Estamos inmersos, como sociedad, en una atmósfera de inseguridad cada vez más angustiante. Y es que la inseguridad, más allá de las estadísticas y los resultados de las acciones específicas, constituye una sensación vital profundamente perturbadora y disturbadora. Y si la inseguridad es eso, también la seguridad lo es. Es decir, tanto la seguridad como la inseguridad son, en su base, percepciones y sentimientos, y por consiguiente ambos temas están siempre vivos en la interioridad de los ciudadanos, que somos individuos de carne y hueso, aunque la tentación fácil sea ver todo esto desde afuera y hacia afuera.
Escrito por David Escobar Galindo.08 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.
Como la seguridad es positiva y la inseguridad es negativa, ésta tiende a acaparar todos los espacios de atención, como vemos abrumadoramente en el día a día.
Pero el hecho de que la inseguridad nos agobie en la medida en que lo hace demuestra, en contraste, que nos sentimos –como individuos y como ciudadanos– despojados de algo que nos pertenece por derecho propio, que es la seguridad. Ésta, más allá de las limitadas acepciones que contiene el Diccionario, es una sensación existencial, de estar bien, de sentirse bien, de poder funcionar bien. No es casual que la seguridad se halle íntimamente vinculada con otros dos sentimientos básicos para la vida: la libertad y la felicidad. Todo esto, dicho así, parece casi etéreo; pero, en realidad es perfectamente práctico.
Más allá de la seguridad jurídica, de la seguridad ciudadana, de la seguridad ambiental, de la seguridad laboral, de la seguridad patrimonial, está la seguridad que llamamos existencial: el hecho de poder vivir con la confianza básica de que todos nuestros márgenes de voluntad y de autorrealización son respetados. Si tengo que pensar en cerrar con doble llave todas mis puertas o, si es el caso, en colocar alambre electrizado sobre mis muros; si cada día debo vigilar que no se me acerque nadie sospechoso mientras aguardo que el semáforo se ponga en verde; si me siento expuesto a sufrir abusos por cobros indebidos de los servicios que se me prestan; si no hay a mano una asistencia social adecuada y confiable en casos de emergencia o de crisis; si las instituciones públicas se ocupan más de su imagen que de su efectividad, y por eso padecen, respecto del ciudadano concreto, una especie de autismo crónico; si no hay sistemas eficientes para ofrecer oportunidades reales de futuro a los que por sus condiciones propias no las tienen… Si se dan carencias o vacíos de ese estilo, la inseguridad hace presa de la mente y del espíritu de las personas con nombre y apellido, y el ambiente se va volviendo una zona crecientemente inhóspita y hostil, que es lo que ha pasado entre nosotros.
Todo esto queda expuesto para tratar de graficar con palabras que el tema no se agota con el tratamiento de las distintas inseguridades circulantes: hay que estar claros qué es y cómo debe funcionar la seguridad que necesitamos. La sociedad y el Estado salvadoreños han sido, ya endémicamente, fuentes de inseguridad. Si no fuera así, no hubiéramos llegado a la peor de las inseguridades posibles que es la guerra dentro de casa, la guerra de familia, como fue la que nos desangró durante 20 años, de 1971 a 1992. La seguridad, entonces, en nuestro caso, está por construirse como cimiento de convivencia. Una convivencia que, para ser pacífica de veras tiene que ser de veras segura. Y cuando vemos las cosas en esta dimensión, queda dramáticamente nítido que de lo que se sigue hablando en el ambiente es de ponerle pomadas analgésicas a la verdadera dolencia que nos aqueja.
La cuestión es de suyo complicada y, por eso mismo, no reducible a fórmulas de ocasión. Entre otros distingos, hay que diferenciar entre seguridad de presente y seguridad de futuro: la primera es la que más preocupa a los adultos; la segunda, la que más inquieta a los jóvenes. Es claro que las maras han crecido tanto en el país porque muchos jóvenes no tienen ninguna seguridad de futuro, ni expectativa de tenerla; y en tanto no se atienda con el compromiso eficaz debido esta forma de inseguridad básica existencial, de nada valdrán los programitas alternativos, que no sirven ni para que la institucionalidad haga creíbles sus lágrimas de cocodrilo.
Los salvadoreños tenemos que pensar mucho en la seguridad para saber qué hacer con la inseguridad. Y lo primero sería la autocrítica sincera sobre las formas y condiciones de vida, que son los principales caldos de cultivo de la seguridad o de la inseguridad. En vez de seguir enredándose en las ramas hay que acudir a desatar los nudos de las raíces. Así de simple y así de complejo.
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