Comentarios mas recientes

2009/11/12

20 años del asesinato de jesuitas: Legado y continuidad

Escrito por Luis Armando González. Noviembre de 2009. Tomado de Contra Punto.

los jesuitas asesinados legaron un proyecto universitario en el cual el saber estaba ligado indisolublemente a la búsqueda de la justicia

SAN SALVADOR - Como si nada, han transcurrido 20 de años desde aquella madrugada trágica del 16 de noviembre de 1989, cuando un comando del desaparecido Batallón Atlacatl –entrenado y financiado por Estados Unidos—  asesinó con lujo de barbarie a Ignacio Ellacuría, a cinco de sus compañeros jesuitas y a Elba Ramos y Celina Maricet Ramos.

Nunca se valorará lo suficiente el legado de Ellacuría y quienes mejor sintonizaron con él en su proyecto universitario al servicio de las mayorías populares: Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López y Juan Ramón Moreno. Juntos formaron un equipo de trabajo de altos quilates intelectuales, pero también profundamente comprometido con el cambio social en El Salvador.  Cada uno de ellos, con su particular talante y potencialidades, hizo lo propio por dotar a la UCA de una identidad propia: una universidad para el cambio social, en la cual –como gustaba decir a Ellacuría— el centro no estaba dentro de ella, sino fuera: en la realidad de miseria y exclusión en la que vivía la mayor parte de los salvadoreños y salvadoreñas.

En este sentido, entre otras muchas cosas, los jesuitas asesinados legaron a El Salvador un proyecto universitario en el cual el saber –un saber riguroso y crítico— estaba ligado indisolublemente a la búsqueda de la justicia y la inclusión de los excluidos. Es decir, se trataba de un proyecto universitario con una opción radical por las víctimas de la violencia estructural y de la violencia institucional, y contrapuesto –en una actitud de beligerancia activa— al poder (económico, político, religioso) y a un ejercicio del mismo que reproducía exclusiones y desigualdades intolerables.

Poner el saber del lado de las víctimas; leer los problemas de la realidad desde las víctimas; hacer de la realidad de las víctimas el criterio último para juzgar la pertinencia y legitimidad de un determinado proyecto económico o político; y crear una institución universitaria en función de las necesidades y exigencias del cambio histórico: esas fueron las grandes tareas que asumieron estos intelectuales jesuitas.  En su conjunto, la realización de esas tareas fue su más grande osadía, no sólo intelectual, sino moral y cristiana.   

Quienes ordenaron terminar con sus vidas lo que en el fondo pretendían era acabar con esa unidad entre saber y liberación que ellos, con lucidez y honradez con la realidad, habían sabido tejer.  Mediante el uso de una violencia atroz, no los dejaron completar su obra. Pero la misma estaba lo suficientemente avanzada y madura como para convertirse en un importante legado para quienes, desde la UCA, decidieron hacerse cargo del mismo una vez que sus creadores fueran brutalmente asesinados.

Un legado intelectual y moral –pues eso fue lo que dejaron los mártires a El Salvador y a la UCA— sólo tiene sentido si quienes lo reciben no lo dilapidan o no lo guardan en el cajón del olvido. Es decir, un legado intelectual y  moral sólo tiene sentido si, además de ser asimilado, es puesto a producir en unas nuevas circunstancias históricas. En la UCA –y esta es una afirmación que nace las convicciones de quien escribe estas líneas— hubo quienes no dilapidaron ese legado y pusieron sus mejores energías y capacidades para mantener vivo el proyecto universitario pensado y concretado por Ignacio Ellacuría y sus compañeros jesuitas asesinados.

Destacan en este empeño, el P. Francisco Javier Ibisate  (1930-2007), cuyos aportes desde una economía crítica siguieron siendo norte, en un ambiente dominado por las modas neoliberales; el P. Jon Sobrino, quien desde la solidez de su teología (liberadora) siguió –y sigue— irradiando la luz y la esperanza de una fe crítica y comprometida con lo hondo de la realidad: la miseria, la exclusión y la violencia; el P. Rodolfo Cardenal, además de historiador de nota, incansable y agudo analista de la realidad nacional, cuya palabra –oral y escrita— marcó la identidad de la UCA en los 18 años que siguieron al martirio de sus compañeros jesuitas.

Junto a ellos, otros jesuitas (entre los que cabe destacar a los Padres Rafael de Sivatte, Dean Breakley, Juan Hernández Pico, Eduardo Valdés y al ya fallecido Jon de Cortina), así  como un grupo de laicos y laicas, hicieron lo propio para que el legado de los mártires siguiera siendo algo vivo no sólo dentro de la UCA, sino fuera de ella.

En estos veinte años, estos universitarios –con las limitaciones que cada uno de ellos pudo haber tenido o con errores que cada uno de ellos pudo haber cometido— dieron lo mejor de sí mismos para que el legado de los mártires no fuera letra muerta. Si toda obra humana está atravesada en su devenir por luces y sombras, las luces de la UCA no son ajenas a los esfuerzos y desvelos de esos jesuitas y laicos. No reconocerlo es una muestra de vileza imperdonable. Una vileza que traiciona la memoria de los mártires. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentarios que incluyan ofensas o amenazas no se publicaran.