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2010/03/06

LPG-Nos ha llegado el tiempo de hacer memoria

Estamos históricamente en tiempo de memorar, y eso indica que transitamos a la vez tiempos de expectativas y de augurios. Testimoniar es creer en la condición aleccionadora del devenir.

Escrito por David Escobar Galindo. 06 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica. 

Dice don Miguel de Unamuno, en una de sus cartas a Ángel Ganivet, haciendo referencia a la suerte del proceso histórico español: “La historia, la condenada historia, que es en su mayor parte una imposición del ambiente, nos ha celado la roca viva de la constitución patria; la historia, a la vez que nos ha revelado gran parte de nuestro espíritu en nuestros actos, nos ha impedido ver lo más íntimo de ese espíritu. Hemos atendido más a los “sucesos” históricos que pasan y se pierden, que a los “hechos” subhistóricos, que permanecen y van estratificándose en profundas capas. Se ha hecho más caso del relato de tal cual hazañosa empresa de nuestro siglo de caballerías, que a la constitución rural de los repartimientos de pastos en tal o cual olvidado pueblecillo”.

En otras palabras, la historia se prenda de lo externo, en tanto lo interno va quedando perdido en las historias que, si acaso, pasan de boca en boca. La historia, como disciplina profesional, es indispensable para hacerse una idea seria y ordenada del pasado; pero en el entendido de que no es la única forma de conocer el pasado. La literatura, y el arte en general, son también fuentes de conocimiento de lo que pasó, y de cómo pasó donde pasó. Y, desde luego, los testimonios personales constituyen un aporte insustituible para entender un momento histórico determinado.

Decía el incomparable Stendhal que la novela es un espejo a lo largo del camino; pero, vistas todas las posibilidades del fenómeno fluyente que es la vida, es claro que el espejo tiene facetas y funciones varias. Una de esas facetas es la de las memorias. La escasez o abundancia de memorias están relacionadas, en los distintos ambientes humanos, con la estrechez o expansión de los mismos. En el caso de El Salvador, hemos sido desde siempre una sociedad excluyente y concentradora, con todos los efectos restrictivos que tal condición acarrea a lo largo del tiempo. Hace años, le expresé a un personaje de campanillas y de avanzada edad que sería muy útil y aleccionador que escribiera sus memorias; y él me respondió no sin antes hacerme sentir con la mirada que yo padecía la ingenuidad de la juventud inexperta: --No puedo hacerlo, David, porque, si me dispongo a contar la verdad, los descendientes de aquéllos a los que haga referencia en situaciones poco edificantes, que tanto han abundado en nuestro ambiente, de seguro se volverán enemigos de mis descendientes; y eso aquí puede ser embarazoso y hasta peligroso…

Pero bien, cada etapa histórica trae consigo su lógica propia. En el larguísimo período anterior a la guerra, hablar con la verdad era lo verdaderamente subversivo, independientemente de los signos ideológicos. La verdad venía a ser el enemigo público número uno; de ahí que floreciera la tentación perversa de inventar la verdad a medida y de rodear el artificio con alambradas de diverso tipo. Pero la conclusión negociada del conflicto bélico (conclusión que personalmente nunca me cansaré de considerar una ventura nacional suprema) trajo inevitablemente esta nueva etapa, por la que vamos avanzando, pese a todos los signos adversos, hacia la democratización plena; y en tal escenario de condiciones nuevas, descorrer los velos que envuelven la realidad es lo que se impone, como imperativo vitalizador. Y por ello no es casual que desde hace algún tiempo estén apareciendo testimonios escritos de personas que, en uno u otro campo y en función de alguna responsabilidad particular, fueron partícipes directos en hechos o situaciones de relieve nacional, en aquellos tiempos críticos recientes. Tenemos libros de memorias como el de Juan Ramón Medrano (Comandante Balta), que fue una de las principales figuras del Ejército Revolucionario del Pueblo; de Salvador Sánchez Cerén (Leonel González), que desde 1983 está en la primera línea de dirección del FMLN, y hoy es Vicepresidente de la República; del General Fidel Torres, militar que ocupó posiciones claves, y que se fue de este mundo poco después de que su libro testimonial saliera a la luz; de Julio Adolfo Rey Prendes, político de larga trayectoria y dirigente de alto nivel en el Partido Demócrata Cristiano desde los años sesenta hasta los años ochenta del pasado siglo; de David Ernesto Panamá, uno de los fundadores de ARENA, para sólo citar algunos. La preguerra y la guerra atraen por sus iluminaciones truculentas; pero en realidad todo tiempo es memorable y de todo tiempo hay que conocer.

¿Qué significa y qué representa la propensión actual a dejar testimonio de lo vivido, en contraste con el cerrado silencio anterior? Más que un impulso de voluntad personal, es un signo de que la realidad está necesitada de autorreconocerse, y envía mensajes estimulantes en ese orden. No sólo los políticos tienen cosas que contar, aunque tiendan siempre a creer que han sido administradores omnímodos de la realidad. Los pensadores, los artistas, los educadores, los empresarios, los artesanos, entre muchos otros, deberían animarse a poner por escrito sus experiencias de vida, que pudieran ser aleccionadoras y enriquecedoras, tanto para otras personas como para el ambiente. Y en esa línea deberían empezar a florecer géneros como la biografía y la autobiografía.

Recordar no sólo es revivir lo experimentado, sino reactivar lo vivido. Y bien sabemos que vivir es ir implementando el destino —personal y colectivo— día tras día. Evocar en función de vivencia testimoniada es, pues, un ejercicio de recomposición del tiempo, inevitablemente fragmentario y fantasioso, y por eso mismo tan cercano a la condición humana más viva. Estamos históricamente en tiempo de memorar, y eso indica que transitamos a la vez tiempos de expectativas y de augurios. Testimoniar es creer en la condición aleccionadora del devenir. Y si creemos en esa condición, creemos también en las virtudes del arraigo, que tanto necesitamos para sentirnos salvadoreños de ayer, de hoy y de siempre.

Nos ha llegado el tiempo de hacer memoria

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