Escrito por Geovani Galeas.09 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.
Durante las últimas tres semanas he seguido con creciente atención los debates legislativos televisados, y debo decir con franqueza que mi impresión personal sobre el trabajo que se desarrolla en ese órgano del Estado se ha transformado positivamente.
Al igual que muchos salvadoreños desconfío de la clase política en general. En particular me resulta imposible pronunciar las palabras “padres de la patria” sin imprimirle a la frase un evidente tonillo irónico o más abiertamente peyorativo. Las causas de ese rechazo generalizado han sido muchas y hasta escandalosas a lo largo de nuestra historia.
Pero creo que algo está cambiando para bien en la que siempre debió ser la Casa del Pueblo, y que con demasiada frecuencia degeneró en la cueva de los holgazanes y los pícaros, el recinto de la ampulosidad retórica tan veleidosa como vacía, y de las triquiñuelas y los madrugones. También creo que así como el ejercicio de la crítica constituye un derecho, igual el reconocimiento a los méritos reales es un deber.
Lo que ahora he visto en los debates de las diferentes comisiones legislativas, cuya sola grabación y transmisión a la ciudadanía constituye un destacado ejercicio de transparencia, no tiene nada que ver con esos estériles dimes y diretes lanzados como dardos desde las distintas trincheras ideológicas. Por el contrario.
Aunque muchos de los temas tratados se prestan por sí mismos a la ideologización, como en el caso de los problemas en los servicios financieros y en la telefonía, es notable el esfuerzo que los diputados de todas las fracciones están haciendo por centrarse y profundizar en los fundamentos técnicos, así como por mantener las normas del respeto mutuo y hasta de la cortesía en las discusiones.
Esto último tiene una importancia capital, no precisamente por lo que atañe a las buenas maneras sino a la eficiencia misma. Cuando una discusión se ideologiza solo se alimenta la hostilidad y se pierde el tiempo. Cuando los problemas se abordan desde sus aspectos técnicos se avanza con armonía y rapidez en el camino de las soluciones efectivas. Y esto último es lo que ha estado sucediendo en la Asamblea Legislativa.
Es posible que en este cambio positivo tenga mucho que ver el relevo generacional, en el que se destacan por la consistencia de sus aportes jóvenes como Douglas Avilés, del CD; Blanca Coto, del FMLN; David Reyes, de ARENA; y Francis Zablah, del PDC, entre otros muchos.
Pero puede haber también otra razón complementaria: los problemas nacionales son tan graves y perentorios, mientras que la paciencia popular da tales signos de agotamiento, que en realidad ya no está quedando margen para el ocio y las marrullerías. Es cierto que en las plenarias resuenan aun los ecos de la polarización ideológica pero, por la vía del contraste con el trabajo eficiente de las comisiones, eso solo evidencia todavía más la infructuosidad de los dimes y diretes que ya nos hartan a todos.
Hay que decir además que la responsabilidad de ser gobierno está volviendo más realista y prudente a la bancada del FMLN, al tiempo que haber vuelto a la oposición ha renovado ciertos brillos en la fracción arenera. Ese doble movimiento cualitativo impacta de manera positiva a las otras bancadas y en conjunto mejora de manera sustantiva todo el quehacer legislativo.
Pocas veces soy optimista cuando toco el tema político en esta columna, sin embargo en esta ocasión el hecho de sentirme motivado para hacer explícito este reconocimiento a los señores diputados me hace pensar que, a pesar de tanta opacidad e ineficiencia en los otros dos órganos del Estado, no todo está perdido para nuestro país.
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