Escrito por Juan Héctor Vidal. 08 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.
La exigencia de un ejercicio responsable. A alguien le escuché decir que a la democracia hay que tenerle paciencia. De eso hace bastante tiempo, pero a menudo esas palabras vienen a mi memoria cuando las inscribo en la realidad que estamos viviendo. De hecho, para mí tienen la virtud de que mezclan el desafío con la esperanza. Sin embargo, al mismo tiempo pienso que a los salvadoreños nos está costando más de la cuenta consolidar el sistema, paradójicamente porque el diario vivir no nos deja mucho espacio ni siquiera para discernir sobre su verdadero significado.
Aún más, pareciera que cada vez más se esfuma aquella oportunidad que nos dimos con los Acuerdos de Paz, que tanta ilusión crearon para utilizarlos como cimiento para la construcción de una sociedad cualitativamente distinta. Por eso tiene un gran valor la idea de intentar un nuevo acuerdo nacional, antes de que sea demasiado tarde.
La triste paradoja es que esa urgencia tiene en el comportamiento poco edificante de la clase política, su mayor justificación. A ello se agregan las actitudes titubeantes y a veces igualmente irresponsables de otros sectores de enorme gravitación en la vida nacional. La delincuencia desbordada, la delicada situación económica, las crecientes expresiones de descontento social –todo, en un marco de una institucionalidad menguante– no pueden sugerir otra cosa que no sea la de que estamos caminando por la senda equivocada.
Hablando de la clase política, uno puede entender que los objetivos nacionales siempre van a la zaga de esa enfermedad que agobia a los seres humanos, donde se mezclan los gérmenes del lucro y el poder. Y nosotros, acostumbrados como hemos estado a vivir en una especie de laberinto que nos ha permitido eludir nuestras propias responsabilidades, nos sentimos indefensos cuando los políticos cometen tropelías, así sea pasando por encima de nuestros propios principios y convicciones.
Sin embargo, cuando se llega a un punto donde todo el mundo se preocupa y exige, pero sus dirigentes actúan orillando una realidad lacerante, algo extraordinario debe hacerse para no caer en el abismo. Contraponer estas actitudes es lo menos que podemos hacer para compartir la idea de que lo que está en juego es la viabilidad del país, como lo decíamos la semana pasada. Lo que está de por medio es en esencia la gobernabilidad democrática, no la gobernabilidad autoritaria, cínica y perversa como la que nos quieren imponer los de uno y otro bando.
El problema es que la clase de gobernabilidad a que aspiramos se vuelve difusa, precisamente porque sus propósitos esenciales son alterados por el comportamiento de una clase política que deja de jugar un papel edificante, para convertirse en artífice del caos institucional y de la desobediencia social.
De hecho, los acontecimientos de las últimas semanas han estado marcados por actitudes que coquetean con el cinismo. Solo el manoseo político del sistema de precios ya sugiere una intención de aprovechar las necesidades sociales con propósitos perversos. Pareciera que aun la alternancia –bastión de toda democracia funcional– pierde significado, cuando las actitudes cortoplacistas desplazan la visión de futuro. Bajo estas circunstancias no puede desarrollarse una actitud genuina y consciente para la transformación que demanda el país.
Tampoco esa transformación puede potenciarse, bajo la pretensión ilusoria de una sola verdad. La garantía del verdadero cambio supone aceptar errores, tolerancia, buen juicio, humildad y sobre todo procesar la idea de que las grandes aspiraciones de una sociedad únicamente pueden materializarse cuando se acude a la fuerza de la razón y no a la razón de la fuerza. Esto es lo menos que puede hacerse ante la voz ciudadana que clama por un ejercicio responsable del poder. Solo así podemos aspirar a una gobernabilidad en democracia.
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P. D. Cambiémosle el nombre.
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