Gran parte del desarrollo de España se dio desde los años sesenta, cuando el general Franco mandó construir represas por todo el país. Hoy, la octava potencia tiene asegurado su suministro de agua y de energía gracias, en buena medida, a esa decisión.
Escrito por Humberto Montero.07 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.
En las aguas turquesa del río Xingú, uno de los mayores afluentes del Amazonas, viven unas 600 especies de peces, algunas de ellas imposibles de encontrar en cualquier otra parte del planeta. A ambas márgenes de sus riberas se extienden árboles centenarios entre los que habitan etnias indígenas. Desde el cielo, el tupido manto esmeralda solo se ve salpicado por los pastos abiertos por el hombre para el ganado. En este vergel, el gobierno de Lula levantará la tercera mayor represa del mundo, solo superada por la polémica Tres Gargantas, que dejó sumergidas una veintena de ciudades chinas y obligó a realojar a casi dos millones de personas, y la de Itaipú, que Brasil comparte con Paraguay.
La hidroeléctrica de Belo Monte, así se llamará la represa, se instalará en el estado de Pará y tendrá una capacidad de 11,233 megavatios a partir de 2014. El proyecto arrancó hace más de dos décadas, durante la dictadura militar, pero se frenó por la presión de ecologistas e indios que, aún hoy y pese a la lluvia de millones que ofrece el Gobierno, se oponen al megaproyecto. Según 40 expertos, la represa tendrá un impacto ambiental.
Lula defiende el proyecto en su apoyo a los biocombustibles. También el presidente brasileño ha brindado su apoyo a la construcción de otras dos represas que se construyen en el río Madeira: la central de Jirau, valorada en 5,300 millones de dólares y que entrará en funcionamiento en 2016, y la de San Antonio que costará 5,000 millones y estará lista en un par de años. Todo con tal de asegurar el suministro eléctrico a la novena economía del mundo que, como China, necesita energía barata para seguir creciendo al ritmo que exigen el mercado y los millones de bocas que hay que alimentar a diario.
A Lula parecen importarle poco los medios que tenga que utilizar para alimentar a un gigante que quiere realizar el tránsito de economía emergente a potencia en este decenio, coincidiendo con la celebración del mundial de fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de Río, en 2016.
Por eso desoye los ruegos del vecino Paraguay para renovar sus acuerdos energéticos. Como me explicó recientemente Carlos Mateo Balmelli, director de la Itaipú paraguaya, Brasil y Paraguay se reparten al 50% la producción de la central hidroeléctrica. Según el tratado sellado en 1973 por ambos países, el excedente debe venderse al otro socio a precio de saldo. Como Paraguay solo consume el 5%, Brasil fagocita el 95% de la energía de Itaipú. Pero no es suficiente.
Para dar tres comidas al día a los casi 200 millones de brasileños, como prometió cuando llegó al poder en 2003, Lula se ha visto forzado a abandonar la tercera vía “verde” que encarnaba –sobre todo en su segundo mandato– y apostar por el pragmatismo que le llevó a declarar que “el Amazonas es de los brasileños” para explicar la expansión del sector ganadero (Brasil prevé duplicar su cuota en el mercado mundial de carne en 2018) a costa de la selva. La cuestión es: ¿estamos legitimados para exigirle a Brasil que frene su progreso?
No me veo capaz. Por un lado, el futuro de nuestro planeta depende de que Brasil pare su expansión hacia la selva. He visitado la Amazonia brasileña, la he sobrevolado y recorrido sus grandes ríos. Manaos, capital del estado de Amazonas, es apenas un grano en un mar de arena verde. Sin embargo su impacto en un entorno tan sensible es enorme.
Aún así, quién puede pedirle a Lula que se detenga. Gran parte del desarrollo de España se dio desde los años sesenta, cuando el general Franco mandó construir represas por todo el país. Hoy, la octava potencia tiene asegurado su suministro de agua y de energía gracias, en buena medida, a esa decisión. España es el primer país en número de grandes presas por habitante y el segundo, tras Estados Unidos, en términos absolutos. Todas las grandes potencias han logrado su desarrollo gracias a una ecuación simple: exprimir los recursos naturales propios y ajenos hasta agotarlos. Somos una plaga que consume sin medida. ¿Por qué Brasil no puede unirse al club?
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