Escrito por Armando Salazar. Niviembre de 2009. Tomado de Contra Punto.
La mayor amenaza que la población más vulnerable sigue teniendo son los que siguen adueñándose del poder real en este país
SAN SALVADOR - Tenemos un sistema de país que sigue reproduciendo vulnerabilidad y desastres. Este sistema, y estas consecuencias, siguen siendo el resultado de la tenencia del poder. Es decir, del cálculo y la decisión desvergonzada del capital, nacional y transnacional, que se ha enriquecido en este territorio llamado El Salvador.
Ciertamente no podemos controlar terremotos o el curso de los huracanes que se originan en las costas de África. Sin embargo, no podemos olvidar que en la historia reciente de nuestro país, se han elaborado decenas, o quizá centenares de investigaciones y estudios especializados y muchos de ellos han contado con la participación directa de comunidades, por los cuales también se han pagado miles, centenares de miles o millones de dólares, para diagnosticar, valorar, recomendar y hasta legislar sobre prevención de desastres. En la ciudad y en el campo. En la cadena volcánica o en las costas. Sin embargo, como país, seguimos sumando fallecidos, heridos, desaparecidos, damnificados, etc. Y seguimos sumando y las marcas… son en la humanidad del territorio.
No debemos aceptar el argumento que “los desastres se construyen socialmente y a lo largo de los años”, a menos que como “guanacos”, aceptemos conscientemente u obligadamente que nuestra vida y la de nuestra familia terminará con una avalancha de lodo y rocas. A contrapelo, incluso, ya hay algunos segmentos evangélicos que argumentan que lo ocurrido entre el 7 y el 8 de Noviembre, de noche, es un “castigo divino”, para explicarse las cosas.
Centenar y medio de muertos en pocas horas es algo más que delincuencia criolla. Muchas instituciones insisten en adjudicar a 355 mm de agua torrencial caídas del cielo en pocas horas lo razonable para entender este desastre, este nuevo desastre de los pobres. Pero disculpen, estos hechos y estas explicaciones son para declarar otra guerra.
La construcción social del país ha sido impuesta por el poder del capital por décadas enteras, creando y reproduciendo miseria y exclusión. La lógica de este sistema siempre se impuso sobre los sectores empobrecidos, y siempre fue con el filo de las bayonetas, imponiendo tablas salariales de hambre, que precisamente rinden aún grandes ganancias, por las riquezas producidas en fábricas, fincas y haciendas. Después de la guerra interna, en la cual los muertos fueron puestos por los pobres, las políticas neoliberales siguieron saqueando con voracidad los bolsillos de los salvadoreños, liderados por la depredación y la usura ejecutada y legalizada por los ricos y su gran oferta de “modernidad”.
El gobierno, que es su obligación, tiene que exigir cuentas apoyándose en estas investigaciones y estudios, que por lo general, nunca han tocado el problema de la propiedad para solucionar los problemas locales de los riegos de las concentraciones sociales. Es por ello que, en gran parte, se habla de mitigación y no de solución real. Además, todos sabemos que de una pirámide, si se quitan los bloques o ladrillos de la base, los demás se desestabilizan y la tendencia normal es la gravedad. Los vistosos volcanes y cerros tienen también su soporte natural hasta en las mismas costas.
Nadie puede negar que la depredación de la industria de la construcción y usurera de la tierra haya sido rampante. También la practica cultural campesina de deforestar para su subsistencia, de la subnutrición, del sub-intercambio comercial de una producción de granos básicos, en fin, de una sub-existencia humana.
Parece entonces que no es lógico marginar al Ministerio del Ambiente con un presupuesto donde, de entrada, se le caen los dientes de leche.
Así, la Procuraduría de Derechos Humanos o el Ministerio del Ambiente, éstos deben de actuar, deben realmente de ponerse estrictos, como las “super instituciones” que la ley les ha otorgado. Estos tienen mucha más capacidad y facultad de hacer “recomendables”: Tienen poder y no lo utilizan con justicia.
No se tiene una bola de cristal para prever los desastres naturales, pero sí podemos decir que hay lógicas naturales estudiadas hasta el hartazgo que indican que no podemos seguir permitiendo, a raja tabla, que comunidades sociales mayoritariamente pobres por, “herencia sistémica”, sean los números fatídicos de una sociedad entretejida por la corrupción, la ratería de las élites, la impunidad, la mala administración y la dolosa organización estatal y nacional.
Tenemos una desgracia nacional endémica: el capital busca y saquea hasta la sangre de las pulgas de las champas de lámina en quebradas y laderas, para hacer riquezas.
Es por ello que el desastre actual, otro, y no es el último, debiera conducir al actual gobierno a adoptar medidas realmente drásticas. Estudios hay. Innumerables y costosos mapas de riesgo, hay. ¿Y entonces?
La mayor amenaza que la población más vulnerable sigue teniendo son los que siguen adueñándose del poder real en este país. Hay que trabajar y no mediatizar las soluciones y no quedar solo en las “mitigaciones”. El cuero ya lo han puesto suficientemente los mayoritarios sectores trabajadores. Estos desastres, sinceramente, ofenden la dignidad nacional.
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