente y cotidiano, que proliferan intereses mezquinos que por experiencia son excelentes manipuladores de opinión pública, y por obvias razones en muchos casos de futuro electoral deseosos por despotricar la burbuja del cambio a favor de sus agendas particulares. Y otros más.
Tanto Obama (con inciertas probabilidades de llevar a cabo las reformas al sistema de salud, energética y migratoria), como Funes (para quien falta verificar cuan efectivo es en contener los tentáculos de la corrupción, combate a la evasión y contrabando e inseguridad pública, en propiciar la generación de empleos, apoyo a la micro y pequeña empresa, etc.), requieren que las burbujas de cambio que crearon en ruta al gane de las elecciones, no los terminen colocando “contra la espada y la pared” sin salida.
Dialogar con la gente usando la prensa y cualquier otro medio son parte insuficiente pero necesaria del combo de soluciones para ese embrollo. Las nobles y altas credenciales personales del Presidente Funes honesta y sacrificadamente ganadas a lo largo de su carrera periodística, se ven amenazadas ahora que ejerce de gobernante enclaustrado en su laberinto.Que no muera abruptamente la esperanza. El aterrizaje forzoso de las ilusiones cultivadas está todavía a tiempo de ser positivamente abortado para bien de los salvadoreños. La burbuja del cambio en cuestión resulta ser la excepción a la regla que califica de fenómenos indeseables a las burbujas en general.
Don Mauricio Funes debe heredar a la historia política del país haber sido el presidente del cambio verdadero y generosamente deseado además de posible, y no como otro simple hablantín defraudador de ilusiones que dijo mucho de candidato pero hizo poco como gobernante. Si/No, a las pruebas hay que remitirse. ¿Estará rodeado del equipo de asesores apropiado para no distraerse en lo irrelevante y encaminarse en la ruta prometida?
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