Escrito por María A. de López Andreu.17 de Abril. Tomado de El Diario de Hoy.
Leí en LPG la siempre interesante columna "Gotas agrícolas", del agrónomo Manuel Mauricio Martínez, comentando sobre la entrega de paquetes agrícolas. Dice: "…considero que el programa es bueno, pero no comparto en solamente regalar y regalar, creando la cultura de obtener algo sin esfuerzo…" Añade que este programa debería ser un estímulo para aquellos agricultores que efectúen trabajos de conservación de suelos, cuido del medio ambiente, beneficio a sus comunidades, etc.
Es decir, esa ayuda, y cualquier otra, debería darse a cambio de compromisos concretos, serios y medibles, que redunden en beneficios reales y sostenibles para esas familias y para El Salvador.
Me solidarizo totalmente con la posición del agrónomo Martínez y con la de tantos otros columnistas que, de mil maneras diferentes, levantamos la voz para que en nuestro medio se recupere nuestra antigua idiosincrasia de trabajo, tenacidad y esfuerzo, a la vez que vayan disminuyendo las medidas populistas que, sin sentirlo, nos están llevando a convertirnos en una población mediocre, cuyo futuro será de total incapacidad para valerse por sí misma.
Volvemos al tema de la educación. ¿Estamos educando para la responsabilidad? ¿Para afrontar las consecuencias de nuestros actos?
Porque no sé en qué momento los terrícolas en general –-y los salvadoreños, en particular--, nos dejamos convencer de que ya nada es sagrado ni digno de respeto… ¡a excepción de la autoestima del prójimo!
Por no "lastimar" la autoestima del hijo, los padres se convierten en cómplices de situaciones intolerables. Los maestros no se atreven a llamar la atención a sus alumnos; muchísimo menos, a darles una mala nota, imponerles castigos o (¡Dios guarde!) aplazarles. Los jefes admiten trabajos mal hechos y faltas de responsabilidad, porque lo contrario sería casi atentar contra los derechos humanos del empleado.
Padres, maestros y jefes tratan de remediar esas situaciones sin afrontarlas, sino con un medio tan cómodo como inútil: "si te portas bien…", "si estudias…", "si haces bien tu trabajo…" "te daremos…" y ofrecen, en seguida, un "premio", que posiblemente sea muy bueno para la "autoestima" en el cortísimo plazo, pero pésimo para la formación del carácter del hijo, el alumno o el empleado. Porque, lejos de pagar las consecuencias de sus errores, se les estimula a exigir sin merecer. Y, eso, es lo que estamos viviendo ahora.
El premiar a quien no lo merece tiene graves repercusiones. Primero, desalienta a aquellos que sí se esfuerzan y dan lo mejor de sí. ¿Para qué, si no hace diferencia, van a sacrificarse tanto? Luego, hace creer a los mediocres que son lo máximo, puesto que se les alienta y estimula.
Resultado: la mediocridad se convierte en la cúspide de nuestra escala de aspiraciones, nivelando hacia abajo a toda nuestra sociedad. De allí que cada vez seamos más violentos, menos competitivos, y que nuestros productos y servicios carezcan de calidad.
Cometemos un gravísimo error, como sociedad, al privilegiar el halago por encima de la veracidad (lo que no significa ser hiriente, ni grosero, sino realista). No es posible que exigir a otros que cumplan bien sus obligaciones (algo tan mínimo y normal) sea un imperdonable atentado contra su sagrada autoestima.
Entendamos: la autoestima no es más que la consecuencia de cumplir a cabalidad nuestros deberes. Y no hay en el mundo satisfacción más grande, que la del deber cumplido. ¡Pruébelo y verá!
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios que incluyan ofensas o amenazas no se publicaran.