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2010/03/11

EDH-Un debate que no me quiero perder

 Escrito por Marvin Galeas.11 de Marzo. Tomado de El Diario de Hoy.

Fui testigo de un breve pero interesante debate entre dos intelectuales de verdad. Uno de ellos, un liberal es el sentido clásico. El otro un hombre sin ataduras ideológicas de ningún tipo, pero inclinado a un pensamiento de izquierda democrático. Ambos muy cultos y con un bagaje cultural envidiable. En un país, donde lo que prevalece es la pobreza de argumentos, el insulto y hasta el mal castellano, ese fugaz debate, fue como ver jugar por unos minutos, en vivo, un partido entre el Real Madrid y el Barcelona. Uno se queda con ganas de seguir viendo. En el caso del debate, oyendo.

El hombre de izquierda (de lo mejor de la izquierda) afirmaba que los Acuerdos de Paz que acabaron con la guerra de 12 años, representaban la más profunda reforma política en la historia del país. El liberal dijo que no. Que a lo mucho se trataba de una reforma institucional, pero en ningún caso una reforma política y mucho menos "profunda reforma". Explicó sus razones y lo hizo bien. El hombre de izquierda contraatacó con argumentos sólidos, contundentes y hasta dramáticos. La discusión duró unos minutos más, pero algo pasó. La cosa quedó inconclusa. Espero que el debate continúe y no perdérmelo.

Pocas horas después me quedé pensado en el asunto. ¿Qué implicaron los Acuerdos de Paz? ¿Una reforma política o una reforma institucional? Me quedo con lo primero. El acuerdo, además de crear una nueva institucionalidad, partió de una reforma política que puso fin real a más de medio siglo de un modelo militarista autoritario, represivo y excluyente, sobre todo en el campo político. Sin embargo sobre este tema quisiera escribir en otra oportunidad. Quizá después de ser testigo del final del debate entre los dos mencionados y admirados amigos.

La cosa es que me puse a pensar en aquellos duros y aciagos años de los setenta. Cuántos jóvenes se hubiesen involucrado en las organizaciones guerrilleras si la convocatoria hubiese sido algo como "Reforma política o muerte" o "Con la inquebrantable decisión de luchar por la reforma institucional (o política) hasta vencer o morir" o Lucha armada hoy, reforma política (o institucional) mañana. Eso hubiese sido como tratar de llamar a la guerra al grito de "Chibola o nada".

No. Se trataba de estar dispuesto a dar la vida por la revolución. Es decir barrer con el militarismo y la oligarquía y construir el socialismo. Un modelo en el que no habría nunca más injusticia. Todos seríamos como hermanos: el compañero presidente y el compañero guarura del presidente. El compañero responsable y jefe máximo del partido y la compañera responsable de trapear el local del partido. Lo más igual era la palabra compañero. Compa.

Los medios de producción estarían en manos del pueblo y a nadie le faltaría jamás trabajo, comida, ropa, salud, educación, casa y felicidad. Eran tiempos de la Guerra Fría, cuando la doctrina de Seguridad Nacional de los Estados Unidos apoyaba a dictaduras como las de Somoza, Stroessner, Batista y un etcétera como de kilómetro y medio. Desde las universidades se nos decía que el socialismo era "científico" y los sacerdotes de la teología de la liberación nos predicaban que el socialismo (el de Marx, no la socialdemocracia) era el reino de Dios en la tierra.

Y uno veía a los hombres de verde olivo golpeando jóvenes por comunistas, por el hecho de serlo o de parecerlo. Había cárceles clandestinas. Esto no me lo he inventado. Me lo han contado jefes militares retirados. Allí se vivía el horror de las peores torturas. En ese contexto ¿cómo no se le iba a menear a uno la conciencia? Y entonces yo, flaco, cristiano, conservador y lleno de miedo me fui también a las guerrillas. Allí estuve, como le he contado, casi una década en Radio Venceremos.

Duró años la guerra y no hubo triunfo revolucionario al estilo de los barbudos de Fidel Castro y los sandinistas. No. El socialismo, "el reino de Dios en la Tierra", había colapsado en su propio Edén. Los sandinistas, quienes creían (como muchos políticos que se enamoran de si mismos) que el pueblo los amaba, perdieron las elecciones. Y en El Salvador, hubo que negociar una salida política.

Esa decisión fue lo más inteligente. Y mucho más inteligente la manera en que la negociación se concretó: una reforma política. Ahora, debido a la reforma, está a prueba el gobierno del FMLN. El presidente es popular en la medida en que se opone al partido que los postuló. Pero no hay paraíso. La niña no está para tafetanes. ¿Reforma política o Reforma institucional? No me quisiera perder la continuación del debate.

elsalvador.com :.: Un debate que no me quiero perder

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