Escrito por Teresa Guevara de López.07 de Marzo. Tomado de El Diario de Hoy
La Finca Moros y Cristianos está situada a la salida de Salcoatitán, en la carretera para Apaneca. Y allí, entre árboles y montañas hay un mundo de fantasía, que es la realización de un sueño, largo tiempo acariciado por su propietario el Dr. Ricardo Olmedo Baratta: hacer revivir nuestras raíces, renacer nuestra música y resucitar a los compositores que quisieron plasmar en melodías, el sabor de la tierra, el verde de nuestros volcanes y el azul de nuestros lagos. Tarea de enorme trascendencia, ya que para las actuales generaciones, los lazos con el pasado y los valores tradicionales de nuestra nacionalidad, son desconocidos.
El clima excepcional de la montaña y la belleza de sus bosques, son el marco perfecto para las excelentes instalaciones, que constan de un hermoso anfiteatro que permite apreciar en su totalidad un amplio escenario, en cuyo fondo se luce el escudo que explica el nombre de la propiedad: Moros y Cristianos: la media luna y la cruz. Además de un simpático restaurante con gran variedad de comida típica.
Pero la labor del Dr. Olmedo Baratta va más allá de las instalaciones. Ha organizado una escuela de danza, con jóvenes de la zona y extiende su patrocinio a grupos musicales que se están dando a conocer, así como descubrir lo que todavía queda de la cultura indígena: sus instrumentos, música y tradiciones, y el casi perdido idioma nahuatl.
El último sábado de febrero, tuvimos la suerte de presenciar, con luna llena, el espectáculo titulado: Mosaico Cuscatleco, un mundo mágico, ya casi olvidado, pero no perdido porque es parte de nuestra idiosincrasia. Se presentó el conjunto musical "Cordillera de Fuego", integrado por jóvenes de Juayúa, que se acompañan con instrumentos autóctonos como la zampolla, el pito y la guitarra.
Sorprendió la presencia de don Carlos Ramón, un indígena de 75 años, quien agradeció en nahuatl, el espacio que se le daba para dar a conocer los sones tradicionales de Izalco. En una marimba de un solo arco y acompañado de dos guitarras, interpretó El Barreño, que él aprendió a los 10 años, pero el auténtico, que se intercala con simpáticas bombas como: "No me caso con la viuda/ No más que por un asunto:/ Para no poner la mano / Donde la puso el difunto/". Dice que la versión que conocemos, ya está modificada.
Y con derroche de vestuario y magnífica coreografía de Mauricio Paredes, el grupo de danza inició su recorrido musical con la Evocación de la Siembra, Las Comaleras y los Emplumados de Cacaopera, de doña María de Baratta. Revivió La Suaca, de don Cándido Flamenco; a Pancho Lara, con Las Cortadoras y El Carbonero, que es de hecho, nuestro segundo Himno Nacional. El conjunto local con los tradicionales historiantes, en la danza de Los Moros y Cristianos, demostró excepcional maestría en el manejo de los machetes. Y sin poder faltar el Adentro Cojutepeque y el Carnaval de San Miguel.
Se presentó una estampa del viejo San Salvador de principios de siglo, cuando los jóvenes catrines, ataviados con cuello y corbata de pajarita, saco corto y sombrero bombín, enamoraban a las mengalas, que simulando timideces, coqueteaban con femenina sabiduría, para atraer al galán. El Barreño, el Fandango y el Zapateado fueron el tema musical que acompañó esta típica estampa capitalina.
Todos los que tuvimos la suerte de participar de este mosaico cuscatleco, sentimos el orgullo salvadoreño, que esta música había hecho despertar, especialmente en estos momentos en que la Patria, tan amenazada, necesita del apoyo de todos sus hijos. Y un sentimiento de admiración y gratitud para el Dr. Olmedo Baratta, que de una manera tan desinteresada, ha dedicado gran parte de su esfuerzo para hacer renacer lo mejor de nuestra raza, escrita en nuestros paisajes, en nuestras tradiciones y en nuestra música.
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