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2010/02/13

RAICES - El silencio del amerindio y la mujer: Las figuras marginadas de Borges (I Parte)

Escrito por Raquel Farah-Robison. 13 de Febrero. Tomado de Raices.

Debido a la amplitud de la obra que Jorge Luis Borges produjo, es seguro decir que le dio una voz a diferentes tipos de personas durante su carrera como autor. Borges tuvo la oportunidad de conocer y escoger a protagonistas de historias que recreó en su trayectoria de vida. Sin embargo, es interesante analizar a quien ignoró y discriminó.
La presencia de las mujeres, por ejemplo, puede ser identificada como sub-representada, de acuerdo a críticas como las de Sharon Magnarelli, 1993,  en su artículo Literature and Desire: Women in the Fiction of Jorge Luis Borges (Literatura y Deseo: Las Mujeres en la Ficción de Jorge luis Borges); Donna Fitzgerald, 2006, en Borges, Woman and Poscolonial History (Borges: Mujer e Historia Postcolonial); y Adriana González Mateos en ¿Borges Misógeno?, del 2008.

Sin embargo, no son solo las mujeres las que han quedado sin voz en la obra de Borges: los mestizos (Borges prefiere llamarlos amerindios) de Argentina tienen cierta presencia en cuentos como El Fin, El Evangelio según Marcos y La Intrusa.

Si bien, en estos tres ejemplos, personas de orígenes indígenas mezclados son representadas, o no gozan de voz en la historia o les son otorgados mínimos fragmentos de participación.

La forma de Borges de evitar a los indígenas, y -tal vez más probable- a las mujeres indígenas, lo lleva a promover de forma tácita los estereotipos prevalecientes en la sociedad argentina en los cuales se trata al amerindio como una creatura ignorante y bestial, solamente tomadas en cuenta por los servicios sexuales que ofrecen.

Las tres historias mencionadas de forma breve anteriormente establecen un carácter de mezcla en contraste con los otros personajes, blancos y de origen europeo. Estos casos contienen abundantes  ilustraciones de estos estereotipos y, tal vez, descubren los prejuicios propios del autor, típicos en la Argentina del Siglo XX.

El rol mestizo

En la primera oración de El Fin, de 1944, encontramos a Recabarren, el patrón de la pulpería donde se encuentran el Negro y Martín Fierro. El ambiente periférico de la pulpería enfatiza la marginalización de la sociedad y de la “civilización”.

Recabarren es  un observador de los eventos principales de la historia y Borges dedica un párrafo y medio para describirle. Este caso es el más cercano a lo que podríamos considerar una descripción de un amerindio.

Luego, retoma la acción de su parálisis y la compara narrando que “aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América” (p. 12). Este pasaje se refiere a las experiencias que el personaje tuvo como trabajador rural en la Argentina de ese entonces.

Su herencia es expresada cuando el niño se acerca y se le describe como “un chico de rasgos aindiados (hijo suyo tal vez)” (p.12), describiéndole indirectamente  como una persona de origen mestizo, y que, al parecer de los presentes, podría haber sido el hijo de Recabarren.

Sus características más importantes son ser mudo y su incapacidad de entender todo aquello que no pertenece al presente. Borges lo dice así, al decir que gracias a su problema, “había perdido el habla… Le preguntó [al chico] con los ojos si había algún parroquiano…” (p. 13).

Esto llegaría a indicar que es un espectador, literalmente, sin voz. Aunque no es una víctima de la violencia en esta historia, presencia acciones horribles que luego no podrá expresar de ninguna forma. Además, no toma acción cuando Fierro muere. Simplemente “vio el fin” desde la pulpería. Al ser mudo, paralítico e indio es impotente e incapaz de controlar lo que sucede dentro de su misma propiedad.

El Evangelio según Marcos (luego, nos referiremos a esta historia simplemente como El Evangelio), de 1970, nos lleva a conocer a la familia Gutre, los guardianes de la estancia Los Alamos.

Ellos, al igual que Recabarren, no forman parte de la supuesta civilización y, para sobrevivir, dependen de sí mismos. Al referirse a ellos, Borges dice que “los Gutres son tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad.

Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban” (págs. 132-133). Y no sólo eso. Son analfabetos, por lo que necesitan que Baltasar les traduzca la Biblia. Los Gutre son capaces de llevas a cabo las tareas diarias de forma independiente, pero sucumben a una superioridad de Baltasar en cuanto a sabiduría y conocimiento.

La tercera obra, La Intrusa, cuenta la historia de Juliana Burgos, la sirvienta y amante de los hermanos Cristián y Eduardo Nilsen. Su origen es descrito al decir que “Juliana era tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara para que sonriera… no era mal parecida” (p.23).

Cristián la lleva a la casa y luego permite que su hermano mejor, Eduardo, la ocupe sexualmente. Dice “Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usála” (p.24). De forma simultánea, Borges evoca la idea de amor y pertenencia, llegando, incluso, a confundirlos.

De alguna manera, ambos hermanos se enamoran de Juliana pero a la vez ella no tiene ni voz ni agencia propia para relacionarse con ninguno de los hermanos Nilsen. El hecho que ella no tenga ni voz ni voto en su propia vida conlleva a que Cristián la desuse y la asesine. Y se simplifica con la frase “Hoy la maté” (p.27).

(*) Raquel Farah-Robison nació en El Salvador, hija del reconocido ex periodista estadounidense Douglas Farah y de  Ann Robison, una educadora nacida en Bolivia. Actualmente estudia Sociología y Estudios Hispanos en Oberlin College, Ohio, en donde lleva a cabo una investigación académica sobre la memoria histórica luego de la Guerra Civil en El Salvador

RAICES - Periodismo Alternativo desde El Salvador

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