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2010/02/10

Co Latino-¿Son “derechos” los derechos de autor? (2) | 10 de Febrero de 2010 | DiarioCoLatino.com - Más de un Siglo de Credibilidad

Escrito por René Martínez Pineda. 10 de Febrero. Tomado de Diario Co Latino.
(Coordinador General del M-PROUES)

La expropiación –usada analógicamente- tuvo serios efectos en la estructura social: el paso
de campesino a jornalero agrícola, creando otro tipo de relación social –vertical y horizontal-; el nacimiento, por cesárea, del obrero y su ejército de reserva, como depredador del salario; la pauperización de la masa rural y urbana que amuralló las ciudades con cinchos de miseria; el trabajo por temporada, o sea el desempleo estacional; y -diciéndolo con la Utopía de Tomás Moro- la conversión de la muchedumbre en ladrones, pordioseros, vagos inútiles y prostitutas callejeras. Pero, para el historiador, el sociólogo y el economista reaccionarios, la expropiación fue “buena y necesaria para el progreso”.
En su horizonte de luz, lo significativo de la expropiación no fue el despojo económico y sociocultural que parió, sino que lo importante fue -según ellos y los diarios consultados- que funcionó, pues ese nuevo régimen de propiedad privada animó la productividad y crecimiento económico, que son las coartadas usadas para justificar, un siglo y medio después, la privatización de los servicios públicos.
Al expropiar la tierra comunal –mal administrada, afirma el capital a través de su sujeto histórico, quien dice lo mismo de la democracia- y dársela a un dueño único, la plusvalía experimentó un alza significativa que, súbitamente, permitió entrar en el siglo de las luces; pero, lo que no se dice, es que esa mejoría benefició en extremo sólo a unos cuantos en perjuicio de muchos, inaugurando una de las más injustas distribuciones de la riqueza a nivel planetario, que llega hoy al cinismo hegemónico, pues, la burguesía exige una “compensación económica del Estado porque los cafetales protegen al medio ambiente” –dijo, Mario Acosta, en nombre del cafetalero salvadoreño-.
Según él, la expropiación vino a salvar –sigue salvando- al país de la ineficiente propiedad colectiva, porque puso al alcance de la mano: residencias inmensas; lujos; viajes; comida gourmet; divisas; automóviles; carreteras; edificios modernistas… TODO; pero, no se dice que ese “todo” está al alcance de las manos de unos pocos.
Este debate, del que se olvidan y callan más cosas de las que se recuerdan y dicen, no tiene para la sociología marxista un interés romántico -como para la historiografía folclórica- sino un interés fundacional, porque es la génesis de una nueva expropiación dirigida a un espacio-tiempo social –inmaterial, esta vez- que tentativamente llamo “mente colectiva”.
Lo que, tan sólo un siglo atrás, fue considerado “algo intocable”, un lugar que no puede ser tratado como una mercancía, al igual que la fuerza de trabajo; aquello que esencialmente era común o quedaba fuera de la mano invisible del mercado, se está privatizando conforme a un nuevo régimen de propiedad privada virtual (sacar plusvalía del dinero ajeno, como pasa con las pensiones) en el que la información y la mente son poder y, por ello, deben ser mercancías, como lo es la opinión pública que es vestida y perfumada en los medios de comunicación privados, por lo que ésta existe sólo como símbolo. Esa conclusión burguesa es, por cierto, más instintiva que deliberada.
Pero, esta vez la propiedad aludida es algo inmaterial que, para materializarse hoy, tiene tras de sí un “trabajo muerto” (en la concepción de Marx del trabajo acumulado) que no se puede rastrear ni conmensurar, ya que viene desde el origen de la civilización (¿cuántos inventos dependen de la invención de la rueda, la máquina de vapor o la electricidad?), o desde el surgimiento de la escritura y la matemática, expresándose en: bases de datos, conceptos, ideas, métodos de investigación, cálculos, medicinas, mapas genéticos… hazañas que, mayormente, son tan anónimas como colectivas.
Esta es una recurrencia histórica que, por interés capitalista, fue desvirtuada en la primera ley de patentes en EE.UU. (aprobada en 1790) basada en una provisión de la Constitución de 1787, que en su enumeración de las facultades del Congreso incluía la de «promover el progreso de la ciencia y las artes útiles, asegurando por períodos limitados a autores e inventores el derecho exclusivo sobre sus respectivos escritos y descubrimientos» (Art. 1. Sección 8, párrafo 8).
El humanista crítico sabe que, al respecto, se habla de la intestada herencia de la humanidad legitimada por la derrota social de las graves dificultades mundiales que, como cadena de mando, llevaron al enriquecimiento actual de unos pocos, sobre la base del trabajo de muchos. Debemos reconocer, entonces, que las ideas privadas son un producto público, pues son la sumatoria de las experiencias e intuiciones, propias y ajenas, dichas con un estilo particular que nadie pretenderá -ni ha pretendido jamás- robarse, ya que eso rompe el consenso moral básico de la sociedad: ¿Cómo podríamos redactar un poema, o una novela universal, sin la escritura y sin las experiencias que nos cuentan o que viven otros, sin sus suicidios a pausas?
¿Cómo mejorar la tecnología y los paquetes informáticos sin la matemática y la computadora y ponerla al servicio del pobre si éste no puede comprar sus licencias? ¿Cómo redactar interpretaciones sociológicas sobre la sociedad sin el aporte de los clásicos, los movimientos sociales y los mártires populares que lucharon en ella? De modo que es una tautología afirmar que el humanista crítico y el intelectual progresista están en contra del lucro bestial de los derechos de autor, mas no del reconocimiento público de la autoría que, sin privatizar, sea una forma de ganarse la vida.
El ejemplo clásico es Benjamín Franklin (por no citar a muchos cubanos) quien rechazó el ofrecimiento de una patente en su favor por la invención de su famosa estufa, afirmando que: “así como disfrutamos de muchas ventajas de los inventos de otros, deberíamos con gusto aprovechar la oportunidad de servir a otros mediante cualquier invención nuestra; y deberíamos hacerlo libre y generosamente».
Siendo consecuentes con la tesis de que: a la sociología le interesa el conocimiento de lo social a partir de lo social del conocimiento, debemos retomar la premisa revolucionaria de que lo más sublime de la producción humana: el conocimiento, la verdad descubierta y el mito desenmascarado, los conceptos, las categorías, las imágenes y las ideas, se convierten, tras su socialización con los demás, en libres como el viento y, por tanto, son para el uso colectivo, sin que eso le reste méritos y reconocimiento al intelectual o artista que actuó como su partera. En el límite del absurdo: ¿compraríamos “Cien años de soledad” calzada con el nombre de Mario Vargas Llosa, sólo porque la vende más barata?
* renemartezpi@yahoo.com

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