Para decirlo de manera directa, las medidas gubernamentales contra la criminalidad han sido y por lo que se ve siguen siendo ineptas.
Escrito por Editorial. Miércoles 07 de Octubre. Tomado de La Prensa Grafica.
El efecto inmediato y constante de no haber hecho nada realmente sustantivo para frenar la racha de criminalidad homicida que azota al país desde hace ya bastantes años es que las cifras se van superando a sí mismas, en una escalada verdaderamente escalofriante. Nuestra sociedad padece un mal ya endémico de violencia homicida, radicado de manera principal y notoria en el mundo del crimen organizado, que tiene hoy a la gente de las pandillas como su principal instrumento ejecutivo. El juego de las estadísticas, en el que han estado enclaustradas las autoridades desde hace mucho, es cada vez más contraproducente, porque alegar como éxito que en vez de 13 homicidios diarios haya 12, para poner un simple ejemplo, más parece un sarcasmo que una evaluación. De esto hay que salir cuanto antes para pasar a la atención real del fenómeno, tal como es y tal como golpea a la ciudadanía honrada y al esfuerzo de desarrollo en general.
Pero si de cifras hablamos, acaba de conocerse, según datos oficiales, que a estas alturas del año las de homicidios han ya superado con mucho las de 2008, y hay base para considerar que este año acumulará una violencia sin precedentes. Esto indica que nada de lo que se ha venido haciendo, desde la institucionalidad correspondiente, ha tenido efectos significativos, lo cual es patente en la cotidianidad de la vida ciudadana.
Para decirlo de manera directa, las medidas gubernamentales contra la criminalidad han sido y por lo que se ve siguen siendo ineptas. Y la raíz de este fracaso se halla donde es claro que está: en la falta de una estrategia que ataque todas las causas del fenómeno, desde las más inmediatas hasta las de más largo alcance, y todas las consecuencias del mismo.
Decidirse a ir al fondo
La delincuencia ha ido ganando terreno y también volviéndose más imaginativa, en la medida que los mecanismos y las estrategias institucionales persisten en quedar encerrados en las prácticas tradicionales. El caso de las extorsiones es notorio al respecto. El fenómeno delictivo de la extorsión se ha propagado rápidamente, tiene connotaciones regionales, usa las cárceles como centros de decisión operativa, cambia de prácticas constantemente, y del otro lado, del lado de la institucionalidad, no se ven signos de que la lacra esté en vías de control y mucho menos de extinción. En éste como en otros ámbitos delictivos, vivimos el mundo al revés: en lugar de que el accionar de la autoridad les haga la vida imposible a las estructuras del crimen, son éstas las que le están haciendo la vida imposible a la autoridad. Y en medio queda la ciudadanía indefensa.
La única salida es decidirse a ir al fondo. Esto implica, como tantas veces se ha dicho, mucho más trabajo efectivo, que sólo puede lograrse por la vía de una estrategia integral e integradora. ¿Dónde está el plan de seguridad del Estado? ¿Quién habla siquiera de tener lo más pronto posible un plan de amplitud y profundidad semejantes? Es como si la dependencia de lo inmediato se hubiera convertido en una especie de maleficio, que tiene como única obsesión el manejo interesado de las estadísticas.
Lo que ahora se precisa es acción, pero no simple acción policial espontánea, sino acción interinstitucional proyectada, que articule el esfuerzo de todos los encargados en un plan verdaderamente común.
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