Escrito por José María Sifontes. 06 de Marzo. Tomado de El Diario de Hoy.
En una revista de una prestigiosa universidad de los Estados Unidos, había una foto de un grupo de jóvenes --el que se miraba mayor no tendría más de treinta años-- sonriendo a la cámara y bromeando entre sí. Eran de diferentes orígenes: un par de asiáticos, un par de afroamericanos y unos cuatro caucásicos.
Algunos de los varones con el cabello largo, casi todos en jeans, zapatos tenis y camiseta. Unos sentados y otros recostados en una banca de un lugar que parecía ser un aula. Creí que se trataba de un grupo de estudiantes en su día final de clases e imaginé probable que después de la foto se irían a celebrar. Es decir, un grupo de jóvenes que hace lo que hacen los jóvenes.
Me llevé una sorpresa al leer lo que decía la nota de abajo. Ese grupo de muchachos que parecía más una banda de rock era ni más ni menos que el equipo de investigación del laboratorio de microbiología molecular, que recientemente había descubierto un marcador genético para el cáncer del colon.
Cuando uno piensa en científicos se imagina a viejitos barbudos, de lentes y bata blanca, con cara de genios y más serios que burros montados en lancha. La realidad, como mostraba la foto, no es así. Hay científicos de todos tipos y colores, gordos y flacos, jóvenes y viejos, con cara de genios y con cara de… simples mortales. Pero cuando tenemos la percepción de que los investigadores son seres de otro planeta, que su trabajo nada tiene qué ver con el nuestro y que tanto lo que son como lo que hacen está más allá de nuestras posibilidades, simplemente nos resignamos a no hacer investigación. Creemos que la investigación sólo puede provenir de países industrializados con avanzada tecnología y grandes presupuestos, y nos conformamos con absorber lo que otros descubren.
La foto hubiese sido perfecta si en lugar de jóvenes caucásicos y orientales fuera de latinoamericanos, mejor aún, de salvadoreños. En todo ser humano existe la semilla del investigador, el afán por descubrir. La diferencia entre los lugares en donde se hacen descubrimientos y en los que no, radica en los estímulos que se reciben del ambiente. Los jóvenes de la foto se formaron en un ambiente donde la investigación es estimulada y reconocida. Se desarrollaron entre investigadores y percibieron la investigación como algo natural.
Es importante que nuestros centros de estudio no sólo trasmitan información sino que incentiven en los estudiantes el interés de crear. Ya hay antecedentes de que en Latinoamérica y El Salvador puede haber buena investigación. En Medicina, Uruguay hizo importantes descubrimientos y sentó muchas de las bases de la ginecología y la obstetricia modernas.
El Salvador sobresalió en los años cincuenta y sesenta por varios aportes a la ciencia médica, entre estos en el conocimiento de la Enfermedad de Chagas. Y aún ahora existen notables ejemplos. ¿Sabe el lector que el segundo autor más citado en la literatura científica mundial de los noventa (el primero, Vert Vogelstein, investigador en cáncer) es un médico hondureño que estudió en El Salvador? El Dr. Salvador Moncada.
La investigación científica puede resurgir en El Salvador si se crean las condiciones propicias. Y esto comienza con una nueva actitud en la formación escolar y universitaria, abriendo espacios a los jóvenes para desarrollar dos cualidades que les son naturales, la creatividad y la curiosidad por descubrir.
Muy buen articulo.. valiosas ideas que deberian de ser tomadas en serio por los indicados...muy bueno...
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