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2010/02/09

LPG-De la delincuencia ocasional a la situación delincuencial

O se hace de inmediato algo sustancial y efectivo de veras o la situación pasará a estar fuera del ámbito de la ley, lo cual es lo peor que puede suceder.

Escrito por Editorial.  09 de Febrero. Tomado de La Prensa Grafica.

Al concluir la guerra se empezaron a ver indicios de que venía una época en que la violencia se manifestaría de otras formas. Hubo un hecho de base en la realidad que debió haber sido aprovechado para establecer en el país una serie de medidas preventivas desde el ámbito institucional: el hecho de que las partes militares del conflicto entraron de inmediato en la lógica de los acuerdos de paz, sin rebrotes de violencia política de ningún tipo. Pero, como pasa en toda sociedad que no atiende sus propias señales concretas, y la nuestra es ejemplo típico de ello, simplemente se dejó hacer, y tanto el crimen organizado como la nueva “organización” pandillera tuvieron todo el campo abierto para desarrollarse.

Hoy, estamos donde estamos y como estamos, ante un monstruo de varias cabezas, que nadie halla cómo enfrentar. Nos encontramos ante una inequívoca, pujante y devastadora situación delincuencial, que ha empezado a funcionar cada vez más como una epidemia de gran virulencia y extraordinaria capacidad de sostenimiento. No estamos, desde luego, aún, en este campo que concentra tantas complejidades, ante un “Estado fallido”, como ahora se estila decir; pero sí ante un Estado “fallante”, que debe retomar su iniciativa ordenadora y controladora cuanto antes.

Lo anterior exige que se asuma un hecho real evidente: no pueden funcionar las estrategias que serían aplicables en un ambiente donde lo que se da es la mera delincuencia esporádica cuando estamos envueltos en una realidad en la que la criminalidad y la peligrosidad ya asumieron un estatus propio y permanente. Ahí está la primera falla de origen en el tratamiento de esta complicadísima problemática.

Ir a lo profundo del fenómeno

Las estadísticas traen datos significativos, las mediciones interpretativas del fenómeno real siempre son útiles para entender mejor las cosas, las propuestas de acción ayudan a configurar un panorama de iniciativas más rico en ideas y eventuales soluciones; pero nada de eso basta, por su sola cuenta, para encaminarse por el rumbo congruente con la naturaleza de los desafíos pendientes. Hay que decidirse, con todas las voluntades armonizadas en una misma línea, a atacar los centros vitales de la situación, en vez de desperdigarse en medidas periféricas, como ha venido ocurriendo.

Ir a los nudos principales del crimen organizado e ir a los nudos principales de las pandillas. Es lo más dificultoso, por supuesto, y por eso es lo que siempre se evade. Aquí pasa como con todos los planes estratégicos, de cualquier índole que sean: ante el temor de tocar las raíces, la tentación de andar por las ramas se vuelve invencible. Eso es lo que ha pasado en nuestro país con prácticamente todos los esfuerzos anteriores en este campo.

Pero ahora la fuerza arrolladora de la ola delincuencial ya no admite disimulos ni evasivas. O se hace de inmediato algo sustancial y efectivo de veras o la situación pasará a estar fuera del ámbito de la ley, lo cual es lo peor que puede suceder. Ya hay señales bastante reveladoras de que empiezan a operar fuerzas antidelincuenciales desde la sombra. No atender esas señales sería una muestra de ceguera verdaderamente incomprensible e injustificable. El reto se ha vuelto emergencia.

De la delincuencia ocasional a la situación delincuencial

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