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2010/03/31

La Pagina-Modificar un vehículo es tan legal como vender pan francés (y III entrega)Diario digital de noticias de El Salvador

 Cualquier persona puede instalar un taller de reparación de vehículos y si tiene la capacidad hace modificaciones o tuning, la ley no se lo impide

Escrito por Jaime Ulises Marinero.31 de Marzo. Tomado de La Pagina.

De un automóvil se puede modificar todo menos el número de chasis grabado. Absolutamente todo, desde lo más sencillo que es el color, hasta lo más complejo que es el motor.

No hay, en el país, ninguna ley que prohíba la modificación de vehículos, ni siquiera se debe sacar un permiso especial para hacer estas modificaciones. Cualquiera instala un taller y si tiene capacidad hace las modificaciones que se le antojan al cliente.

Es el cliente el que tramita as modificaciones en SERTRACEN por si los cambios son evidentes, por ejemplo si se cambia color y si se cambia la serie de motor. Generalmente el color original se mantiene de fondos y lo que se le agregan son colores artísticos.

LA PÁGINA visitó cuatro talleres donde se modifican vehículos en las colonias La Rábida, Ciudad Merliot, Layco y Miramonte y en todos ofrecieron sus servicios, acompañados de recomendaciones, por precios que oscilan desde $1,000 hasta $25,000, dependiendo del “tuning” (modificación) que se pretenda.

Por $25 mil se deja literalmente un carro nuevo y diferente al original, capaz de alcanzar velocidades altas prohibidas fuera de pistas autorizadas.  Si un auto cuesta $15 y se le invierten hasta $25, queda como un carro que vale unos $75 mil, dice José, quien hace dos años modificó un Mitsubishi.

En el taller Saravia Hinojosa Hnos. el responsable Miguel Solano, señaló que la ley no prohíbe modificar. “Aquí hasta hay talleres que colocan sistemas de gas, lo cual si es peligroso para el conductor y sus acompañantes, pero tampoco es prohibido”, dijo.

Solano aseguró que una buena modificación hace que los vehículos alcancen fácilmente velocidades de hasta 200 kilómetros por hora o más. Generalmente se logran cuando se cambian sistemas de motor de carburados a sistema de inyección.

“Modificamos pick ups, carros deportivos, modelos sedan y hasta microbuses  hemos convertido en autos de carrera. Hasta motocicletas, pues”, dice.  Se modifican de todas las marcas, generalmente vehículos que no pasan de tres años de antigüedad, aunque en ocasiones se modifican autos antiguos, cuyos dueños sienten nostalgia por ellos.

En el taller Silver, uno de los encargados, Julio Alas, explicó que al cliente se le enseñan los modelos que mejor se adapten a su vehículo y se le hace firmar un documento, por si alguna  vez llega una inspección policial y encuentran que se está modificando un  vehículo. “En realidad es un formalismo porque a este taller nunca han venido agentes”, añade.

Recordó que hace dos años  modificaron un wolsvagen  1978 y lo dejaron como nuevo. Prácticamente todo era nuevo, excepto los asientos. Por el trabajo se cobró 10 mil dólares, mucho más que comprar uno nuevo, pero era un capricho del dueño.

Patricio Mira, del taller Racing Fire, señala que las modificaciones son tan legales como vender repuestos. “No hay ilegalidad, uno respeta las generales del  vehículo , a nuestro taller ya han venido inspecciones en busca de vehículos robados, pero nunca han dicho nada por los autos modificados, porque eso es lícito. Es como que usted compre un traje y decida hacerlo más corto o agarrarle a los lados”, ejemplifica.

Hay cientos de talleres donde se modifican, pero son pocos, menos de 50 donde se hacen buenos trabajos para convertir los autos en vehículos de alta competencia, explica.

Mira señala que tan legales son las modificaciones que hasta se anuncian en los periódicos. “ Lo que sí es ilegal es modificar sin el consentimiento del dueño, es decir autos robados y eso sí que no lo hacemos”, apostilló.

Genaro Baires, del taller “Sprint in the Sea”, asegura que ellos modifican los vehículos y que al cliente le corresponde hacer buen uso de esa modificación. “Se entiende que los quieren para correr en pistas, si los usan para carreras ilegales es su problema, nosotros hacemos todo legalmente”, agrega.

Efectivamente un oficial de la División de Tránsito de la PNC señaló que no hay ninguna ley que prohíba modificar un vehículo, el cual debe de mantener los rasgos generales que lo identifican en la tarjeta de circulación, como el número de chasis, el número de motor y el color. Si se le hace un cambio en el motor o el color solo tramitan los cambios en la tarjeta de circulación. Fuera de eso modificar carros es an legal como vender pan francés, reconoce.

Irónicamente si es prohibido circular con vehículos modificados, salvo que sean trasladados para competencias lícitas. Se les imponen esquelas y si son sorprendidos conduciendo fuera de los límites establecidos, entonces son decomisados. Dependiendo de la velocidad  hasta pueden ser arrestados los conductores, acusados de conducción temeraria”.

El oficial acepta que por conducción temeraria solo son arrestados personas ebrias y drogadas, así como quienes son detenidos en flagrancia mientras participan en carreras ilegales.

LA PÁGINA verificó en el plantel Changallo, donde son llevados los vehículos decomisados, que desde 2007 ningún auto modificado ha sido remitido. “Los deben llevar a otro lugar, porque aquí no hay”, dijo un agente.

Asimismo desde el año pasado ningún participante en carreras clandestinas ha sido detenido, pese a que estas se realizan casi todos los fines de semana, en horas de la madrugada en arterias  utilizadas casi siempre como la avenida Jerusalén, el bulevar Constitución, el paseo Escalón, la prolongación del  bulevar de la Orden de Malta, la calle Integración, un tramo de la Diego de Holguín  y la autopista al aeropuerto.

“Eso de las carreras ilegales es cierto, pero se hace difícil lograr detenciones en flagrancias porque se hacen en altas horas de la noche y madrugada y siempre cambian de lugares. Las carreras son ilegales, al igual que las apuestas. Casi siempre son jóvenes de familias adineradas que organizan estas competencias bajo efectos del alcohol y las drogas”, explica un agente de control vehicular.

Para este agente la ley debería de reformarse y prohibir las modificaciones que no sean básicas. Algunos de estos carros parecen discotecas por los parlantes que le adaptan, otros parecen aviones por el turbo que le modifican. Los dejan tan bajitos que un bache o una roca pequeña los puede hacer volcar. Realmente estos muchachos se arriesgan”, dijo.

El agente contó que hace un año aproximadamente se sabía que eran alrededor de 40 talleres, en todo el país, donde se hacían este tipo de modificaciones. Al verificarse la propiedad de los mismos se conoció que eran ex corredores, empresarios, funcionarios, incluso un subcomisionado de la PNC.

“Al  no haber ilegalidad en hacer modificaciones, no hay nada que perseguir. Alguna vez se han recibido denuncias de que se están realizando modificaciones y las inspeccionamos porque pueden ser autos robados, pero si no hay esa condición, nos regresamos”.

“Nos interesa que no tenga chasis modificado, lo demás es problema del dueño del carro. Además cuando alguien choca y le cambian el motor o cualquier parte, eso es una modificación”, indicó.

LA PÁGINA pidió información a la División de Tránsito de la PNC y al SERTRACEN para conocer cuántos vehículos han sido modificados, pero en la PNC dijeron desconocer la cifra y en SERTRACEN dijeron que es un dato privado.

Cada uno de los talleres visitados señaló que al año modifican un promedio de cuatro autos, de los cuales al menos dos son para carreras de alta velocidad. Tan alta que sobrepasa a la ley… a la justicia.

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(3) Comentarios

pajaro | 2010-03-31 07:04:42

A mi lo que me da risa es ver en la calle carros no tan nuevos tuneados "a lo pobre" solo le ponen una bazooka, le pintan unas dos rayitas, le ponen un estereo todo chafa,etc y segun ellos ya han tuneado el nave, por lo general esta gente que les gusta el tunning(tengan $feria$ o sean acabados que andan apantallando) son acomplejados de baja autoestima que quieren llamar la atencion, y por lo general se le puede ver en las carreteras corriendo, exponiendo a los demas, saltando de carril en carril, creo que han visto las peliculas de fast and furious y quedaron traumados

Realista | 2010-03-31 08:43:48

El ser humano por naturaleza disfruta de lo prohibido y lo peligroso, lamentablemente aqui en el pais no tenemos el suficiente sentido comun para manejar algunas cosas y es como darle un arma a un niño . . . puede hasta dispararse a si mismo

Saul | 2010-03-31 09:15:25

Como dice el primer comentario, es cierto sobre los tuning que hacen a carros que mas parecer ataudes que acaban de sacar de la tierra y le ponen rayitas pintadas y en el parabrisas el nombre de el o de los hijos o de quien sabe quien, da risa la verdad. Para el que quiera tener un carro deportivo de verdad y no andar con bayuncadas que dan risa que se compre un EVO X o un Impreza y que se deje de Toyotas 1000. Respecto a la ley, es necesario que se modifique y se incluyen varias cosas como las que aquí mencionan y que además sean multas altas y decomisos de verdad.

Diario digital de noticias de El Salvador

LPG-¿Violencia en los institutos nacionales?

 Escrito por Óscar Picardo Joao.31 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.


La Revista ECA Nº 547-548 de mayo-junio de 1994, de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), presentó en esta edición un número monográfico titulado “La educación en El Salvador”. Eran los albores de la reforma educativa en marcha, en donde la UCA junto a FEPADE y el Instituto para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard llevaban a cabo un profundo diagnóstico coordinado por Fernando Reimers.

En esta revista aparecen dos artículos que permiten interpretar el origen de la violencia en los institutos nacionales: “La educación media en El Salvador” de José Luis Guzmán y Leonor Cariola, y “Problemas y perspectivas de las universidades privadas en El Salvador” de Joaquín Samayoa.

El artículo de Guzmán y Cariola señala que después de la reforma desarrollista de 1968 (Béneke) la matrícula absoluta en educación media aumentó de 15,367 en 1965 a poco más de 100,000 estudiantes en 1992 (608% de crecimiento). Por su parte, Samayoa anota que entre 1979 y 1991 el gasto público en el área social se redujo entre 52% y 55%, presenta además los graves problemas de calidad en el nivel superior y finalmente anota otros datos de matrícula: para 1957, la población universitaria era de 1,648 estudiantes y el número de bachilleres graduados fue de 508 estudiantes, pero en 1970 la matrícula de educación superior ya era de 26,191 estudiantes y en 1991 asciende a 81,773. Finalmente, Samayoa señala que “a comienzos de la década del sesenta, el número de estudiantes que egresaban de la educación secundaria, apto para ingresar a la universidad, había aumentado en forma considerable”. Esto confirma el dato de Guzmán y Cariola.

Entonces la ecuación es la siguiente en tiempos de convulsión política y de migración del talento humano: aumento de la matrícula significativo, más deterioro de la calidad de la formación docente, menos presupuesto educativo, es igual a condiciones propicias para la violencia. En efecto, mientras las aulas de los institutos nacionales desde los años setenta comienzan exponencialmente a saturarse y hacinarse con grupos de 50 y 60 estudiantes, de modo inversamente proporcional, la calidad pedagógica, eficiencia y liderazgo de directores y docentes disminuye; no debemos señalar con simpleza que lo que sucede en los institutos nacionales es una “causa” o “producto” de una sociedad violenta (esto es en “parte” cierto), ya que lo que sucede en estas instituciones es un fenómeno focalizado y con identidad propia que no se da en otros ambientes u organizaciones similares. Lo que se da en los Institutos es un problema de ingobernabilidad educativa por saturación de demanda y poca calidad en la oferta, y una de las manifestaciones de esto es la violencia.

Vale la pena anotar que las actuales autoridades educativas, sin considerar la población en los institutos nacionales urbanos más grandes, se dieron el lujo de borrar de un plumazo el “Programa de intervención y asistencia psicológica para estudiantes, docentes, padres y madres” que desarrollaba la Fundación para la Educación Especial (FUNPRES) en 90 centros educativos de San Salvador y La Libertad desde 2007, con la finalidad de prevenir y mitigar la violencia escolar.

La asistencia técnica especializada que brindaba FUNPRES al MINED —a modo de outsourcing— desarrollaba: atención psicológica, talleres sobre manejo de conflictos, habilidades sociales, liderazgo, apoyo técnico a manuales de convivencia escolar intervenciones con psicoterapia (crisis individual y crisis grupal), charlas de orientación, terapias especializadas en casos de acoso sexual, acompañamientos a audiencias y una considerable cantidad de apoyos. El informe de resultados de FUNPRES demuestra una significativa cantidad de acciones, a modo de apoyo complementario psicopedagógico para el docente y para el director; el programa desapareció y ya comenzamos a ver los resultados.

PD: Señores fotoperiodistas, pidan el DUI antes de capturar imágenes.

¿Violencia en los institutos nacionales?

LPG-¡ Cuánta hipocresía!

A raíz de la acción tomada por la jueza Segunda de Menores en contra de LA PRENSA GRÁFICA por publicar fotografías en las cuales aparece un joven de 17 años asestándole cuatro puñaladas mortales a otro de 18 por el solo hecho de querer arrebatarle una camisa de un instituto contrario, no me cabe más que decir ¡cuánta hipocresía!

Escrito por Nacho Castillo.31 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.

 

Ahora resulta que es delito mostrarle a la población la realidad, informarle sobre los peligros que acechan a los salvadoreños, pero no lo es mandar a un muchacho a un centro de internamiento donde posiblemente lo van a violar o mandarlo a una prisión de mayores donde lo matarán a golpes.

Pura hipocresía. Los que se rasgan las vestiduras queriendo parecer como redentores de la infancia no levantan su voz para rebelarse contra el sistema que no ofrece ninguna posibilidad de rehabilitación, sino que por el contrario, sume al joven en un mundo más maldito del que salió.

Y tampoco dicen nada cuando ven en todas nuestras calles a niños visiblemente explotados por padres que gozan de perfecta salud, pero que los utilizan, inclusive hasta en altas horas de la noche, para vender productos o pedir la limosna. Niños que no alcanzan a llegar a mayores porque mueren entre las llantas de un vehículo mientras trabajan para un padre o una madre que les obligan a llevar a casa determinada cantidad de dinero. Niños que son enviados a la calle y allí aprenden a consumir drogas, ante la “atenta mirada de sus padres”. Y estos últimos, utilizando el dinero que les consiguen sus hijos para embriagarse y seguramente tener más hijos que les ayudarán a aliviar sus podridas vidas.

Saben ustedes que una de las primeras medidas que tomó la actual ministra de Trabajo fue obligar a los supermercados a sacar a los menores de edad de la labor de embolsadores, con lo cual, y trabajando unas pocas horas al día, podían sustentar un poco sus grandes necesidades. Conozco a algunos jóvenes que perdieron su única posibilidad de trabajo honrado, porque no tienen padres que les den dónde vivir y algo de comer.

Pero, ¿estas autoridades no ven la verdadera y gran realidad? Por qué siempre les interesa más la rama que el árbol. O será que no se sienten capaces de enfrentar el problema en toda su dimensión.

Yo quisiera que se castigara a los padres que explotan a sus hijos, que se lleve a la cárcel a los que destruyen una infancia. Que se ponga en tela de juicio al Estado por su complicidad con estos delitos. Basta de desviar la atención de los verdaderos problemas que enfrentan nuestros niños y jóvenes. No es demandando a un medio de comunicación que se hace justicia. Ya es hora de imponer en nuestra sociedad la responsabilidad de ser padre o madre. No podemos seguir haciéndonos los ciegos y sordos con este problema. Son demasiados los niños que están hoy en riesgo, que son sometidos a las peores vejaciones.

¿Y nuestras autoridades? Cuánta hipocresía, Dios mío.

¡ Cuánta hipocresía!

LPG-Buen momento para reflexionar sobre valores

 Durante mucho tiempo, y con todos los efectos adversos que están cada vez más a la vista, los antivalores se han venido imponiendo a los valores, y esa tendencia distorsionadora y destructiva se halla en la raíz de casi todos nuestros males y quebrantos.

Escrito por Editorial.31 de Marzo. Tomado de La Prensa Grafica.

 

Estamos en Semana Santa, y, como todos los años, estos días son propicios para hacer un alto reflexivo en la turbulencia de los sucesos cotidianos y pensar con más profundidad en lo que pasa en el ambiente, y, sobre todo, en lo que nos toca hacer a todos, cada quien según su responsabilidad y dentro de su propia línea de actividad. Es sabido que los períodos vacacionales, como éste, se han ido volviendo más bien oportunidades para descargar tensiones; sin embargo, el dedicar siquiera unos minutos al día a meditar sobre la realidad que tenemos y la que eventualmente nos espera es no sólo ordenador de pensamientos sino saludable como aporte a una mejor convivencia.

Resulta evidente que, ya desde hace tiempos, venimos padeciendo, como sociedad, un agudo déficit en la vigencia de valores fundamentales. Esto tiene diversas causas y raíces, y por ello no puede ser enfrentado responsablemente con una mera prédica en el ámbito educativo. La verdadera escuela de los valores es el ejemplo, y eso lo enseña la experiencia desde siempre; por consiguiente, si queremos que nuestra sociedad enderece su rumbo y se vuelva de veras inclusiva, progresista, estable y pacífica se debe desarrollar y perfeccionar la escuela del ejemplo, que tiene que partir desde los más altos liderazgos. ¿Cómo se puede pretender que los valores prosperen si desde arriba se dan recurrentes ejemplos de irresponsabilidad, de prepotencia, de abuso y de impunidad?

Es imprescindible que la práctica de valores –y, para empezar, los valores derivados de la enseñanza y del ejemplo de Cristo– permee toda nuestra realidad. Sólo a partir de ahí es posible esperar que las cosas vayan mejorando de manera segura y consistente.

Edificar la convivencia pacífica

Desde la firma del Acuerdo de Paz, hace ya más de 18 años, en nuestro país toma forma creciente un dinamismo nacional que apunta hacia la consolidación de la democracia y de la armonía social en el país. El proceso evolutivo avanza en esa línea, pero este avance no puede ser mecánico, sino que tiene que estar movido por la conciencia ciudadana, en sus diversas manifestaciones, desde las voluntades individuales hasta las fuerzas colectivas que interactúan en el ambiente nacional.

La convivencia pacífica sólo puede edificarse con solidez y sostenibilidad si la base son los valores. El respeto, la tolerancia, la solidaridad, la honradez y el orden deber ser asegurados por la debida práctica social e institucional; y, al fondo, valores como el amor al prójimo iluminan todo el sistema de vida. Es muy importante trabajar en serio en el despliegue y en la consolidación de los valores, y debería haber un proyecto nacional orientado a ese fin superior.

Durante mucho tiempo, y con todos los efectos adversos que están cada vez más a la vista, los antivalores se han venido imponiendo a los valores, y esa tendencia distorsionadora y destructiva se halla en la raíz de casi todos nuestros males y quebrantos. Al respecto, es hora de pasar de las expresiones generales a una política social e institucional que tenga capacidad de impactar en el curso de los hechos. Esa será la mejor manera de asegurar el progreso y garantizar la paz en el país.

Buen momento para reflexionar sobre valores

El Faro - Romero para judíos - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

El siguiente artículo nos muestra que el mensaje de Monseñor Romero cruza las fronteras geográficas y de las denominaciones religiosas. El conocido escritor judío rabino Or N.Rose reflexiona sobre las lecciones espirituales que Monseñor Romero dejó como legado para todas las personas de buena voluntad. El rabino Rose es profesor en la Escuela de Rabinos de Hebrew College en Newton, estado de Massachusets. Sus artículos aparecen en las principales revistas judías como Tikkun. Él es coeditor del libro Righteous Indignation: A Jewish Call for Justice (Jewish Lights Publishing, 2007).

Or N. Rose

Coordinación de sección y traducciones por Héctor Lindo-Fuentes.31 de Marzo. Tomado de El Faro.

Oscar Romero todavía no es muy conocido en círculos judíos. Él no tuvo el tipo de éxito político que lograron Mahatma Ghandi o Martin Luther King Jr., y por lo tanto no ha recibido el mismo tipo de alabanza universal. Además, aunque muchos de los escritos de Romero han sido traducidos al inglés, su lenguaje religioso, con su fuerte énfasis en motivos cristianos clásicos como el martirio de Jesús y la resurrección (a diferencia del uso selectivo de estos tropos que hacía Martin Luther King) es incómodo y poco atractivo para los judíos. Pero sería un error que la comunidad judía ignorara a Romero, una de las grandes personalidades religiosas del siglo veinte. Aunque no es fácil traducir todas sus enseñanzas a la terminología judía, hay mucho en su biografía, sus cartas y sus sermones que nos puede ayudar a profundizar nuestro trabajo como activistas espirituales.

Para Monseñor Romero el decir la verdad a los poderosos se convirtió en camino de esperanza, el responder al odio con el amor en camino de salvación. Apenas dos meses antes de su asesinato dijo:

“… yo quiero reafirmar mi convicción como hombre de esperanza, de que vendrá un nuevo rayo de salvación. Y a esto quiero animar yo a quienes tienen la bondad de escucharme. Nadie tiene derecho a hundirse en la desesperación, todos tenemos el deber de buscar unidos nuevos canales, y a esperar activamente, como cristianos.”

Para Romero, la esperanza no significaba que la salvación llegaría a su pueblo con rapidez o que él iba a vivir para ver el florecimiento pleno de la liberación de El Salvador. De hecho, en los últimos meses de su vida el arzobispo abrazó con serenidad la posibilidad de que iba a ser mártir de su causa. Con Jesús como modelo, Romero creía que si lo asesinaban su muerte fortalecería a su pueblo, inspirando a los salvadoreños a llevar el conflicto a su conclusión. “Que mi sangre sea semilla de la libertad y la seña de que la esperanza será pronto una realidad.” Romero llegó a decir que si lo mataban él se levantaría de nuevo. “He de decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección: Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

Para los salvadoreños de hoy Monseñor Romero realmente está vivo, acompañándoles e inspirándoles en sus afanes diarios. Al viajar por el campo uno ve numerosos murales, fotografías, carteles y ropa con la imagen y las palabras de Romero. Aunque ya terminó la guerra civil, la pobreza y el derramamiento de sangre continúan. La brecha entre ricos y pobres sigue creciendo y la actividad criminal violenta atormenta a la juventud. Precisamente por esta razón el espíritu de Romero sigue siendo tan importante para su gente—él continua proclamando la “buena nueva”, urgiendo a su pueblo a perseverar ante la adversidad.

Como estudiante judío de la vida y enseñanzas de Romero, me siento enriquecido y desafiado en mi encuentro con este sacerdote visionario. A través de su biografía el Arzobispo demuestra que siempre es posible teshuvah (el arrepentimiento), que incluso un sacerdote conservador de cincuenta y nueve años de edad puede superar su timidez y convertirse en campeón de la causa de la justicia social. Romero nos enseña que para ser una persona religiosa es necesario tomar acción en el mundo, y que es pecaminoso esconderse detrás del velo de la neutralidad. Como dijo Abraham Joshua Heschel, “en una sociedad libre algunos son culpables, todos somos responsables”. Al igual que Maimónides y otras autoridades judías en el campo de la ética, Romero nos instruye que no solamente debemos apoyar a los pobres, sino que también debemos ayudarles a tomar el control de sus propias vidas.  De hecho el Arzobispo va más allá que la mayoría de las autoridades judías al exigir que seamos humildes y veamos a los pobres como a nuestros maestros. Romero también nos recuerda que se paga un precio cuando uno se planta firme ante la injusticia, y que en los casos extremos puede ser necesario entregar la vida (mesirat nefesh) por lo que es bueno y correcto. Finalmente, nos ruega que no perdamos la esperanza—que recordemos siempre que Dios ama la vida y que “el amor es fuerte como la muerte” (Cantar de los Cantares 8:6).

Que la memoria de Oscar Arnulfo Romero nos bendiga—zekher tzaddik v’qadosh livrakhah.

Una versión más completa de este artículo se encuentra en Tikkun Magazine, Julio/Agosto 2005. http://www.tikkun.org/article.php/Rose-remembering-romero

Opinión - Romero para judíos - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

El Faro - Monseñor y las demás víctimas - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

Escrito por Álvaro Rivera Larios.31 de Marzo. Tomado de El Faro.

Es un hecho positivo que el Estado reconozca su responsabilidad en el caso de Monseñor Romero. Que el parlamento decida instituir un día para recordar al Arzobispo es otro hecho positivo. Aún reconociendo el alto valor simbólico y ciudadano que tienen las dos decisiones, admitámoslo, son insuficientes, si se presentan como medidas aisladas que no forman parte de una política general de la memoria y de trato justo para todas las víctimas.

No exijo la justicia total, no se apresuren, sólo señalo una posible limitación. Ambas decisiones constituyen actos simbólicos y lo lógico sería que formasen parte del contenido de una política más amplia en otro sentido: las instituciones del Estado fueron responsables, durante el conflicto, de impulsar y tolerar ciertas formas de terrorismo, pero el tejido de las responsabilidades, en torno a los crímenes de guerra, abarca a todos los sectores de la sociedad civil salvadoreña. Y es por eso que la ceremonia del perdón es insuficiente, si sólo se verifica en la cima institucional, sin involucrar a todas fuerzas políticas y sujetos privados que participaron en casos como el asesinato de Monseñor Romero.

Por las razones que sea, y aún reconociendo el gran valor del proceso de paz que nos sacó de la guerra, es indudable que no fue acompañado por una catarsis colectiva. Dado que toda la sociedad se involucró en el conflicto, toda la sociedad tenía que haberse enfrentado a lo que hizo para reconocerlo y asumirlo en su verdad, sin coartadas vergonzosas, y para así trascenderlo en el arrepentimiento y la elección de otros valores. La reforma institucional tenía que haber ido acompañada por una reforma ética que involucrase a la comunidad salvadoreña en su conjunto y eso, por las razones que sea, no fue posible y quedó pendiente.

La ausencia de esa catarsis colectiva, la ausencia de esa reforma  moral, ha dejado incólume toda una muralla de justificaciones y actitudes que nos alejan de la verdad y que mantienen vivas de forma vejatoria muchas heridas que dejó el enfrentamiento.

Es por eso que una política de la memoria debe partir de un enfoque integral y alejado del partidismo miserable. Entiendo por integral al enfoque del problema que involucre al Estado y a la sociedad civil, dado que ambos, en diverso grado, jugaron un papel a lo largo de los múltiples avatares del enfrentamiento.

El partidismo miserable sólo tiene en cuenta a sus víctimas y sólo las tiene en cuenta como arma de desgaste político del adversario. Una política integral de la memoria y la verdad debe partir del principio de que la ley es igual para todos y de que la ley tiene como objetivo primordial hacerles justicia a todas las víctimas y no beneficiar o dañar a un partido. No es coherente exigir que se dilucide la verdad en casos como el de Monseñor Romero, cuando se mira para otro lado y se guarda silencio ante las implicaciones políticas y morales que subyacen en los  crímenes cometidos por Mayo Sibrián. Hay que asumir la verdad tanto si nos daña como si nos beneficia políticamente.

Asumir la verdad histórica que nos daña debería de ser parte de nuestro aprendizaje cívico. Quien no se enfrenta a los horrores y los errores que cometió durante la guerra, continúa justificando lo injustificable y de esa forma mantiene vivas las heridas.

Monseñor simboliza a las víctimas, pero no es todas las víctimas. Ya que el Estado reconoce su cuota responsabilidad en el caso, dado que no investigó el asesinato del sacerdote ni castigó a los responsables del crimen, lo lógico es que también asuma otra esfera de sus responsabilidades. Por ejemplo, la presencia del Estado se haya detrás de miles de secuestrados y desaparecidos. Sería positivo que se hiciera algo por todas esas madres que no saben dónde están los huesos de sus hijos, para que puedan al menos darles una tumba. Y aquí no hablo de juzgar a nadie, sólo hablo de buscar mecanismos para que aquellos restos que aún puedan ser localizados se entreguen a sus familiares. No tiene sentido perpetuar ese dolor.

Si el homenaje a Monseñor sirve como paso simbólico para ir acercándose a otras medidas, hay que celebrarlo. Pero si se homenajea a Monseñor para dejar las cosas tal como estaban, hay que exigir reparación para las víctimas que no tienen nombre. Y cuando hablo de víctimas hablo de “todas las víctimas”.

Una cosa es exigir y otra preparar las condiciones para que nuestras exigencias puedan hacerse realidad. La polarización dogmática y sectaria de algunos sectores maximalistas de la derecha y de la izquierda constituye un obstáculo para alcanzar acuerdos y medidas más profundos. Los acercamientos y las respuestas parciales siempre les parecerán insatisfactorios a quienes lo exigen todo. Que no se pueda obtener todo, no ha de servir como excusa para no trabajar en la construcción de una circunstancia en la cual la madurez cívica nos permita asumir mayores cuotas de verdad y justicia. En la actual situación, a todas luces, nos falta madurez política para asumir y asimilar la verdad, si la tuviéramos a mano completamente no sería extraño que acabase dañándonos. Pero si se hace con madurez y sin oportunismos partidistas, pensando más que todo en las familias de las víctimas, creo que se puede empezar a gestionar la búsqueda de los desaparecidos. Un primer paso es que el Estado asuma su responsabilidad en este asunto. Esto hay que plantearlo.

El mejor homenaje que se le puede hacer al sacerdote asesinado es la asunción colectiva de la verdad de lo que sucedió en la guerra. Uno de los mejores homenajes que se le puede hacer al sacerdote y  a los valores que él representa es darle una respuesta a casos como el de las niñas Serrano o a casos como el de los miles de desaparecidos que dejó la guerra. Lo simbólico, por lo tanto, debe refrendarse en los actos, de lo contrario puede servir para disimular la ausencia de una auténtica política de trato reparador para todas las víctimas. Hay que intentarlo.

Para enfrentar estos problemas, nos vendría bien el talante humanista y ponderado de Monseñor Romero. Como ocurre con tantas de las figuras morales que invocamos y hacemos nuestras, no siempre somos fieles a su ejemplo y a su espíritu. La humanidad de Romero trasciende la miseria moral de aquellos conservadores que citan su nombre, al mismo tiempo que tratan de justificar la figura de sus asesinos. Una cosa es el intento de comprender a los verdugos de Monseñor Romero y otra distinta es justificar sus actos. Esa misma humanidad de Romero, en su talante crítico y ecuánime, sobrevuela y trasciende la estrechez moral y política de muchos de sus presuntos seguidores actuales. Hacerle justicia al sacerdote es importante, pero ese acto de justicia no puede ser un acto parcial y partidista, ha de formar parte de una visión más amplia que juzgue también aquello que la izquierda hizo durante la guerra y a lo que todavía no se ha enfrentado de una forma profunda, radical, humana. La verdad y la justicia, aunque se hallen condicionadas socialmente, son valores que gozan de una autonomía relativa y que, por lo tanto, juzgan y definen ciertos actos sin dar preferencia a un partido. Ante la justicia burguesa y la proletaria, los asesinatos que cometió la organización de Mayo Sibrián son hechos hasta cierto punto verificados cuya definición, como crimen de guerra, no admite duda. No pretendo decir que “todos fuimos malos” y que, por lo tanto, nadie es responsable moral y políticamente de lo que hizo. Sólo sugiero que cada uno de nosotros, al reclamar verdad y justicia, debe asumir también la parte de verdad que le corresponda, aunque se queme. Este es uno de los mejores homenajes que le podemos hacer a Monseñor Romero, acercarnos a su radicalidad humana y ecuánime.

A Monseñor lo mataron porque sobrepuso los valores cristianos a la política divorciada de la moral. El mejor homenaje que le podemos hacer es luchar cada día por acercar la ética a la política. Quienes por intereses políticos y personales obstaculizan la búsqueda ecuánime de la verdad y la justicia, aunque digan grandes palabras acerca de Monseñor Romero, aunque lo celebren, en la práctica están traicionando su legado.

PD/Dedico este artículo a la memoria de mi querida amiga Carminda Castro Sánchez, secuestrada y desaparecida en 1982. La extrañan sus padres, la extrañan sus hermanos, la extraña su hija, la extraña su linda nieta. Quienes sepan dónde están los restos de Carminda, por misericordia podrían decirlo. Ya no tiene sentido perpetuar este dolor.

Opinión - Monseñor y las demás víctimas - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

El Faro - Nadie por encima de la ley - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

Escrito por Ricardo Ribera.31 de Marzo. Tomado de El Faro.

“La justicia es como la serpiente, que sólo muerde al que va descalzo”. Es una frase de Monseñor Romero. Su vigencia se mantiene, por desgracia. A treinta años de su asesinato, éste sigue impune. Los que lo mataron no iban descalzos, por el contrario, los unos usaban botas militares, calzado fino los otros. La identidad de los autores, materiales e intelectuales, circuló desde hace ya mucho, primero como rumor, después como evidencia cada vez más firme. Hay un clamor por que se haga justicia, en éste y en otros casos emblemáticos. Si no se enfrenta el pasado, éste nos atropella. Hacerle justicia al pasado ha de servir para construir un futuro más justo, para que el presente deje de ser tan injusto.

Tras el magnicidio estaba gente muy poderosa, en la política y en el mundo de los negocios. Es muy grave. Se menciona al hijo de un ex–Presidente de la República, al dueño de uno de los diarios de mayor circulación nacional, a varios de los dirigentes históricos de un partido de derecha que ha sido gobernante. El partido Arena ni siquiera existía en esa época, no fue sino año y medio más tarde que fue fundado. Pero ya que su fundador aparece reiteradamente incriminado, los dirigentes actuales de este partido deberían ser los primeros interesados en que el crimen se esclarezca, bien sea para exonerar a su principal ícono político, bien para emprender una decisiva transformación que desvincule a su instituto de un pasado cuyas sombras tenebrosas ensombrecen su propio futuro.

En la negociación ambas partes acordaron conformar la Comisión de la Verdad. El objetivo era esclarecer casos – no de las 70 mil víctimas civiles del conflicto, cosa prácticamente imposible– sino de los “graves hechos violatorios” que más conmocionaron a la sociedad y al mundo. Al hallarse “patrones sistemáticos” sería suficiente incluir una decena de los crímenes más connotados para superar la situación de impunidad. A los dos días de recibir el Informe de la Verdad, el Presidente Cristiani, usando la iniciativa de ley que le confería el cargo, presentó un anteproyecto de ley de amnistía. Eso fue un año y dos meses después de la firma de los Acuerdos de Paz. La Asamblea Legislativa de la época, con los votos de Arena, PCN y PDC, en pocos días aprobó el pedido presidencial. Quedaba impedido de tal forma dar inicio a los procesos judiciales que recomendaba la Comisión de la Verdad. Resultaba garantizada la impunidad. De ahí la exigencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de que la ley de amnistía sea revocada. De ahí el reiterado llamado de la sociedad al presidente actual de que también él haga uso de su prerrogativa de tener iniciativa de ley.

No se puede utilizar la figura emblemática de Monseñor Romero en lo que conviene, por ejemplo afirmando que será el guía espiritual del gobierno, y distanciarse de la misma en lo que no conviene, por ejemplo para facilitar la “unidad nacional” que se quiere impulsar. Poco y mal se podrá edificar sobre la base del consenso si éste significa encubrimiento, complacencia, impunidad, perdón y olvido para criminales desalmados. Algunos de ellos, ya fallecidos, tal vez hayan recibido el perdón del Todopoderoso, si es que se arrepintieron a tiempo. Otros siguen viviendo entre nosotros, sin haber dado muestras de tal arrepentimiento, burlándose de la justicia humana y probablemente también de la divina. Unos callan y otros incluso siguen empeñados en justificar el atentado, buscando crear la impresión de que la víctima era en el fondo culpable, que “él se lo buscó”, que fue una muerte por “razón de estado”, que fue un mal menor.

Tampoco resulta tolerable la actual campaña mediática alertando contra la “politización” y “utilización” de la figura de Monseñor. Sobre todo porque quienes participan hoy en ella, en su momento fueron parte de un coro contra Monseñor Romero – lo mismo, a finales de la década, contra los jesuitas– que con la difamación y calumnia preparó el terreno para que el magnicidio pudiera parecer justificado. El papel de complicidad excede lo ético y bordea los límites de la acción delictiva. Envenenaron la mente de muchos, hicieron del odio una bandera, mintieron, trataron de engañar a la opinión pública. En el caso jesuitas, quien dirigió la cadena nacional fue premiado más tarde con un alto cargo en la Inteligencia del Estado y más recientemente como asesor para temas de seguridad de un partido político. Quien dirigía el órgano judicial contribuyó a impedir la investigación y a que no se hiciera justicia, e igual reaparece ahora en instancias de dirección del mismo instituto político. Es decir, el pasado está ahí nomás, inserto en nuestro presente, activo todavía, nefasto, aunque afortunadamente cada vez menos influyente.

Por el papel y responsabilidad de los medios de comunicación, no todos, pero sí varios de los principales, es por lo que hay que poner atención a las prerrogativas que éstos reclaman. Exigen, simple y llanamente, ayer como hoy, estar por encima de la ley. El caso más reciente, la publicación de las fotos sin velar el rostro y dando la identidad completa de un menor en el momento de cometer un homicidio, grotesco y horrendo sin duda. La ley es clara al respecto y no se puede alegar ignorancia de la misma. De hecho, el periódico publicaba la edad probable del hechor, de 17 años. Estamos ante un claro desafío a la ley, ante un reclamo por situarse por encima de la misma, así como ésta les confiere impunidad a los medios si incurren en los delitos de difamación y calumnia.

Montan una tremenda campaña contra la jueza, la cual no hace la ley, está simplemente obligada a aplicarla. Quien no esté de acuerdo con las protecciones que brinda a los menores la Ley Penal Juvenil que acuda al órgano legislativo con sus argumentos, como de hecho se ha terminado haciendo. Lo que es un precedente funesto es el atropello de la norma legal por quienes, por ser “el cuarto poder”, se consideran por encima de la ley. En vez de educar y orientar a la población, priorizan agendas mediáticas y políticas de manera irresponsable. Lo peor, solicitan y obtienen solidaridad de la asociación de dueños de los medios en la región latinoamericana, que emite un comunicado sobre la necesidad de privilegiar el “derecho de expresión”, el “derecho de información” y la “libertad de prensa” por encima de cualquier otra consideración. Es decir, el derecho – sin límites, ni éticos ni legales– para publicar y difundir lo que les venga en gana. Señores: así no se construye democracia, ni se favorece la causa de la justicia.

Opinión - Nadie por encima de la ley - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

El Faro- Las lecciones de Romero - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

Editorial. Por El Faro.31 de Marzo.

Treinta años después del asesinato de Monseñor Romero los salvadoreños hemos reivindicado su lugar como el más universal y el más trascendente de entre los nuestros. A pesar de los reiterados intentos, drante tres décadas, de minimizarlo por parte del Estado, de los más grandes medios de comunicación, del sector más conservador de la Iglesia católica y evangélica y de alguna parte del gran sector privado, la figura de Monseñor Romero ha sobrevivido y se ha consolidado entre la gente, entre su pueblo.

Este aniversario de su muerte será recordado por mucho tiempo, porque marca el inicio de una nueva etapa para su figura: ha gozado, por fin, de un reconocimiento oficial por parte del Estado. Ha sido conmemorado masivamente incluso por aquellos que celebraron su muerte porque la resistencia al empeño de los que han buscado el olvido ha transformado el aniversario en objeto obligado de homenajes, de grandes conmemoraciones, de cobertura mediática y de atención general.

Aquí mismo, en estas páginas, una publicación sobre los asesinos de Monseñor Romero fue apropiada en segundos por miles de lectores que no solo saturaron nuestro servidor sino que comenzaron a compartirlo a través de distintas plataformas: el correo electrónico, las redes sociales como Facebook y Twitter y los blogs que sirvieron de espejo a un material cuya lectura fue casi imposible durante las primeras 24 horas  debido al tráfico en nuestro sitio web.

Más de 200 mil visitas solo en El Faro, además de las múltiples impresiones y fotocopias para compartir el material entre personas que no tienen acceso a internet, y la reproducción del material en grandes medios de toda América Latina demuestran que la figura de Monseñor Romero es más vigente que nunca, que un asesinato que no ha sido aclarado oficialmente en tres décadas es de interés universal y que es mentira que los salvadoreños no queremos ver el pasado. Los salvadoreños demostramos contundentemente  la semana pasada que estamos ansiosos por conocer más de nuestro pasado y que solo así podemos entendernos mejor.

Los salvadoreños también demostramos otra cosa: que nuestras aspiraciones de conocer más de nuestro pasado se ejercitan con un poder propio, ciudadano, independiente de las decisiones oficiales y del silencio sintomático de algunos medios de comunicación. Que nadie nos puede ordenar no hablar del pasado con el argumento de que eso es reabrir heridas.

Averiguar qué nos pasó y determinar responsabilidades históricas es un paso gigantesco para combatir la impunidad; para mandar el mensaje claro de que tarde o temprano habrá que pagar un costo por la comisión de delitos. Y hoy, en nuestra sociedad, la impunidad es la principal responsable de la violencia y el crimen organizado que nos mantiene sacudidos. La naturaleza de la violencia actual es distinta a la de hace 30 años, pero la impunidad es similar.

Para poder repetir, como hacemos con esperanzas cada conmemoración de los acuerdos de paz, que nunca más queremos volver a una guerra civil, que nunca más queremos ver la sangre derramada en el nombre de la patria, que nunca más queremos hacer monumentos a los caídos porque nunca más queremos caídos, debemos saber también cómo alcanzamos esos niveles de insanidad, cómo comenzamos a matarnos unos a otros. Y debemos volver, otra vez, a las condiciones estructurales, para decir también nunca más una pobreza extrema, nunca más el abuso de poder, nunca más el olvido, nunca más la violencia, nunca más la impunidad. Ese es, precisamente, el gran legado de Monseñor Romero: el combate constante, insoslayable, contra la pobreza, contra la impunidad, contra el abuso, contra la violencia, contra la injusticia, contra la opresión. Y siempre del lado de los más débiles, de aquellos que no tienen poder de decisión pero que siempre son los primeros en sufrir las consecuencias de las decisiones de los que sí pueden.

Opinión - Las lecciones de Romero - ElFaro.net El Primer Periódico Digital Latinoamericano

Contra Punto-Sociología y cambio político en El Salvador

Escrito por Luis Armando González.31 de Marzo. Tomado de Contra Punto.

Hay un cambio político lento que no se está convirtiendo en dinamizador de los cambios que se están fraguando

SAN SALVADOR

- Para abordar la temática “Sociología y cambio político en El Salvador” es pertinente dar un rodeo que supone, ante todo, hacer un planteamiento general en torno a la constitución de la sociología como ciencia, así como en torno a las problemáticas asociadas a esa constitución.

Dicho lo anterior, lo primero que se tiene que apuntar es que la sociología como ciencia surge en un contexto de cambios no sólo políticos, sino también económicos, sociales y culturales. Estos cambios se articulan alrededor de la revolución industrial y la consolidación del capitalismo de libre competencia propiciado por aquélla. Estamos situados en la segunda mitad del siglo XIX, que es cuando el capitalismo está a las puertas de irrumpir en el escenario mundial en lo que Vladimir Ilich Lenin llamó su fase imperialista.

La sociología se constituye en ese escenario de auge capitalista; y surge para intervenir –como potenciadora de los mismos— en esos cambios. Es decir, la sociología, en su constitución como disciplina científica, es un saber transformador. Sin embargo, lo es como un saber científico. Lo cual quiere decir que busca articular en su quehacer las dos exigencias que, desde Kant, se consideran imprescindibles para cualquier ciencia: (a) las formulaciones teóricas (con un conjunto de conjeturas e hipótesis sobre la realidad social) y (b) criterios experimentales específicos para lo social, siempre difíciles de establecer y de poner en práctica.

De esta doble exigencia de cientificidad se derivará una primera línea de clasificación entre autores y corrientes de la sociología: los teóricos, con sus contribuciones –no exentas muchas veces de una enorme carga especulativa— sobre la naturaleza de lo social y los experimentadores, con sus afanes de diseñar pruebas y mediciones sujetas a revisión y previsión cuantitativa. Y, entre unos y otros, el quehacer sociológico cotidiano, con sus contribuciones más inclinadas hacia lo teórico o hacia lo experimental, sin abandonar completamente –como debe ser— ninguno de los dos terrenos. Asimismo, en esta convergencia (o divergencia) entre teoría y experimentación radica una de las líneas centrales de los debates que han caracterizado a la sociología desde siempre.

Ahora bien, como ya se dijo, la sociología pretende intervenir en la realidad social, potenciando los cambios que en esta realidad se van fraguando. Hay dos caminos de intervención posibles: la reforma social y la transformación revolucionaria. Y los sociólogos y las sociólogas más conscientes de las opciones y compromisos de su profesión van a insertar su quehacer en una u otro camino. Habrá quienes, no obstante, presumirán de una neutralidad (y objetividad) a toda prueba, pero incluso éstos terminarán asumiendo un compromiso con una determinada forma de intervención social.

Asimismo, esta es otra línea de separación (y de clasificación) de autores y corrientes en la sociología: la que separa a reformadores y revolucionarios –y, junto a ella, la que separa a “comprometidos” y “neutrales”—. Su punto de encuentro es la convicción de que el saber sociológico debe servir para potenciar o promover cambios en la realidad social. Su descuerdo obvio apunta a la profundidad o no (a la mayor o menor radicalidad) de esos cambios.

Eso no quiere decir que el sociólogo o la socióloga “inventa” la necesidad del cambio social, ya sea revolucionario o reformista. La tarea del profesional de sociología es identificar –a partir de un uso adecuado de los recursos conceptuales y analíticos de la disciplina— esa necesidad en la realidad social. Una vez hecha esa identificación, el sociólogo o la socióloga no se opone a ella, sino que la potencia. Este es el ethos sociológico: el modo de ser esencial del sociólogo o la socióloga.

Obviamente, en la práctica ese ethos se ha traicionado de muchas maneras. Básicamente, se pueden señalar tres formas de traición: (a) el sociólogo (o la socióloga) no ha sabido identificar la necesidad (condiciones o posibilidad) de un cambio en una determinada realidad social, y ello debido a la pobreza de sus herramientas teóricas; (b) el sociólogo (o la socióloga) se ha opuesto al cambio social o no ha hecho nada para promoverlo; y (c) el sociólogo (o la socióloga) ha “inventado” la necesidad del cambio ahí donde el mismo no era posible, convirtiéndose en el promotor de programas de trasformación social irrealizables en la práctica. Esta es, sin duda alguna, una tercera línea de demarcación (y clasificación tripartita) de las corrientes y autores en la sociología.

Veamos ahora de forma muy somera la situación de cambio político en El Salvador y el aporte de la sociología a ese cambio.

Hay razones para sostener –aunque habrá quienes estén en desacuerdo— que en nuestro país se está viviendo un cambio político importante, pero que no se corresponde a –que va a la zaga de— las necesidades de cambio social y económico que exige la realidad salvadoreña en estos momentos.

Es decir, lo que tenemos es un cambio político lento, que como tal no se está convirtiendo en dinamizador de los cambios que se están fraguando –con una lógica propia— en otras esferas de la realidad social. Se trata de cambios que, por otra parte, amenazan con desbordarse fuera de los cauces institucionales-legales establecidos. Seguimos atrapados en la visión –discutible en muchos sentidos— de que es la esfera política la que debe servir de remolque para las dinámicas sociales, económicas y culturales. Esto es, la idea de que lo primero y más importante es el cambio político: lo demás vendrá por añadidura. Quizá haya que darle vuelta a esta formulación y reflexionar seriamente si acaso no son los cambios sociales, económicos y culturales los que deben empujar a la esfera política más allá del punto de inercia en el que se encuentra.

¿Y la sociología? Por lo menos es una primera mirada –que habrá que profundizar más— no está aportando nada (o está aportando muy poco) a la identificación de los procesos reales de cambio que se están generando en la sociedad salvadoreña. No se ve a los sociólogos como opuestos a esos procesos; tampoco se los ve como “inventores” de necesidades de cambio: se los ve como no presentes en la generación de conocimientos sobre la realidad social, económica y política salvadoreña. Lo cual, de ser cierto, es grave, porque ello supone una traición radical al ethos sociológico.

Esa “no presencia” merece una explicación que apuntaría, entre otros factores, a la debilidad de la profesión; a la inexistencia del ethos sociológico, a la discontinuidad generacional y la vigencia de una cultura sociológica que menosprecia el rigor teórico y la investigación de mediano y largo plazo. A esto se suman las rivalidades menores, los pequeños (pero cotidianos) conflictos entre colegas, las ambiciones de poder, las ansias de conservar (o conseguir privilegios)… En fin, lo que de humano hay en toda profesión, por más excelsa que sea.

Poner a la sociología a la altura de las necesidades de cambio que se están gestando en El Salvador pasa por recuperar la potencialidad teórica de la disciplina y por poner esa potencialidad al servicio de investigaciones de mediano y largo plazo. Sin embargo, ambas cosas exigen un sostén institucional que hoy por hoy adolece de severas debilidades. Exigen también fortalecer a la profesión y dignificar a quienes se dedican a ella.

Sociología y cambio político en El Salvador

EDH-Los "semáforos" de Monseñor

Escrito por Federico Hernández Aguilar. 31 de Marzo. Tomado de El Diario de Hoy.

No me gusta la "versión" de Monseñor Óscar Arnulfo Romero que pretende ofrecerle al mundo el Padre Jon Sobrino. Tampoco me adhiero a la reseña que sobre nuestro obispo asesinado escribió, para una reciente celebración litúrgica en nuestra Catedral de San Salvador, el cura brasileño Pedro Casaldáliga. Y no extraña, claro, que fuera precisamente el jesuita español quien leyera, para tal ocasión, las panfletarias líneas del teólogo sudamericano, famoso también por sus encendidas reyertas contra el Vaticano.

Con motivo del trigésimo aniversario del magnicidio, Casaldáliga le dijo a la feligresía salvadoreña, usando los labios de Sobrino, que "siempre y en todas las circunstancias la memoria del martirio es una memoria subversiva". Para luego agregar: "San Romero nos enseña que vivamos una espiritualidad integral, una santidad tan mística como política… Él nos espera en la lucha diaria contra esa especie de «mara» monstruosa que es el capitalismo neoliberal…".

Convirtiéndolo en anacrónico defensor de la Teología de la Liberación de raíz marxista, Casaldáliga se vale hoy de aquella exhortación de Monseñor contra el "ateísmo capitalista" —el que termina sustituyendo a Dios, en el corazón humano, por los bienes materiales— para acto seguido promover, entre las "causas mayores" de nuestro tiempo, "la igualdad de la mujer en los ministerios eclesiales". En otras palabras, seguir de verdad a «San Romero» implica, según lo entienden Casaldáliga y Sobrino, no sólo adscribirse a una lucha política determinada (con un adversario ideológico bien definido), sino denunciar aquellas posturas de la Iglesia que no cuadran a nuestros variopintos pareceres.

Descreo sin tapujos de ese Monseñor Romero que los teólogos de la liberación pretenden embarrar de epistemología marxista y hermenéutica hegeliana, prefigurándolo como el seguidor natural de un Cristo "historizado" que tal vez no se sabía a sí mismo "Hijo eterno del Padre". No se me hace muy cristiano usar la palabra de un sacerdote de Dios para arremeter contra la Iglesia que amaba tanto.

Fue Monseñor Ricardo Urioste, a mi juicio, quien mostró en Catedral una mayor identificación con la misión pastoral de nuestro Arzobispo asesinado. Fue él quien «aclaró» que Óscar Arnulfo Romero "se dirigió por la Teología de las Bienaventuranzas de Jesús", es decir, por los mandatos de amor que se encuentran en el Evangelio. Y cuando la sola mención del Alcalde de San Salvador (presente en la Catedral) provocó la rechifla y los insultos de cierta parte de la concurrencia, Monseñor Ricardo Urioste levantó su voz sin temblar: "¿Saben qué les diría Monseñor Romero? Que no han aprendido a ser cristianos todavía, porque debemos respetarnos unos a otros… Eso es lo que el Evangelio nos enseña, eso es lo que Jesús nos enseñó, y eso es lo que Monseñor Romero vivió".

El Padre Sobrino leyó un discurso destinado a arrancar los aplausos "del pueblo". Y lo consiguió, puntualmente. Monseñor Urioste, en cambio, plantó cara a los fanáticos para recriminarles su poca coherencia. Entre uno y otro, me pregunto, ¿a quién podríamos los salvadoreños considerar más autorizado para hablar de Óscar Arnulfo Romero?

Nuestro Obispo asesinado se alzó contra la injusticia y contra los que deseaban ser violentos en su reclamo por la justicia. No fue la suya una voz limitada por las ideas que convierten a Cristo en una bandera o en una excusa. Monseñor fue más grande y más valiente que eso.

Alguna vez le escuché decir al predicador Salvador Gómez que hay cristianos que asumen la peligrosa tarea de erigirse en guardianes del Espíritu Santo, como si fueran una especie de "semáforos" del influjo divino. En efecto, con las luces rojas, amarillas y verdes que les brindan sus privilegiados cerebros, llegan a creerse dignos de señalar dónde "circula" la voz del cielo y dónde se ha "detenido". Son los mismos que tienen la "humildad" de exigirle a un teólogo tan grande como Benedicto XVI que "sea humilde".

Pues bien, Monseñor Romero también cuenta con sus "semáforos". Ellos son los que dictaminan las actitudes y las convicciones que deben tener, políticamente, aquellos que en serio aspiren a convertirse en discípulos de nuestro Obispo mártir.

Pero no se contentan con eso: su "apostolado vial" va más allá. También denuncian, con la boca bien ancha, quiénes de entre nosotros "pueden" ser devotos sinceros de Monseñor Romero y quiénes "deben" evitar toda simpatía con él, so pena de recibir chiflidos, miradas de odio y hasta acusaciones de "complicidad" con su execrable asesinato.

A estos "apologetas" de Monseñor Romero les sigue y aplaude una muchedumbre como la que recientemente insultó a Norman Quijano en Catedral. Son estos "defensores" de nuestro Arzobispo mártir los que le someten, innecesariamente, a la polaridad temporal de las ideologías, volviéndose en la práctica tan verdugos de su mensaje como algunos lo fueron de su existencia.

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