La reforma fiscal ha levantado una serie de temores que se aferran a la crisis económica mundial que vivimos desde hace algún tiempo.
Escrito por Carmen Elena Pineda Colorado. Martes 10 de Noviembre. Tomado de La Prensa Grafica.
Una reforma fiscal en una sociedad como la nuestra, que no posee una cultura tributaria sólida, siempre genera protestas por los sectores directamente afectados con la misma; estemos en crisis o no, pues a nadie nos gusta pagar impuestos, porque pensamos que nos quitan algo que legítimamente nos pertenece.
A veces se nos olvida que aunque no querramos, todos formamos parte del Estado y este es quien debe satisfacer las necesidades que constitucionalmente se le ha atribuido. Por ello existe una obligación de contribuir al sostenimiento de las cargas públicas de acuerdo con nuestra capacidad económica. Los tributos son la forma ordinaria para hacer llegar ingresos a la hacienda pública; lo que dependerá del modelo del sistema tributario que cada Estado regule como el más adecuado, según las circunstancias y los modelos económicos en que se inspire.
Los préstamos y las donaciones son otra forma de ingresos al patrimonio estatal, con el inconveniente de que dependemos de muchos factores externos. Los préstamos internacionales, a los cuales recurrimos con frecuencia, establecen condiciones para otorgarlos. En ocasiones se nos exige un aumento de los ingresos tributarios, que a la larga se traduce en un aumento de la carga fiscal.
En consecuencia, la deuda debe ser pagada con los ingresos tributarios recaudados, con el agravante de que los préstamos estatales deben ser aprobados por la Asamblea Legislativa, quien debe evaluar objetivamente su procedencia o no.
Con respecto a las donaciones, dependen de que los organismos donantes también vean concretadas sus expectativas para las cuales se han efectuado las mismas. Eso supone una eficiente administración de los recursos, satisfacción de los objetivos perseguidos y una transparencia en la gestión de los mismos. Caso contrario, nuestros donantes terminarán aburriéndose de nosotros.
Los ciudadanos exigimos, con justa razón, adecuadas vías de comunicación, hospitales públicos, eficientes, escuelas, inversión pública, seguridad ciudadana, administración de justicia; en definitiva, satisfacción a los intereses sociales por medio de adecuadas políticas públicas. El Estado debe prestarlos indefectiblemente.
El problema es que las cuentas estatales están en rojo: un déficit que no permite ver muy lejos a lo largo del túnel. Ya desde algunas Administraciones anteriores se aplican políticas de austeridad en el gasto público, aunque hay quienes no quieran someterse voluntariamente a ellas.
La austeridad no debe ser una política en tiempos de crisis, sino todo lo contrario, una regla ordinaria en la planificación y ejecución del gasto público, que está orientado por la eficiencia y eficacia en la administración de los recursos públicos.
Cerrar las puertas a la evasión fiscal puede lograrse por medios interpretativos, con el inconveniente de que los criterios fijados por la Administración Tributaria sean invalidados a través del control de legalidad o constitucionalidad de los tribunales de Justicia. Es muy importante que no sean desnaturalizados los conceptos e instituciones tributarias, así como llenar de contenido los principios constitucionales tributarios.
Otro medio es la utilización de presunciones y ficciones legales que deben ser regulados por ley, así como la correcta definición de las normas tributarias; ello conlleva una reforma fiscal.
El impacto económico de esta es inherente a la esencia tributaria, pero los contribuyentes debemos analizar cuándo damos paso a la “ingeniería financiera” utilizando toda la creatividad para desnaturalizar el espíritu de la norma tributaria, abusando del Derecho, para defraudar al fisco.
Si pagásemos los impuestos adecuadamente, talvez no estaríamos con la urgencia de una inminente reforma fiscal.
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